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Sobre mi cadáver, sección V.

Cristóbal Joannón

Si tienes una biblioteca y un jardín, lo tienes todo. Cicerón, Cartas familiares IX

Hay un tópico que podría llamarse “ensayo libre sobre las bibliotecas”, cuya variante tiene un nombre levemente rimbombante, “sobre el amor a los libros”. Ya que se han escrito bibliotecas sobre las bibliotecas, he pensado que un buen punto de partida para abordar el tema consiste en examinar qué dijo el doctor Johnson sobre ellas. Hombre de lecturas colosales, recibió encargos eruditos que lo llevaron a convivir largamente con libros –“hizo en solitario tareas que eran para academias enteras”, se ha dicho más de una vez–, de modo que me ha parecido que su juicio sería sin duda útil al estar fundado en una experiencia de primerísima mano.

Para mi sorpresa, me encontré con un muro con el que chocaron mis intuiciones sobre el valor de una biblioteca. Allí donde adivino un espacio eterno donde nuestras vidas podrían proyectarse hasta su final, en una serenidad protegida y perfectamente climatizada, Samuel Johnson no ve más que un cementerio de egos grandiosos, un lugar en que las esperanzas humanas se desvanecen dando prueba de su futilidad.

A Johnson no pareciera interesarle el lugar en que los libros están; le importa el significado moral que estos provocan cuando son contemplados en conjunto. Dice sobre las bibliotecas públicas en un ensayo publicado en 1751 en The Rambler:

Sus paredes enteramente tapizadas de gruesos volúmenes, fruto de laboriosas meditaciones y minuciosas investigaciones, hoy reflejadas únicamente en los catálogos y conservadas sólo para adornar el pomposo saber, ¿quién sabría contemplarlos sin pensar en las horas perdidas en empeños vanos, en fantasías de postrer reconocimiento, en innumerables estatuas que sólo admiró el ojo de la vanidad?

El buen Homero también se duerme, decía Horacio. La idea de que la pequeñez del hombre es proporcional a su soberbia entraña una ceguera ante los bienes heredados. La existencia de las bibliotecas es antes que nada un triunfo de la civilización, independientemente de que mucho de cuanto guardan no sea más que papel impreso, un acopio de documentos sin destino. Esto lo tenemos bastante claro quienes nacimos y vivimos en países en vías de desarrollo. Hace poco escuché decir a una gestora cultural de cierto renombre: “Fui criada en un lugar en que no había nada, ni cines, ni teatros, ni libros: Chañaral”.

El modo en que Johnson se relaciona con el pasado –con las obras del pasado– nos produce hoy extrañeza. En el prefacio a su Diccionario de la Lengua Inglesa, escrito en la misma época del ensayo que he citado, encontramos ideas que hoy difícilmente podríamos justificar, por ejemplo cuando dice que “las palabras obsoletas son admitidas cuando pueden éstas encontrarse en autores no obsoletos, o cuando tienen una fuerza o belleza que merece ser recuperada”. Como sabemos, Johnson fue un vigoroso crítico literario –T. S. Eliot lo ubica al nivel más alto, siendo él también un crítico espléndido–, y tiene todo el sentido del mundo que hable relajadamente de la “fuerza” y la “belleza” –censurar estas categorías por “subjetivas” sería censurar el ejercicio mismo de la crítica. Lo que llama la atención es qué puede significar hoy la noción de “autor obsoleto”. A mi entender, su opinión sobre las bibliotecas está determinada por el concepto de la obsolescencia, algo que a sus ojos parece ser definitivo: el autor cae en un pozo del que no lo sacará nadie.

Pero, ¿acaso no es nuestro modo de leer lo que vuelve vigente a un autor? Pongo en cursivas la palabra “modo” para subrayar la idea de que la vigencia no reside en que un autor sea de hecho leído. Vistas así las cosas, una biblioteca está poblada de eventuales sorpresas; sus más recónditos anaqueles seguro que esconden maravillas que aún sobreviven a las mareas del tiempo. Es cosa de dar con ellas. Concluyo así que el alma de las bibliotecas reside en su condición latente, suspensiva. Quizás por eso nos llaman: algo referente a nosotros –un pasaje en que nos reconozcamos y alegremos– puede que nos esté esperando, por ejemplo al abrir un tratado de botánica del siglo diecinueve en que unas líneas nos describen una flor extinguida, o al observar un mapa astronómico en que se muestra la topografía lunar tal como era soñada hace cuatro siglos. Esto también vale para ciertas librerías de viejo, como El Cid en la calle Merced, o la de don Héctor Muñoz Tortosa en San Diego con Avenida Matta, que en el fondo no son otra cosa que bibliotecas laberínticas con libros a la venta. Recuerdo el encantamiento que me produjo en una librería de Madrid un gran mueble que encontré poblado de mamotretos escritos en lenguas muertas. Pregunté cuánto costaba. “No tiene precio. Nadie querrá nunca comprarlo”, me repondió el vendedor sin levantar la vista del suplemento deportivo que leía.

El colegio en que estudié tenía –tiene– una biblioteca bien provista (y espléndidos jardines alternados con tierrales futboleros). El lugar es amplio y a uno le daba la impresión de que estaba lleno de libros; había algunos a la vista y otros ocultos tras unos mesones. Sólo el personal autorizado tenía acceso a ellos, pero a veces te daban permiso para meter la nariz en esas zonas poco iluminadas, cosa fantástica. Ya en kínder era costumbre visitarla en los recreos y entiendo que eso sigue siendo así. En la sección de literatura infantil había cojines y un amoblado de casa de muñecas; los libros de Teo de Violeta Denou, compuestos sobre todo de ilustraciones, y los títulos de la colección Altea Benjamín –especialmente los de Janosch y Tony Ross– eran muy solicitados. Si la memoria no me falla, nunca dispuse de un Teo para mí sólo: era necesario verlo de a varios, negociando cuándo pasar la página –tal vez había en ello un fin didáctico: construir comunidad. Nos encantaban los cortes transversales que te permitían ver el interior del avión o del tren donde Teo viajaba.

La biblioteca de mi colegio se volvió para mí un lugar familiar; en mi casa no había prácticamente nada que leer, salvo dos o tres títulos lateros y una enciclopedia española que logró aliviarme innumerables tardes de aburrimiento veraniego, mientras esperaba “en reposo” que pasara la hora y media después de almuerzo para ir a bañarme a la piscina sin correr el riesgo de morir ahogado de un calambre. Aprendí sobre los elementos del átomo y los insectos que anidan en las cortezas de los árboles, las manchas solares, la estatura de los vikingos y la composición del manto terrestre. Pero los servicios que puede prestarle una enciclopedia a un niño son muy limitados. Me gustaba sacar libros que no eran parte de las lecturas obligatorias o recomendadas. No sé cómo estaban organizadas sus secciones; quizás empleaban un criterio de relevancia, pues con mi amigo Tomás Sanfuentes dimos con un anaquel compuesto exclusivamente de títulos que no sacaba nadie, algo así como un depósito de poco uso pero accesible. Nos gustaba olerlos y mirar sus tarjetas de préstamo para ver cuándo habían sido pedidos por última vez. El caso de la novia curiosa, por ejemplo, no había sido sacado desde el año 1955. Naturalmente, nos interesó; un libro que lleva treinta años cerrado algo debe guardar. Lo leímos: no estaba mal.

También nos atraían las nuevas adquisiciones, especialmente los que estaban en una mesa (“hola, soy nuevo aquí, léeme”) y aún no eran prestados. Un hallazgo fue El largo camino de Lucas B., una historia de la que he olvidado todo salvo la existencia de un anciano que hablaba de su pasado a cambio de ron, no recuerdo si en la cubierta o en la bodega de un barco alemán que se dirigía a Estados Unidos. Me identifiqué con el protagonista; más exactamente quise ser él. Tenía catorce años y yo doce. Me pareció plausible que en dos años llevaría una vida aventurera similar a la suya. No fue el caso y no me importó, pues al poco tiempo caí en la cuenta de que ya había sido ese tal Lucas y que podía convertirme en otros, por ejemplo en Daniel, el héroe sufriente de El diario de Daniel, personaje que fui durante un par de semanas: sentí el deseo de estar enamorado y “compartir mi cuerpo” –el libro abundaba en eufemismos de inspiración cristiana– con una mujer que me quisiera de verdad. Tuve que esperar mucho para que siquiera la sombra de eso cuajara en el mundo real.

Pero cuando más quise estar en la biblioteca de mi colegio fue cuando partí, a los quince, a mochilear al sur con el grupo de scouts al que pertenecía. Mi amigo Juan Pablo Soucy se quedó en Santiago durante enero. Fue algo voluntario. Nos dijo que sus vacaciones consistirían en ir todos los días a la biblioteca a leer la serie completa de Lobsang Rampa que transcurre en el Tíbet (en la que figura el libro Viviendo con el Lama, dictado telepáticamente, según reveló el autor, por su gato siamés Fifi Greywhiskers). Me lo imaginaba absorbido por esos libros en el rincón en el que me gustaba estar, en el segundo piso, en una mesa de madera junto a la raída Enciclopedia Espasa-Calpe de cuarenta tomos. El mochileo fue óptimo (al bajarnos del tren en Victoria nos cortamos el pelo como el héroe televisivo Mario Baracus y el resto del tiempo nos dedicamos básicamente a caminar y conversar), sin embargo los recuerdos más nítidos que guardo de ese verano son los de mi amigo leyendo en la biblioteca, solo, rodeado de miles de páginas en estado de inminencia.

Para escribir estas páginas he venido a sentarme con mi computador a la biblioteca Marcial Martínez de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Es un lugar donde sólo se admiten –lo dice una hoja tamaño carta en la entrada– estudiantes de posgrado; hay silencio y, si uno aguza el oído, puede sentir a veces cómo alguien cambia de página. Está en el subterráneo de un edificio de los años treinta. Tiene estantes de palo de rosa, lámparas verdes y retratos de ancianos con relojes de bolsillo, pinzas en la corbata y mirada pensativa. Hay algunos bustos solemnes de sénecas y virgilios, seguramente donados por egresados de esta escuela que dieron vueltas por Europa y nunca se olvidaron de su alma mater.

Una característica importante de esta biblioteca es que está viva: tiene lectores. No es raro encontrar algunas sin nadie, por ejemplo en hoteles, que más bien parecen escenografías de películas donde vemos a siquiatras o profesores de tweed ocupados en cuestiones sesudas. A veces son adquiridas en bloque, como si los lomos alineados de los libros fueran una suerte de papel mural. La librería Strand, de Nueva York, los vende por metros y, si el cliente está dispuesto a pagar más, puede elegirlos de un solo color (entiendo que el verde es el más solicitado). Cuando uno se acerca a examinar los títulos se encuentra con biografías de benefactores de la humanidad, informes empastados de las Naciones Unidas, manuales de toda especie para fomentar actividades agrícolas y ganaderas, poesías de Espronceda o sus equivalentes alemanes o franceses, novelones de los que nadie ha escuchado nunca hablar, en fin, cualquier cosa. Si el lomo está sano, es irrelevante que las páginas hayan sido devoradas por las termitas o el impresor se haya confundido con las cuartillas produciendo una ensalada de capítulos inconexos. También están las bibliotecas privadas que tienen, en países desarrollados, “lectores a sueldo”: sus dueños mandan a subrayar los libros con el fin de impresionar a sus invitados. Se pagan cien dólares por volumen; estudiantes universitarios asumen el encargo subrayando a conciencia, supongo que sin hacer anotaciones en los márgenes, de otra manera la caligrafía podría despertar sospechas. Libro que los invitados toman al azar –por ejemplo una sofisticada rareza del siglo XVIII–, libro que habrá sido leído de punta a cabo. Mensaje implícito de los propietarios: no sólo nos sobra el dinero, sino que también somos, aunque no lo parezca, auténticamente cultos. Notable.

Releo los párrafos autobiográficos de arriba. Las bibliotecas educan a su manera: en la disciplina del silencio y el estudio, en concentrarnos durante horas en una misma actividad intelectual, algo cada día más difícil. También nos recuerdan los océanos de ignorancia en que navegamos. Océanos muchas veces saludables, la verdad sea dicha, ya que un exceso de saber puede paralizar la acción o incluso el pensamiento, y es liberador ver en los anaqueles aquellos títulos de los que podemos prescindir no sólo nosotros sino la especie humana en general, con excepción de los investigadores académicos profesionales. La curiosidad sobre la que he hablado corre por un carril distinto al del conocimiento. Los tomos dormidos no son una tarea pendiente, son la antípoda de ese personaje deprimente de La náusea de Sartre que pasaba sus días embarcado en un plan absurdo: leérselo todo. Y también imposible, habría que agregar, pues por más que alguien se esfuerce apenas avanzará (incluso bajo el supuesto de que exista algo así como una dirección). Cuenta Isaac Disraeli que Thomas Hobbes solía decir que “de haber gastado tanto tiempo leyendo como otros eruditos, habría sido tan ignorante como ellos”.

Desde mi mesa veo, empastados en cuero viejo, los cien volúmenes de la Colección de documentos inéditos para la Historia de España. Le pregunto a uno de los bibliotecarios si desde que trabaja aquí alguien le ha pedido alguna vez la llave de esa sección para consultar un volumen. “No que yo recuerde”. Jubilará dentro de poco y podría decirse, sin dramatismo, que ha envejecido desde que era joven al interior de esta cripta formidable. Un poco más allá hay libros de filosofía cuyo aspecto parece todavía más antiguo: se los indico. Él parece comprender en qué ando; abre la puertecilla de vidrio y me anima a tomar uno donde se lee: George Berkeley, De motu. Es el breve escrito del pensador irlandés sobre el movimiento. Es paradójico: el libro ha estado quieto quizás desde el día en que se fundó la Universidad de San Felipe –de la cual nació la Universidad de Chile–, rigurosamente no leído durante siglos. Lo abro, paso los dedos por el polvo acumulado en su canto superior y regreso con él a mi mesa. Leo al azar:

Quidquid ultra fingitur, id ejusdem generis esse cum aliis hypothesibus & abstractionibus mathematicis existimandum; quod penitus animo infigere oporter. Hoc ni fiat, facile in obscuram scholasticorum subtilitatem, quae per tot saecula, tanquam dira quaedam pestis, philosophiam corrupit, relabi possumus.

Mi latín es mínimo, pero eso no me impide mirar el texto, de la misma manera en que miro el libro y el lugar donde estoy. Puedo intuir el significado de la expresión “obscuram scholasticorum subtilitatem”, que debe referirse a las alambicadas sutilezas de la escolástica, y puedo imaginar casi automáticamente una escena remota: un grupo de monjes tejiendo en un frío claustro los sofismas que siglos después serán empleados para justificar una dictadura como la que tuvimos. Mirar así un texto es un fin en sí mismo, similar a dar un paseo o escuchar la lluvia sobre el techo. Las bibliotecas son también un fin en sí mismo, en las que se reúne el aprecio por los libros y la buena costumbre de contemplar el vacío en paz; desde luego lo es la biblioteca del monasterio Strahov de Praga –en la que se conservan alrededor de 200.000 libros y es algo así como un paraíso en la tierra según me han contado, pues de ella sólo he visto fotos–, pero también lo es la del profesor Óscar Velásquez –donde hemos pasado meses trabajando en su edición crítica del Alcibíades de Platón– o la mía propia, sin duda modesta, pero que alcanza a producir eso que podría llamarse la “sensación de las bibliotecas”, especialmente de noche, cuando las persianas se han cerrado y todos se han dormido.

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