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POR UNA CONSTITUCIÓN FEMINISTA

Fotografía Carcaj. Fragmento del prólogo al libro Por una Constitución Feminista, de Sofía Esther Brito (compiladora), recientemente publicado por Libros del Pez Espiral (2020).

Teniendo presente las dudas que suscita un llamado a leer y escri­bir sobre feminismo como atributo o como característica central y periférica de una Constitución, en cuyo escudo no aparece ni menos cóndor, ni más huemul, ni menos razón, ni más fuerza, sino la diagonal histórica entre las mujeres de hace un siglo y las mujeres que nos tocó ser a nosotras: creemos en el derecho a interrogar la potencia de una Constitución feminista.

Consideramos las torceduras del tiempo que hacen que la re­vuelta de octubre sea también 8 de marzo y también Mayo femi­nista, diversos movimientos estudiantiles, No + AFP, tomas de terreno, indignación en los consultorios, resistencia territorial, lucha contra la deuda, reconocimiento a la migración y fin a to­das las formas de precarización de la vida. Constatamos que la construcción del momento constituyente actual se gesta desde la multiplicación de asambleas territoriales y la reapropiación de los cabildos, que con la misma fuerza descolonizadora que arranca monumentos, abre las preguntas sobre una posible vida otra. Certificamos que la Constitución está siendo ya escrita en cartulinas y papeles kraft. Probablemente sin la nomenclatura jurídica que ha separado aguas entre los lenguajes nuestros y la lengua la ley.

Confirmamos nunca haber dejado de ser parte de dicho proceso escritural, ni corresponder a un sector específico de este, pese al revuelo de sospechas que se posan sobre nosotras cuan­do nos juntamos a pensar en una perspectiva feminista de la constituyente, o el rol y participación de las feministas, o cómo podríamos hacer que las plazas y las casas fueran también espacios feministas.

No dejamos de tener en cuenta que hubo un antes en que ni siquiera nosotras nos decíamos feministas. Hubo un antes donde no imaginábamos pensar qué es eso por lo cual a ti te llaman hombre, pero no lo sientes. Tampoco en la Historia del Hombre, ni en la Evolución del Hombre, ni en los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El feminismo comenzó como un dolor de muelas que se ignora, hasta que las cosas no logran masticarse. Agarra nervios maxilares, irrita, incomoda.

Desesperadas, corríamos cada una por su lado buscando un centro de atención médica. Hay dolores que no se comparten, pensábamos. Dolores secretos, dolores que nos merecemos porque así son las cosas no más. Así son. Así no más. No se nos pasaba por la cabeza pensar en la norma, la ley fundamental que delineaba los puestos en la mesa, designaba las cosas de mujeres, o el llanto contrariado de las madres que nos echaban de la casa por ser lesbianas, por trans, por embarazadas, por raritas. Por ser o por nunca haber sido escrita a imagen y semejanza.

Nunca pensamos leer la Constitución, pero no nos dejaron pensar en otra cosa más que la familia como el núcleo fundamental de la sociedad[1]. Seguimos sabiendo que los hombres y mujeres (no) son iguales ante la ley[2], pese a que ahora hemos leído que la Constitución de 1980 lo dice desde 1999. Lo que encontramos de nosotras en las leyes, probablemente nos llevó a esa furia que podemos llamar feminismo. A veces no podemos. A veces le lla­mamos grupo de amigas, centro de madres, olla común. A ve­ces le llamamos porfía. A veces no hay tiempo para pensar en los nombres, hay que pararse a buscar cuerpos, hacer denuncias, organizar actividades. Hay que hacer todo según lo indica esa ley. A vuestra señoría ilustrísima, a vuestra excelencia, a vues­tro honorable Hombre Blanco de La República: rogamos haga justicia, aunque sepamos tanto como usted que sus leyes no nos contemplan.

Tenemos presente que la ley espera que aquel dolor todavía se haga llamar dolor íntimo, dolor de la esfera doméstica. Que se pueda matar por celos y por amor. Que una mujer presidenta sea una excepción, una buena escritora sea una excepción, una mala madre sea crimen. Que nuestros cuerpos nazcan y mueran em­potrados a la baldosa, destinadas a preguntarse por la concreción más concreta. Que la reproducción de otras vidas y la reproduc­ción para la vida de otros, sea la forma única de trascendencia.

Nos preguntamos: ¿habrá siempre una vía para que el patriar­cado siga siendo un juez? ¿Tendrá siempre este gran espacio? ¿No quedará más que seguir intentando hacernos un huequito en la sobrevivencia?

La ley por sí misma comienza a desatar la furia. Siempre nos espera limpias y arregladas para las ceremonias oficiales sobre los avances en igualdad de género. Demos las gracias a los Hom­bres Blancos de la República por este reconocimiento. Gabriel González Videla —el que además de sus leyes malditas, consa­gró el voto político para la mujer— espera nuestra reverencia, nuestra sonrisa ruborizada, nuestras pantys sin hoyos. También lo esperará aquel nuevo Jaime Guzmán que, dentro de todo este revoltijo —donde nuestra máxima figura de representatividad es un quiltro negro llamado matapacos— quiera erigirse como el fetiche constituyente. Su posición de trascendencia será medida esta vez por la virilidad[3] de la Constitución: mientras más dure, mientras más larga sea.

Las estrategias de las mujeres y disidencias en la historia han tenido que estar cargadas de aquella gesticulación de la normali­dad de pantys sin hoyos. Mostrar que nuestros gestos no son tan distintos de lo que haría un hombre, de lo que pasaría si es que esta revuelta no fuese hecha por nosotras. Así como, de los gestos por demostrar que somos capaces de hacer el pacto, que no estamos (tan) locas, que podemos estrechar la mano y ser razonables (algu­na vez). Además, o a pesar de nuestro cuerpo. Del mismo modo en que hemos sido capaces de hacer gestos para cubrir los moretones con base facial, llamar puerta a un puño, amor a la violencia. Fijar todo dentro de la normalidad de la norma.

Es esa gesticulación de lo normal la que ha suscitado las ma­yores discusiones dentro de nuestro momento constituyente. “No queremos volver a la normalidad, porque la normalidad era el problema” ¿Cualquiera se siente indentificadx con esta frase des­pués de la revuelta de octubre? ¿Verdad? Quizás la pregunta, o el estado de alerta que nos pone por delante la construcción de una nueva normalidad, a través de un proceso constituyente, es nuestra tendencia a reconocernos desde la neutralidad de géne­ro. Neutralidad que termina siendo siempre masculina, hetero­sexuada, blanca.

Es por ello, que al juntar las palabras “Constitución” y “femi­nista”, asistir a talleres sobre feminismo y Constitución, diseñar espacios para pensar demandas y derechos feministas, hemos comenzado a instalar una oposición a la normalidad, que tam­bién empieza a convocar a sujetas, sujetes, sujetxs, sujet-s que han quedado históricamente situados en la exclusión de la nor­ma, en la inclusión únicamente en la medida de lo posible.

Tenemos presente que la misma pregunta por una Consti­tución feminista hace resonar las contradicciones de nuestra lucha por, sin y contra el Estado. La tensión entre la horizonta­lidad y la necesidad de representación en los espacios de visibi­lidad mediática. El hilo fino que existe entre demandar una éti­ca antipatriarcal y caer en un feministómetro que se vuelva otro instrumento de control. La necesidad de reconocernos desde el internacionalismo, sin dejar de pensarnos desde lo situado. No por nada nuestros espacios feministas son violentos. Violentos por la relación misma entre violencia y vida. Violentos como el grano de trigo que germina y parte de la tierra helada, como el pico del polluelo que rompe la cáscara del huevo[4]. Violen­tos, pues desde ellos nuestra supuesta relación natural con la vida logra comprenderse como una brutalidad, y no como un destino inexorable. Violentos, pues a partir dichos nudos con­tradictorios brota el pensarnos desde una vida otra, una digna de ser vivida.

Por una Constitución Feminista
Sofía Esther Brito (compiladora)
Libros del Pez Espiral,
ISBN 978-956-9147-76-0
206 pp.
www.librosdelpezespiral.cl
@pez_espiral


[1] Constitución de 1980, Art. 1, inc. 2°.

[2] Constitución de 1980, Art. 19 N°2, inc. 1°.

[3] Agradezco esta potente imagen a Alia Trabucco Zerán, quien la mencionó en el conversatorio “Por una Constitución feminista” realizado en la Furia del Libro de 2019, en conjunto con Alejandra Castillo y Rosario Olivares.

[4] Genet, Jean. “Violencia y brutalidad”. París: Le Monde, 16 de septiembre de 1977.

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