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MASCULINIDAD FUERA DE JUEGO

Constanza Michelson, Psicoanalista y escritora,  en La Tercera, enero 2020. Hace algunos días, a Fernando Báez Soza lo asesinaron. Entre diez lo mataron a patadas; eran rugbistas jóvenes. En un bar de Argentina testigos declararon que en algún punto de la coreografía fálica uno le dice a otro “dale que lo vas a matar, vos podés”. ¿Cómo circula en esa escena el deseo, las ganas de matar porque sí, hacia el cumplimiento de una instrucción, al homoerotismo hacia el líder de la cofradía? La gran tragedia de lo masculino ha sido, paradójicamente, someterse a unas pruebas de potencia –a veces inútiles, otras ridículas, otras letales– para demostrar dominancia.

“Decimos que es un deporte de bestias jugado por caballeros”. Es la fantasía de un macho, moral y físicamente superior, escribió el rugbista Tomás Hodgers a propósito de este caso. Aunque la mayoría de los jugadores no andan pateando a nadie en la calle, sí reconocen que en su formación hay algo que empuja a golpear literal o metafóricamente fuera de juego. Porque funciona como un espacio de constitución masculina y, como sabemos, para la masculinidad tradicional ser o no un hombre es una cuestión seria.

En Chile se cruza además con una marca de clase. El rugby es el símbolo del varón que triunfará, que luego competirá y saldrá a “matar” en el campo de los negocios. Por supuesto que la culpa no es del deporte, sino de los espacios de subjetivación masculina que suelen ser guiones muy repetidos, jerárquicos, que sitúan a algunos como dominantes y a otros como subalternos. Estos últimos a veces son los más crueles para lucirse con sus “jefes” reales o imaginarios. De estos relatos hay muchos más que en el rugby y que funcionan como un mandato que trágicamente a los más obedientes no les permite jugar, aunque tengan una pelota (o el objeto de deseo que sea) al frente, sino que están atravesados por el imperativo de seguir un camino a veces aburrido en que todo está escrito.

Se insiste en educar en el deporte como si fuera una fórmula para la salud o para inculcar valores positivos, pero es una consigna que se puede volver totalmente vacía, como ocurre con “educación de calidad” o “clima laboral” cuando no sirven para lo realmente importante: aprender a jugar. Jugar a fin de cuentas no es sino un espacio que se sostiene de puro deseo (por eso no se aprende nada, ni se goza de ninguna pirueta sexual si no hay deseo) y permite la apertura a ser otro que uno mismo, pudiendo el que juega sentir lo liberador de experimentar roles como un traje móvil y no una piel. Por el contrario, un guion que se asume serio debe actuarse dentro y fuera del juego, siempre igual.

Tal como en el campo sexual, usar el sexo como otra cancha donde buscar constituirse como masculino puede ser muy aburrido. Como aquellos que a los cinco minutos notifican de qué va ir la historia. O bien, puede tomar una forma más siniestra, que es también el fracaso del erotismo, cuando ante todo ese hombre está pasivamente respondiendo al jefe en su cabeza y se preocupa de su hazaña que cree realizar a través de doblegar a su pareja sexual. Estoy pensando en esas escenas confusas, e incluso consentidas, en las que la sensación posterior es que no fue correcto lo que ahí ocurrió.

Cuando un hombre insiste a secas desde un comienzo, por ejemplo, con un “te voy a partir el orto”, que antes que una invitación a un juego, parece más una carrera demasiado seria por cumplir con un desafío. Esto es fundamental en la educación sexual y sentimental: no se trata de un asunto de prácticas, de cuáles son seguras o apropiadas -lo que de todas maneras suena ridículo hoy cuando todo está liberado- sino que el asunto es si es un espacio de juego o no. ¿Está el otro disponible al deseo o yo soy el espejo para reflejar su propio guion?

No hay un varón más libre que el que reconoce que ser hombre es un juego. Por el contrario, pienso que hay que huir de quienes, en la cama, en la comunicación, en la mesa o en la cancha que sea están recibiendo al oído un susurro que les dice “tú puedes (matar)”.

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