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LÍDERES y COMUNIDADES

Fernando Balcells

Los escenarios inesperados y monstruosos no resisten los guiones protocolares escritos para audiencias de cámara y se exponen rápidamente, con los cambios de escala, a la desnudez de su inadecuación. Las antiguas figuras de la audacia política se revelan como grotescas al ser contrastadas con el drama sanitario que viven sus países. La epidemia no es solo una escala de medición de la política y de las sociedades sino que es un líquido de contraste que precipita a los idiotas como materia viscosa en el fondo del tubo de pruebas. Ahora podemos ver lo fácil que es actuar cuando los discursos no se miden con lo real y cuando los gestos del cuerpo político pueden ser obscenos sin correr riesgo alguno.

Intermitentemente, la política común es traída de vuelta al escenario por los impactantes despliegues de estupidez de algunos liderazgos. López Obrador, invitando a los mexicanos a concurrir a un festín antes del encierro final; Bolsonaro, autorizando a las empresas a no pagar sueldos a sus trabajadores durante cuatro meses; Trump y Boris dejando claro -y luego borrando con el codo- la idea de que, más vale tener unos miles de muertos antes que cerrar la economía y enviar millones a la miseria.

Afortunadamente, una especie de sentido común de las instituciones políticas y de la opinión pública, han permitido absorber y rectificar las pretensiones subnormales de los líderes más machos del planeta.

En todo el mundo la crisis ha transparentado las ventajas y las debilidades de los sistemas culturales y políticos. Se ha intentado oponer las fortalezas de la cultura oriental a la ligereza de las costumbres políticas occidentales. Parece que el autoritarismo nostálgico que se reclama para nosotros, ya no puede ser el de los liderazgos egóticos sino el de los aparatos burocráticos del oriente confucionista.

Lo que parece haber encuadrado las estrategias de combate al virus está en la combinación de dos fuerzas maltratadas. Por una parte la conectividad global, que impide que alguien pueda ser tentado con estrategias individuales de salvación y, dos, por una opinión pública que ya no es posible descartar y ante la cual las autoridades deben, obligadamente, rendir cuentas. Es desde esta ‘dignidad’ de la gente y de su opinión, que los liderazgos excéntricos y la estrategia de ‘la economía primero’ resultan impresentables.

Desde luego hay factores técnicos e institucionales que hacen una diferencia pero la humanización global y la democracia son las fuerzas que constituyen el ambiente cultural y político en que puede desplegarse el conocimiento como fuerza colectiva y no como expresión de una elite de iluminados. No tiene sentido oponer las ventajas del autoritarismo oriental a las indecisiones de la democracia occidental. En cada país se han ido construyendo consensos que abarcan a las comunidades científicas, a las instituciones de gobierno y a la opinión pública. Al parecer algunos países han sido más eficientes que otros en la contención del contagio pero estamos todavía inmersos en la emergencia y no tenemos posibilidades de una visión sobre la posterioridad de la crisis.

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