TOME NOTA

Elvira Robles M.

Es difícil reacomodar las rutinas. Los que están en cuarentena lo saben. En el encierro  casero, el estrés y las preocupaciones no desaparecen sino que se trasladan de un lugar a otro a lomo de las ansiedades que permanecen encerradas con una. Una celda de 140 o de 36 metros cuadrados, en la que se ha caído por razones de salud pública y de precaución privada, es un lugar completamente distinto al de una cárcel.

La que es detenida y encarcelada sabe que ha perdido su libertad cuando la ha perdido. Hay quienes transitan entre el mundo libre y un submundo aun más libre en el que se mueven, como peces en el agua, los condenados de todas las capas sociales y en todos los estratos secretos del poder. Hay distintos niveles del encierro y de la pérdida de libertades. Entre el enfermo postrado y la presidiaria, las diferencias, en las posibilidades del cuerpo son absolutas. No se crea que el enfermo es un vegetal y que los vegetales son insensibles e incomunicados pero sus cuerpos viven quizás en lo esencial o tal vez, de otra manera, sin jamás poder tropezarse.

La cuarentena está llena de ventanas figuradas y resplandores ópticos, en los que practicamos formas renovadas de cercanía social y de abstención del contacto físico. Los secretos sanitarios, las deliberaciones policiales, los miles de escenarios secretos  levantados en la intimidad, forman parte de los mundos que pasan ante la ventana y que escapan hacia lugares discretos.

La importancia de las cosas que no se pueden hacer se descentra. Queremos ver a los que veíamos poco. Necesitamos aprender a abstraernos en un medio que es, a la vez, el más propio y el más extraño. El trabajo que hacíamos se reblandece en una mezcla rara entre la insistencia de los quehaceres y los sentidos que se extravían.

Estamos apenas a tiempo para hacer observaciones sobre esta emergencia desde adentro. Desde que tropezamos y empezamos a caer, hasta que quedamos tumbadas en la tierra, el tiempo se estira tanto como para permitir que la mente explore estrategias diferentes y finalmente concluya que puede anteponer las manos y registrar el proceso en la memoria de un ojo. Es tanto el tiempo transcurrido que el cuerpo se regodea entre el respiro y la recuperación de la rutina como sin darse cuenta. Basta un traspié a la salida del encierro para que la confinada quiera volver a refugiarse en el presidio.

Lo que no podamos consignar se va a perder con el distanciamiento y los esquematismos de la historia. Los breves momentos de vacilación y de duda que podemos permitirnos ahora no estarán disponibles mañana. Salvo que rescatemos la mirada que puede ser la nuestra en el instante preciso en que tropezamos en una vereda rota. Me refiero a una necesidad de escritura y de imagen que toma cuerpo desdoblada en al menos dos fantasmas y seguramente muchos espacios de signos sobrepuestos, colapsando uno sobre otro, como en el canto de despedida de las Torres Gemelas de NY. 

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