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Un pacto social para el nuevo Chile

por Claudia Zapata. El Título I de toda Constitución Política contiene la forma en que una comunidad se define a sí misma, a la “nación”: ese concepto ultrajado por los que han escrito violentamente su origen y se han apoderado de su destino, pero también manoseado por quienes han pretendido desahuciarlo en aras de teorías que posan de contestatarias o de intereses económicos.

¿Pero qué es una nación, o pueblo que habita un territorio, sino un acto de convivencia, un pacto social, concepto antiguo que ha vuelto a ponerse de moda? Un pacto del que las chilenas y chilenos jamás hemos disfrutado. Desde que todo estalló el 18 de octubre nos enfrentamos, como nunca, a la idea de construir un pacto representativo de quienes nos hacemos llamar “chilenos”. No está claro cuánto seremos capaces de transformar ni de crear, pero estamos en el momento más bello de una revuelta: el de imaginar…

Imagino el nuevo Chile con una Constitución que encarne ese bello pero hasta ahora poco practicado lema de “el asilo contra la opresión”. Para que eso ocurra, no puede existir más ese peso de la nación definida como un solo pueblo, con una cultura, una lengua, un Estado y un territorio (“El Estado de Chile es unitario”, dice el artículo 3º de la Constitución pinochetista). En lugar de eso, nos convoca el desafío de pensar nuevas formas para entender quiénes y cómo habitamos este territorio: ¿una nación en la que conviven distintos pueblos? Puede ser, ¿un Estado en el que coexisten distintas naciones? Por qué no… lo único claro aquí es que la omisión de la diversidad histórica, cultural y lingüística no se puede perpetuar. Este constituye uno de los principales desafíos, porque reconocer esa diversidad equivale a visibilizar las jerarquías y los despojos, en resumen, el colonialismo y el racismo que nos ha constituido, dando forma a una “chilenidad” que ha servido para ocultar los colores de nuestros mestizajes y negar la pigmentocracia que regula el acceso a los privilegios.

Pueblos o naciones, según se determine en el ejercicio deliberativo, pero integrados por hombres, mujeres y otros géneros, así gravado, por medio de la palabra escrita, en la definición de esta República. Y para eso, requerimos transformar -o derechamente erradicar- otro pilar de la actual Constitución, ese que señala que “la familia es el núcleo fundamental de la sociedad”, porque ese es el espacio donde mujeres, niños y niñas han sido y son violentados. También porque la sociedad injusta tiene su correlato en la familia.

Necesitamos recuperar los bienes comunes y un sano equilibrio entre lo individual y lo colectivo. Y los derechos, TODOS los derechos: los políticos (incluido el de asociación que la actual Constitución limita con la idea de terrorismo, volviendo “constitucionales” los proyectos de ley que buscan perfeccionar esos dispositivos); los sociales; los económicos y los culturales. Una lógica de derechos que reemplace la del “acceso” y que por ende, ponga límites a la voracidad del mercado. También recuperar la soberanía popular, esa que sea capaz de vociferar que “La soberanía reside en el pueblo”, en reemplazo del engañoso “La soberanía reside en la nación” que actualmente desconoce nuestro poder constituyente.

Claudia Zapata, historiadora

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