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ODIO LAS DESPEDIDAS

MATÍAS RIVAS, poeta, editor

Se negaron a la publicar mi columna para el último número de revista CAPITAL[1].

El cierre de revistas y diarios es un síntoma de pobreza cultural. No dan plata, no se financian. Sí otorgan poder y espacios de diálogo. Con su extinción, los dueños de estos espacios dejan de perder dinero y de tener influencia.

¿Cuáles son las consecuencias?

Desde mi punto de vista, es una equivocación política. Los medios son un territorio legítimo, con reglas comunes de respeto, en el que se debaten ideas, levantan críticas y muestran e impugnan a personajes gravitantes. Por supuesto que cometen errores. Pero cuando estas zonas se acaban, el debate se desplaza hacia el eriazo de las redes sociales, donde la virulencia, la ignorancia y las noticias falsas ganan por lejos.

En las próximas elecciones serán menos los puntos de vista que estarán expuestos con precisión. Los candidatos no tendrán que sufrir el escollo de mostrar sus pasados, ya que sin prensa las preguntas no son contestadas. Se difumina el lector, deja de tener presencia en la interlocución. El público es transformado por los algoritmos de Facebook y Twitter en números a quienes les dan la información que desea oír. No tiene límites ni moral a la hora de comunicar.

¿Quiénes ganan en este terreno? Los bárbaros, los que gritan más fuerte, las mafias, las barras bravas, los delatores y, por sobre todo, los fanáticos. Sin duda, la democracia es la primera afectada. El tono del diálogo sube cuando no es por escrito y con desarrollo. Las instituciones decaen, puesto que son erosionadas por una desconfianza que no tiene contraparte, por una violencia que no es contenida. Las dudas y las preguntas, que son la esencia del periodismo, han sido cedidas a las hordas que asolan las redes. El pensamiento crítico es eliminado, no tiene lugar desde donde emitirse.

Los empresarios no están para perder plata, lo tengo claro, me lo han dicho en la cara. Por eso cuando los medios no dan lo esperado, los cierran. Pagar sueldos y sostener la discusión pública está fuera de los planes de negocios. La beneficencia es otro rubro.

Es posible que tengan la razón. En la lógica económica las cuestiones tienen ángulos y cálculos. Y que reconozcan que fracasaron es potente. Los números son irrefutables. Los avisadores huyeron. Fueron incapaces de retenerlos. Es una crisis mundial, por cierto. Y Chile está saliendo muy mal parado respecto de los países que funcionan como referentes. ¿Somos más precarios a nivel intelectual? ¿Por qué las suscripciones no seducen? ¿Los medios están respondiendo a los lectores? ¿Les entregan algo imprescindible? Las respuestas en estos minutos valen poco. Ver una debacle de esta índole hace meditar. La revista Paula se acabó en plena explosión feminista y Capital clausura luego del estallido, justo cuando hay una impugnación al mercado. Son coincidencias, no más.

Hace rato, eso sí, que la realidad salió del eje del discurso convencional. El control está extraviado. Una manera de reconocerlo es abandonar el plano público y refugiarse en el silencio. Los costos de esa resta son claros: entregar lo simbólico a las pulsiones y a los líderes que interpreten a grupos de interés determinados. Al populismo. El espectro de las emociones manda. La fluidez de las tendencias está vinculada a los entusiasmos rápidos. De ahí que los cálculos típicos estén despistados. Las encuestas son inverosímiles. La incertidumbre asoma y subjetividad gana cuando no hay conversación. El fin de la prensa es una señal de esa deriva.

Odio las despedidas. Son amargas, crueles y tristes. Sublimarlas es una frivolidad. La desilusión está viva. El luto es lo que corresponde. O el lento olvido. El descampado es el paisaje que se observa. Vienen tiempos feroces. Será difícil escucharse. Escasean los refugios que reúnen el conocimiento con la realidad, en los que es posible disentir. La falta de paz flota en el aire.

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[1] Comentario editorial (fb). En este artículo se cruzan dos enojos. Uno ampliamente desarrollado por el cierre de CAPITAL y otro, más contenido y feroz por la censura de la que fue objeto el artículo. Cuando los medios cierran, se ha producido un aplastamiento de las capas medias editoriales. Los dueños participan más directamente en la gestión y en la edición buscando entender y medir la incompetencia de sus gerentes y editores. Es posible que en ese proceso de despedida, los muchachos de la plata estén mas sensibles a un reclamo que los daña cuando no tienen como recuperarse hacia adelante. El reclamo por la censura, tal como Matías Rivas lo intuye está sobrevalorado. Es incómodo quejarse de una afrenta personal. Es extraño también que los ‘autores’ sean degradados al recorte y que se ejerza sobre nosotros el trabajo de ‘edición’ que los dueños ejercen como derecho de pernada y los editores como derecho de selección.  

El reclamo a la miopía empresarial se hace desde una idea de intercambio de inversión por prestigio. Platas por poder. Tal vez hay otro plano de este intercambio en el que se hace crecer un medio cultural como forma de indagar y construir una identidad. Lo que ha fracasado es esa búsqueda de una cultura liberal que entre la la tecnología y la gente elije a la autoridad y no le hace asco a la policía.

El artículo de M. Rivas es muy bueno porque no incurre en la quejumbre ni le atribuye a los medios el cuidado de una libertad de expresión que no les pertenece. Su propio texto saca su fuerza de la manera en que la pasión desmiente el racionalismo que postula. No es que CAPITAL fuera una revista dialogante pero es verdad que con su cierre pierden tanto la democracia ligera como la artillería popular. Me permití, en mi calidad de editor-censor, subrayar párrafos hermosos, sentencias rotundas y proposiciones con las que discrepo.

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