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Por una imaginación instituyente

La primera línea abre y la última línea cierra. Pero las apariencias engañan. La última línea cierra su pasado y abre a lo que viene. La primera está sumergida en la adrenalina, en los gases y se abre paso hasta el próximo cierre en el que consume su energía. La última línea quisiera evocar el hilo de Ariadna.

No podemos permanecer ensimismados. Lo que la gente ha ganado no se ha concretado. Cada día aparecen recovecos, lomos de toro y desvíos. La amenaza de la cesantía y los pequeñísimos ajustes técnicos que hay que hacer a los acuerdos, muestran la fragilidad de los avances. Todo pende de un hilo y nosotros parecemos espectadores de la cocinería. Es necesario activar todo tipo de ideas y acciones que abran este presente suspendido, en todas direcciones de lo que viene y está todavía vacío. 

Nuestro papel es apoyar un movimiento que no nos pertenece como protagonistas. No sabemos exactamente hacia donde está lanzado, pero tenemos aportes y miradas que tienen un valor de enlace en las diferentes apariciones de lo que se está gestando. 

Sospecho que para dar una batalla consistente contra los monopolios tenemos que construir un Estado permeable a la ciudadanía. Está claro para mí que tenemos que reponer, consolidar y reinventar una soberanía popular. No podemos simplemente dejarnos acunar por el lenguaje de lo que sabemos. Tenemos que inventar juntos un idioma y una mecánica nueva de la política. Las movilizaciones de este mes nos han conducida hasta acá.

Tenemos que seguir. El acontecimiento no debe perderse en el archivo de las fotos de las marchas. No debemos anticipar la nostalgia. Hemos pedido una participación decisiva de la gente en la política y nos debemos ese llamado. No me refiero al derecho de votar entre una administración de la Superintendencia de AFP y otra. No deberíamos conformarnos con menos que un Estado abierto a la iniciativa política de la gente y autoridades que respondan, no a crédito sino directamente ante el pueblo.

Hay un pensamiento instituyente que inventar.

Tenemos que construir la relación entre el Estado Democrático y las demandas de la gente. Las personas deben saber qué ganan, en sus pensiones, en el trato, en la remuneración, en la consideración a los informales, en la educación, en la salud en la carga tributaria. La gente debe saber como se protegerá el trabajo, porqué se crearán más trabajos, qué lugar tienen en este esquema las empresas y como en adelante el país se ganará la vida.  

Hemos conquistado el derecho al derecho.

Hemos irrumpido en el derecho a la política. ¿A qué modos de ser se refiere efectivamente la ‘soberanía del pueblo’?

¿Qué es una Constitución, como son las instituciones que queremos? Para unos, no es el texto de todos los textos sino que es el mínimo exigible de los derechos y de las leyes. Otros creen que la relación entre el derecho y lo exigible no es inmediata. Es necesario, dicen, que la Constitución garantice la salud de cada uno para que así sea luego en las leyes, en los reglamentos y en la vida. Es necesario, dicen,  en el límite de la lista de deseos, que se prohíba la pobreza para que esa declaración incentive y marque a las leyes y al trabajo político. Otros prefieren menos deseos y más compromisos exigibles y orientaciones claras para las leyes.

Lo que ha pasado en Chile está todavía andando. Hay fuerzas importantes –incluida la torpeza de los que queremos un cambio- trabajando para descarrilar las cosas y volver a ‘la normalidad’ a cambio de una buena propina. Amistad y legitimidad se han convertido en relaciones palpables en estas semanas; Incluso la mala fe se ha encarnado. Qué privilegio asistir a una época en que las palabras son recuperadas para las relaciones sociales y para hacer sentido en ellas.  Aunque solo fuera por ver como el lenguaje se forma, deformándose en el baile de lo que existe, deberíamos agradecer a este momento histórico.

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