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Una Constitución Despierta

Sueño, como todos, como todas. A veces me quedo pensando en el país que me gustaría tener: un país con un comienzo nuevo; un país con una nueva Constitución. Es un sueño bueno, un sueño que me llena de esperanza, que me hace despertar. Un sueño que me gusta soñar. Sueño con una Constitución que realmente permita al pueblo decidir su propio sueño, una Constitución que acoja todas las voces, independientemente de quién sea el que hable. Sueño con una Constitución amable, despojada de su cetro de poder omnímodo que ha sido utilizado para neutralizar, e impedir acciones plenamente democráticas. Sueño con una Constitución abierta, de intención integradora que permita el sentarse a discutir la existencia de instituciones que debieran ser abolidas porque fueron creadas para intereses contrarios a los actuales, intereses que claramente se vertían por la vía de la prohibición, del castigo, de la amenaza. Sueño con una Constitución límpida, sin parches, sin tachaduras hechas entre gallos y medianoche, una Constitución que fuera como la perfecta página de una sinfonía de Mozart, líquida y potente, clara y sólida. Sueño con una Constitución sin rocas, sin enclaves autoritarios como cargos vitalicios o designados por los siglos de los siglos por una autoridad sin restricciones.

Mi Constitución es como una planta, que crece a medida que va viviendo y que a veces desarrolla caminos no esperados y nada en ella es inamovible; es una Constitución afectuosa, en la que el Estado se compromete efectiva y afectivamente con la salud, con una educación de calidad, con vivienda digna y no le deja esa tarea al mundo privado que muchas veces viene de afuera, no está comprometido de corazón con Chile y no trepida en plantar modalidades que desangran a los chilenos.

Mi Constitución es serena, horizontal, receptiva, acoge el derecho a disentir de todos nosotros, respeta el derecho a declararse en huelga, a negociar, a enojarse, a llegar a un acuerdo. Mi Constitución es una Constitución valiente, que elimina la perversión de los sistemas de seguridad social que priman en Chile, creadores de un futuro temible y de una vejez trágicamente desprovista.

Sueño con una Constitución que funcione, en la que baste la simple mayoría (que se remonta a la cultura grecolatina) para aprobar una ley. Sueño, en fin, con una Constitución con ojos, con mirada, con brazos para acoger expresamente a los pueblos originarios, a los diversos géneros e identidades y a una libertad personal que vaya más allá del derecho a movilizarse. Marcho, escucho el clamor de Chile marchando, de Chile despierto, sacándose la mugre por plantar este ideal, una nueva Constitución y entonces, siento el pulso maravilloso de este 2020 que puede ser el año del cambio. Sé que sueño demasiado, es cierto. Pero sé también que no puedo, ni debo, ni quiero dejar de soñar.

Ana María Del Río, escritora

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