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La Nueva Constitución ya está escrita

por Rodrigo Karmy Bolton. La escritura resplandece en la oscuridad de las paredes. Como si nada dijera al mundo, como si ninguna sonrisa o llanto pudiera ofrecer, paredes vestidas de revueltas imaginan –viven- el nuevo país. No apelan a un más allá, a un futuro que jamás las costillas pudieran abrazar, sino que a un nuevo país en el ahora de su cognoscibilidad. Cuando el desierto aglomeraba un paisaje sin horizonte y los zarpazos se repartían en la carcajada sobre cada cuerpo desmembrado, el castillo que poblaban los tiranos decía que todo estaba terminado, que no había nuevos rumbos por abrir, ni otros sueños a explorar. Una vibración escapa al conjuro, un desvío tuerce la mirada de la historia, los pueblos se cobijan bajo el despiadado frío. Los movimientos nadan en silencio, reptan como siglos en medio de un poema, los ángulos ya no calzan, los heraldos del poder tropiezan con pequeñas piedras que debían estar al borde del camino, pero de súbito, se arrojan sobre ellos como rayos. Cuando se trata de tornados populares, las piedras vuelan sin parar ni saber por dónde se lanzan. Su trayectoria inventa mundo donde los ojos del poder sólo ven polvo y escombros. Mundo sobre el que, en rigor, los populares no dejan de acampar: madres, hijxs, locas, trans, lesbianas, poetas, indixs, queers, estudiantes, mestizxs; los cualquiera acampan e inician nuevos ritmos y otros usos de los cuerpos. Los muertos de ayer viven nuevamente, las multitudes expanden sus territorios, los Hawker Hunters se deshacen en las nubes mientras las Iglesias y sus pastores arden por los siglos de los siglos. La exigencia popular no está presta a sacerdotes: no necesitamos otra fe, sino otra forma de vida. La república abraza el mundo que ella misma crea y que jamás presupone. Sin necesidad de militares, economistas, armas, bancos, tanques o créditos; juntos, arrojados a un parto sin fin en el que damos a luz al comunismo: no se trata de un régimen, ni de un partido, sino de la experiencia que, en la intempestividad de un ahora, hace que todo devenga común. Ya no existe “gente” ni “ciudadanía”, dos abstracciones sobre las que giró el pacto oligárquico de 1980 y su episteme transicional, sino “pueblo”. No un “pueblo” concebido como sustancia previa al acontecimiento, sino como el acontecimiento mismo en la multiplicidad de su irrupción. Un pueblo menor, ingobernable tanto para las fuerzas del Capital como para las del Estado, tan común como enteramente monstruoso que, sin embargo, ha sido capaz de abrir la opacidad de un “mundo” donde los poderes siempre intentarán producir la ficticia transparencia de un “globo”. Un diferencial de intensidades múltiples que hacen saltar toda forma estetizada de “pueblo” (el pueblo como sujeto estatal-nacional), el pueblo menor atestado en las calles de Chile, se sustrae a toda forma de representación y, más bien, trae consigo un oleaje de imaginación popular. Piedras, calles, muros, pequeños gestos sobrevivientes de cada esquina, cuerpos flacos o gordos, cuerpos que supuran cuerpos, con o sin cabello, con o sin edad, hacen la experiencia infantil de dar a luz a un pueblo en el ahora que hizo de la revuelta su verdadera patria y de la Constitución una epifanía que relampagueó en las calles de la ciudad.

Rodrigo Karmy Bolton, filósofo

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