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LA VIOLACIÓN DE LUCRECIA

La violación de Lucrecia es el drama de un abuso pero es también la historia del nacimiento de la República Romana.  En estos días que discutimos sobre los derechos de la vida y sobre la legitimidad de las instituciones, es bueno volver a la historia que comunica a estas fuentes ocultas de nuestra convivencia. 

Tito Livio relata en su historia de Roma la violación de Lucrecia por el hijo del rey. Detalla la arenga suicida de la mujer y la exigencia de justicia que inflamó el espíritu ciudadano de los tranquilos vasallos de Roma.  Dos mil años después, Shakespeare escribió la íntima versión teatral de esta tragedia.     

La violación de Lucrecia se repite al menos cinco veces en la obra de Shakespeare. Primero en la anticipación afiebrada y perfectamente racional del violador. Luego se vive en los hechos; en la incredulidad, el terror,  la resistencia y el largo dolor de la víctima enfrentadas a la astucia, la amenaza y la fuerza bruta del violador. Posteriormente, en el fuero interno de la mujer que examina su desgracia, ensaya disculpas insatisfactorias, se rebela contra las fuerzas que se confabularon en su infortunio y toma determinaciones inquebrantables.

“Mi buen esposo, nunca conocerás el sabor corrompido de mi violada honra,

no dañaré tu amor de esta forma injuriosa; el injerto bastardo, no llegará a ser flor, quien pudrió tu raíz nunca dirá ostentoso que eres el tierno padre de su malvado fruto”. Dos vidas incompatibles se unen en el acto de haber sido cada una aniquilada por la otra.

Esta no es una mujer que reclama libertades egoístas. Esta es la mujer en cada uno que ha sido violada; han hecho “de ella una esclava, una muerte viviente y una pena perpetua”. Esta es la mujer que exige acción a sus vecinos y cuyo dolor funda la ciudadanía.

En un cuarto momento, la violación se repite en el relato de Lucrecia a su marido, a su padre y a sus amigos. Acto en el que Lucrecia pone fin a su vida insostenible, pasando por sobre los alegatos condescendientes del auditorio. “Después de hablar envaina, en su pecho inocente, un puñal que a su vez desvainó a su alma. Libera el tajo al alma de la honda zozobra reinante en la asquerosa prisión en que vivía”.

En el quinto momento la indignación de los amigos es traspasada a los vecinos y transformada en la destitución de la monarquía y la institución de la ciudadanía. La República ciudadana se funda en el mismo acto de contención de los poderes arbitrarios y de debate sobre los derechos de la vida.  La sociedad no juzga a la mujer violada ni le impone sus cargas; se pone a disposición de su justicia.

 “Juraron como se les pidió; todo su dolor cambiado en ira, y siguieron el ejemplo de Bruto, quien les convocó a abolir inmediatamente la monarquía” (TL).

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