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Poesía de los contratos

Si existe algo así como un contrato social, este no es un contrato explícito entre iguales sino un contrato de adhesión. El contrato de adhesión no está basado en la reciprocidad sino en la asimetría y la unilateralidad. Usted no tiene derecho a modificar el contrato, lo toma o lo deja. Ahí tiene el libro de reclamos. El contrato de adhesión no es un contrato sino la cobertura de chocolate de una venta que se protege de las fallas del producto. 

Los acuerdos sociales son esencialmente implícitos y se extienden hasta que la letra de los textos desaparece y se instala entre los ‘contratantes’ y el árbitro el perfume de la costumbre. La ley tampoco es un contrato sino una imposición convenida.

La Constitución quiere ser ese Contrato perfumado pero ella está lejos de agotar las necesidades de una cultura compartida y vulnerable. Existen acuerdos constituyentes que son anteriores a las constituciones. En ellos se establece quienes somos los que somos. Quienes somos ese todos al que se refiere ese texto que falta y que dice ‘nosotros los chilenos’. Las promesas de movilidad social, de respeto, de seguridad, de igualdad razonable y de estar considerados en el bien común, tienen una pregnancia que viene de antes y va más allá del texto escrito.

La idea de contrato no es más que una metáfora mercantil extrapolada y encandilada por su propia satisfacción. La misma idea de ‘sociedad’ está cargada de subentendidos por la terminología comercial que está en la base del orden poético que subyace a lo político. Nuestra imaginación está cautiva de sociedades a las que nunca nos hemos asomado y a contratos que no hemos firmado. El contrato no es una idea reguladora sino una idea tranquilizadora.

La poética del costo-beneficio es la descripción del orden social en clave Poncio Pilatos. El sujeto de las indecisiones es el jefe o el dueño. No es el centurión romano ni la mujer que lleva el agua para el lavado de manos. Para ellos la alternativa en que se opta por algo y se aceptan los costos simplemente no existe. ¿Cual es la opción del asalariado? ¿Negarse a una orden y asumir el despido? En esta manera de ordenar el mundo, la trabajadora abusada por su jefe y que decidió no denunciar, aceptó los costos como leves, comparados al beneficio del empleo. El cinismo de las equivalencias de este tipo tiene un solo mérito y es que integra a los delincuentes a la misma  fórmula racional que mueve a las altas autoridades privadas. Pasar a llevar la ley es un asunto de cálculo de costos y beneficios que ha hecho transitar a las grandes empresas por la lógica del soborno y de la corrupción general de las instituciones.

El contrato sería la forma de intercambiar costos y beneficios mutuamente satisfactorios. Para la niña que cuelga en el vació sostenida de las trenzas por la mano de su padre, cualquier compromiso es beneficioso ante la alternativa de ser arrojada desde el tercer piso. El contrato involucra a iguales que son escasos en las comunidades sobre-estratificadas y reciamente desiguales como la nuestra. La sociedad asimila la convivencia a un acto legal para reducir y uniformar la diversidad de las culturas.

La sociedad vendría a ser un documento similar a la libreta de familia que entrega el Estado. Solo que ante los códigos legales no hay más libertad que la trampa o la huida. La fuga hacia afuera crea un cierto tipo de problemas, distinto al encogimiento del escape al interior, a los rincones y los puntos ciegos de la ciudad no-contratada a la que se adhiere. Informales, vagos, delincuentes, improductivos e incompetentes para contratar, son reconocidos implícitamente como objetos de caridad. La caridad es el pilar del contrato supuesto de una sociedad asocial. Ella reparte los restos de una justicia privada que está fuera del contrato y mantiene a los excluidos en la relativa paz de su atención como rebaño del señor. 

Los momentos instituyentes juntan destituciones, adaptaciones y constituciones. Son momentos que denuncian el quebranto y reclaman la urgencia de las promesas de justicia del antiguo régimen. Pan, paz, y tierra son los signos de las fallas inoportunas del régimen zarista que se repiten anacrónicamente hasta nuestro tiempo. En lugar de aferrarse a ventajas contractuales ficticias y violentas, vale la pena dar un salto a la equidad, la democracia y la modernidad.

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