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LA GUERRA X LA SALUD

Gordon Matta Clark

Fernando Balcells, Apuntes sobre los discursos de la guerra.

Adicción a la policía / Marcha triunfal / Metáforas guerreras / Denominaciones / La venta de la guerra / El sol y la buena vida / Las leyes de la higiene / Economía de guerra / La rebaja de épica por el mercado / El arte es revolución permanente / Una revolución contra la guerra / En una guerra ni siquiera hay espacio para el dolor / No hay equivalencias en la violencia / La irrupción de las fuerzas débiles / Elegir analogías es elegir servidumbres /

Su sangre vertida
te da la victoria;
su sangre, a tu gloria
da un brillo inmortal!

(Rengifo, Canción de Yungay)

Adicción a la policía

Para no hacer del lenguaje un territorio de guerra es necesario revisar el alcance de las bombas verbales. No solo advertir el tono golpeador y destructor del invento de enemigos sino de ir al subsuelo del habla donde se guarda el deseo de obediencia y sometimiento que anima los discursos públicos. En el Estado Policial perfecto, la represión es deseada y existe la creencia de que se la puede controlar con facilidad. Tal como creemos que es fácil dejar de fumar y pasamos décadas intentando sacudirnos del hábito. Podemos sonreírnos porque en las condiciones actuales, la necesidad de la policía parece evidente. La población y los alcaldes han pedido los encierros siguiendo el consejo dado por el conocimiento científico y experto. Este artículo no niega la necesidad de los distanciamientos y los confinamientos. Lo que hace es llamar a la atención sobre los efectos laterales, los contrabandos enquistados en las leyes, los excesos policiales innecesarios y las huellas que quedarán marcadas en nuestros cuerpos institucionales. No es redundante decir varias veces ‘exceso’ en una frase.

Estamos fortaleciendo durable y profundamente el Estado Policial que se superpone a nuestra frágil democracia. La política de la guerra ha logrado transformar a la ‘gente irresponsable’ en el delincuente, en el enemigo, que es necesario encarcelar una segunda vez.  

No deberíamos preocuparnos. Si hay algo a lo que debemos estar alertas es a nuestra propia  paranoia. Este no es el momento de dudar sino el de actuar. Ya hemos sido informados durante años de que es necesario confiar en las autoridades. La sospecha es la actitud de la gente oscura. Después de todo disponemos de un Parlamento democrático que vigila y controla, en nuestro nombre los excesos del poder y sus tendencias autoritarias. La emergencia no es la normalidad. Nos confortamos en la seguridad de que en el próximo paso, la policía militar volverá a sus cuarteles. De esta forma, la pandemia sería el límite de nuestro romanticismo libertario. Todo lo que se ha hecho -por nosotros- ha sido inevitable y ya nos sacudiremos, más adelante, de los pegotes guerreros que nos han protegido del contagio.  

La marcha triunfal

No hay poesía en la canción guerrera sino llamado al asesinato y a su gloria. La estatua del ‘roto chileno’ exige una explicación ahora que está de vuelta el gato en las calles, quemándose las garras para obedecer a las ratas. La policía es la decadencia y la corrupción de los ejércitos. Igual que la delación, la tortura y la represión son la perversión del orden y de la cohesión social.

Las metáforas guerreras.

El ‘estallido’ social y la ‘guerra’ contra el coronavirus han revivido la infamia del uso de metáforas guerreras en el lenguaje político. La épica que celebra la muerte y la sangre de los héroes saca por la boca el deseo de venganza hacia las versiones insubordinadas del pueblo.  El roto arrojado a pie pelado a la exaltación del degüello conoce la empuñadura del corvo no por historias escuchadas  sino por experiencia. No hubo nada más electrizante que el llamado a la muerte. Vencer o morir fue la consigna más honrada hasta que su abuso la transformó en la más repelente. La amistad, el amor y la hermandad, la entrega y el valor de dar la vida con los otros, no se encarnan ya en las venas abiertas sino en la solidaridad y en la compañía de un empeño que no requiere ofrecer la sangre del enemigo y que se sonríe  con pena ante el heroísmo y el sacrificio.

Decir que el virus es un enemigo -y que el enemigo, por extensión son sus portadores-, que nos defendemos de él y que queremos eliminarlo, se escucha como una serie de propósitos de sentido común y plenamente coherentes. Pero no lo son. Están abiertos a innumerables equívocos, a fracasos y a una atmósfera belicosa que terminará engullendo a los gritones que anuncian ‘al lobo, es el lobo’.

Los nombres y la presión atmosférica

Hablar del ‘estallido’ social es desequilibrado y parcial. Es enfatizar la explosión y el fuego, no por su carácter repentino sino por su efecto destructivo. Un comunicador cualquiera, sabe que debe elegir cuidadosamente sus palabras para que reflejen la realidad y la manifiesten pero también para que la controlen. No hay inocencia en el lenguaje. Los nombres ejercen una presión y demarcan un ambiente explosivo. ‘El estallido’ marca indeleblemente las protestas como actos bautizados y regidos por el signo de los destrozos. Ningún matiz empático o ajustado en el relato de los detalles de la revuelta podrá sacudirse de los efectos de su nombramiento despedazador.

La venta de una guerra

La metáfora guerrera en manos del marketing es la continuación de la guerra por captura y domesticación de sus imágenes. Las intervenciones vendedoras, desbaratan la libertad de las razones y desarman los aparatos críticos, resumiendo al sujeto en su calidad de blanco de tiro. Con el blanco, el marketing se apropia analógicamente del deseo del vendedor ofreciéndole el lenguaje y la eficacia del guerrero. Se vende la imagen y el discurso de la blitzkrieg como línea recta y puntería absoluta. Contra la mercantilización de la palabra y la afasia de la guerra, lo que es  insuperable, la verdad y la muerte, no pueden dejar de ser buscadas acosando de vuelta a sus fantasmas. Un mundo de mentiras admisibles es tanto o más invivible que uno en el que no se pueda mentir. Esta afirmación antigua y apenas moderna, no se refiere a las relaciones interiores al lenguaje sino a su irremplazable arraigo en la informalidad de lo real.

El sol y la buena vida  

Si bien la metáfora fundadora de la filosofía occidental es la que va de la sombra a la luz y permite el conocimiento, todavía hay un juego de analogías que es anterior y que es condición del conocimiento. Son los lenguajes que permiten sobrevivir incluso en la ignorancia y la oscuridad de la cueva y que unen a la salud y a la guerra en la protección de la vida. Ambas forman los deseos reflejos y los principios morales que preparan para el conocimiento.

La metáfora es el llamado a una cosa con el nombre que designa a otra. Cuando la política instala a la guerra como discurso y sistema de nombramientos, ella trae en su equipaje todos los sonidos y los efectos de su procedencia.

La leyes de la higiene

La profesión médica de hombres y mujeres bien intencionadas, es la que presenta mayores títulos para decirnos ‘lo que es bueno para nosotros’. La derivación de médicos a brujos y sacerdotes no hace más que especificar un conjunto profesional que además de desarrollar técnicas de sanación, está en la inspiración de la moral natural. El resto de las profesiones que saben ‘lo que es bueno’, los profesores, los abogados y los economistas, forman una clase media intelectual que colabora en mantener la distancia entre militares y políticos, dueños del poder y del tiempo y los salubristas dueños de la última palabra sobre la vida.

Cuando las capas medias expertas colapsan los enfermos son pasados por las armas, deportados a islas lejanas y a campos de muerte. Ese fue el uso de leprosario que le dimos a la Isla de Pascua y hoy le damos a Puente Alto. Ahora perseguimos a los enfermos para encerrarlos en jaulas voluntarias o forzadas. Hace un par de días se ha aprobado una ley histórica, con penas de cárcel para los enfermos en situación de desacato.

No podíamos suponer que un dictado sanitario fuera a imponerse de esta manera sobre la humanidad. Podemos imaginar ahora la larga lucha de mujeres y hombres por mantenerse a distancia adecuada de los higienistas y de su intolerancia a la vida entendida como riesgo. En la antigüedad, los salubristas debían recorrer el largo rodeo de la moral y de los mandatos divinos para sus validar sus normas de higiene. El Edipo de Sófocles tiene un trasfondo en la peste y según Durrenmatt, en la necesidad de construir alcantarillas en Tebas. El Levítico bíblico esta escrito  como un manual de salud dictado por el saber y por el asco del patriarca. La expulsión de las mujeres, inmundas por la menstruación o por el parto, al igual que las normas alimentarias son, palabra de Dios. La base sanitaria de la filosofía ha sabido velarse para dar un espacio de dignidad a una moral que figure en este teatro como producto de la inteligencia humana respondiendo a necesidades ineludibles. 

Instalado el relato de la sobrevivencia, la medicina enfervorizada busca mantenernos lo más cerca posible de la muerte, confiando en mimetizarse con ella para evitarla. El coma inducido es la perfección del tratamiento médico. Que el cuerpo no se mueva, no se gaste, no corra riesgo alguno de contacto con el mundo. Si algo nos faltaba para comprobar que somos una especie desadaptada y en proceso de divergencia creciente, es esta pandemia que eliminando las intermediaciones culturales, pone a la política en directa relación con la guerra y su oscura pretexto sanitario[1].

Sin ir muy lejos, la lingüística moderna toma su propio diccionario de la semiología médica. Ciencia de los signos y los indicios de la enfermedad que está en la base de las herramientas de diagnóstico que posee el médico.

Es hora de examinar el tránsito entre los sistemas de lenguaje no solo en su funcionalidad sino como traslados en el modo de existir o como el ser partido de las humanidades viajeras. Pareciera que sin viaje no hay hogar. Estos son los tiempos en que florece el misticismo porque nada más puede borrar las paredes y hacer contacto con el mundo sin el desquiciamiento de la salud en soledad.  

La salud ha sido un proveedor esencial de imágenes para la política como ejercicio de la moral y de la guerra. El lenguaje de la moral y el de la salud comparten el valor de lo absoluto que solo puede satisfacerse por medio de la guerra de aniquilación del error, la desobediencia y la barbarie. El ámbito de la salud se extiende hasta la inmortalidad y a la anterioridad de la vida. Lo sano esta emparentado con lo auténtico y con lo consistente.

La economía de guerra

Ambas mezclan estos dos mensajes contradictorios que premian la libertad de hombre arrojado y la servidumbre del ‘jugador de equipo’, el hombre prudente que sigue las reglas y, en lo posible se deja administrar por el mando o mandar por los que saben. Es el viejo roce entre la incitación al ahorro y el llamado al consumo que queda, sanamente entregada a la responsabilidad del individuo. Aunque en este terreno como en otros, estemos ante lo que un filósofo llama el ‘dividuo’: el dividido, el que se reparte entre dos, el ser en la esfera de la pareja, ahogado por la culpa en su forma de una deuda eterna.

‘Robusto’ es el término con que los economistas pintan verbalmente el cuerpo de sus deseos y de sus proyectos. No está de más anotar la ambigüedad sexual de las analogías del cuerpo musculoso y brillante que no exhiben la virilidad sino que llaman a ser penetrados por ella. 

La rebaja de las metáforas bélicas.

Ante la epidemia viral, se nos llama a vencer o morir y a enfrentar la adversidad con el ánimo combativo y el optimismo del que está condicionado para triunfar. Tal es la destinación triunfal que las derrotas son ignoradas. La victoria obliga a falsificar los relatos, esconder la información y traficar los números en la estadística. La modernización del triunfo épico, ha rebajado las victorias a balances positivos.

El discurso de la guerra es siempre un discurso ganador. Incluso cuando los retadores se hacen cargo de la guerra, apuntan a la imposibilidad de evitarla, a la seguridad del triunfo y al horizonte que se abre para una vida mejor. Sea como arrebato del poder o como testimonio de muerte. En el antecedente del optimismo, la negatividad está asociada al enemigo que es necesario vencer. Allá, en el campo enemigo, están los asesinos, los demagogos, los explotadores, los tiranos, los bárbaros y los irresponsables, amontonados en pilas de adjetivos que son perecidas y sin embargo, totalmente desiguales. La negatividad es todo lo que retrasa la velocidad de la hueste; la crítica y la duda quedan para las cartas encontradas en las chaquetas de los muertos de Chorrillos y de las Ardenas.

No es solo un juego de conceptos lo que se traspasa de amos a siervos emancipados sino su economía del poder, sus expresiones radicales, su eficacia y su retórica del sacrificio. Pero nada es equivalente ni simétrico entre abusados y abusadores, entre los dueños de la ley y los aspirantes al derecho. La postulación de la igualdad política entre la parcialidad de las instituciones y la intransigencia de los proyectos instituyentes solo sirve a los primeros, a los derechos adquiridos.Las injusticias de los aspirantes a la justicia no invalidan su empeño sino que lo califican.

El arte es revolución permanente

El compromiso del arte es poner a disposición los trabajos de la libertad. El arte y la literatura son las formas y los amores en revolución permanente. Ellos tocan piel de lo real con los sentidos de la distancia, extraen de ella la necesidad de retirarse y de volver a intentar el contacto, acercándose y fracasando. Su reserva es una abstención del dominio, una forma de respeto (no a lo que está dado sino a la relación entre lo que no se da y su disponibilidad por medio del lenguaje) una restitución de la verdad de las cosas, que no las toca pero que no puede olvidar la voluntad de un encuentro táctil inalcanzable. Se trata de tocar lo que nunca fue y que solo podrá existir en la obra.

Las nuevas formas del poder político no se encuentran en la política ni en los discursos de la certeza sino en el arte y la literatura con sus dudas existenciales, sus compromisos con la libertad de los lenguajes, con sus excentricidades y sus imaginaciones contaminantes. Si se quiere anclar el poder en la fuerza de una vida que se hace a sí misma, si se quiere escapar de los relatos del poder como fuerza opresiva e invalidante, es necesario dar vuelo a la imaginación hospitalaria, literaria, visual, sonora y feminista.

Si llegamos a ser nuestros propios amos, no nos quedará más que asumir las formas de represión que antes se combinaban con la hegemonía y la dominación externa y que ahora asumimos sobre nosotros mismos. Esta es la tesis sin salida de Byung Chul Han que nos devuelve a los brazos del todopoderoso. Lo que nos salva de esa síntesis es un arte que no imita al Señor de las consignas sino que inventa una ecuación distinta entre el constreñimiento social y la liberación de lo que puede una vida.

Una revolución contra la guerra

Un idioma nuevo solo puede surgir de la disyunción y la multiplicidad de las trenzas entre literaturas que ensayan la crítica de sus recursos y el humor ante el autor, enlazados con un arte que confiesa su deuda con el azar.

La simple inversión de una terminología (el paso del poder de sometimiento de unos al de otros sobre unos) consagra la espera de un acontecimiento mágico, falla en el despliegue de la fuerza y  lleva a la blandura, a la queja y a la lamentación que valida el derecho del agresor y solo pide compasión ante el exceso. La regla de la mendicidad es no quejarse de su condición y a cambio obtener una propina. La inversión consiste en hacerse de los medios sin cambiar la finalidad. Por cierto, la repartición entre recursos y fines pertenece a la racionalidad común de la economía y de la guerra. Digamos, de la economía como guerra de expulsión y contención de los bárbaros en la frontera.

En una guerra ni siquiera hay espacio para el dolor.

El insoportable lenguaje de la innovación parece dejar de lado la guerra de palabras. Incluso su origen en el concepto de destrucción creativa de Schumpeter es dejado de lado para enfocarse en un idioma de pura positividad y virtud tecnológica. La destrucción es solo producto de la obsolescencia producida por la innovación y la creatividad esta relegada a un depósito de recursos accesorios aptos para la comunicación. No es el lenguaje que pueda expresar la pasión y la riqueza de las fuerzas emergentes en la sociedad. Tiene una dimensión progresista marginal pero al faltarle la  negatividad carece de un pensamiento propio. La innovación ahorra tiempo y espacio para dar lugar a mayores velocidades en la convivencia que tenemos. De su discurso podrían a salir nuevos actores económicos relevantes, a condición de abandonar el lugar de ‘consejería de príncipes’ y sumarse al movimiento social por la formalización de derechos emergentes. A pesar de su sometimiento a la rentabilidad y al derecho de propiedad, las instituciones innovadoras mantienen un resto insubordinado por el cual se filtran, como en un tercer canal, los deseos sin forma y sin nombre de la gente.

No hay equivalencias en la violencia.

La violencia de los que quieren conservar derechos adquiridos no es equivalente a la violencia de los indignados que aspiran a la dignidad y al respeto. Ambas violencias comparten la injusticia en la medida que aspiran a vestir el mismo traje. La violencia del fuego divino y la del sangramiento humano descienden, en una escala que va de la totalidad despótica a la parcialidad de la dictadura. En el escalón más bajo, la violencia redescubre que su propósito no es más que preservarse y ejercitarse ella misma según el principio del más pequeño de los parásitos aferrándose a la vida.

El sentimentalismo y las buenas intenciones, los valores sin consecuencias y los derechos inexigibles son los contribuyentes anónimos a las leyes de los enfrentamientos violentos. La violencia se filtra por el interlineado de los discursos bondadosos que la abordan con una queja de equilibrista. Condenan con furia rastrera lo que rompe pero no lo que encierra. A ellos les pertenece el poema edificante y el romance caballeroso, la generosidad y la inocencia a la sombra de los poderes policiales. 

(La violencia de los que no aspiran a la dominación es más aguda que la de los opresores y los aspirantes. Las descripciones de la justicia están hechas desde la legitimidad y la moderación de la violencia. La violencia de los que no tienen proyecto de Estado no tiene medida pero dura poco).

La irrupción de las fuerzas débiles

Las mujeres, los niños, los viejos, los indígenas y los informales, no hacen la guerra sino que se empeñan en reequilibrar la paz. Las mujeres que han denunciado a sus abusadores, han cometido excesos e injusticias, si se evalúan sus actos desde el punto de vista del derecho al abuso. El derecho al abuso esta consagrado en la ley de maneras que permiten que exista sin nombrarlo. El ‘debido proceso’ condena a las abusadas a presentar su caso en un lenguaje que no poseen y apelando a una justicia que no está consagrada en la ley. La reivindicación de la dignidad no está sometida a cánones y sistemas de procedimientos judiciales. La institución de un derecho nunca es justa; es desequilibrada, comprometida, parcial y atropelladora, para llegar a la interminable tarea disyuntiva de la reconciliación de la humanidad.

Sin esos excesos no habría irrupción de las fuerzas débiles en la convivencia. De hecho, sin excesos no hay humanidad. Los humanos somos la especie excesiva, insaciable y definitivamente desadaptada que ha querido reconstruir el mundo y el más allá a su imagen y semejanza. Lo que nos falta es el sentido animal de la prudencia que es la atmósfera de una ley justa en el caso particular y estable en la convivencia.

Los caminos cerrados no se refieren ya a aquellos que están prohibidos por la finitud sino también a los que no queremos recorrer, aunque podamos hacerlo.Nos vamos a terminar, sin dejar de ser una mota de polvo con la que luchamos diariamente con fervor para exorcizar el destino inevitable.

Podemos elegir nuestras analogías como elegimos nuestras servidumbres.

Para ser más libres nos hace falta liberarnos de las analogías sanitarias en la política y en la guerra. De creerle a Deleuze, los guerreros serían una fuerza anti estatal doblegada por el Estado sedentario, transformada en burocracia degradada y sometida a funciones policiales.

Incluso los ejércitos guerreros son instituciones sedentarias transportables. Los marinos y los aviadores, como viajeros son simples turistas acarreando su identidad feliz en la mochila y en el piño al que pertenecen. Desde la invención de los Estados, los ejércitos son principalmente policía. La homogenización y la disciplina de la población se ha convertido en la primera línea y la última instancia de defensa contra los tártaros.

Si queremos abrir el mundo más que cerrarlo para cobijarnos, nos corresponde hablar, gritar, escribir y marchar entendiendo que el lenguaje y el cuerpo son los mínimos recursos de los débiles. Es mejor que no nos dejemos avasallar por los mandatos policiales. La conversación rompe con la obediencia política. Aunque el diálogo se sustente en la ilusión que olvida que la racionalidad social es una construcción de los poderes de-nominantes. El Parlamento es la institución de esa conquista; lugar de la amistad y de la traición. Su balance depende de la calle. Y si queremos mejorar nuestras condiciones de vida, las grandes alamedas tendrán que pasar llenas de reclamos y cantos por el medio de los edificios del Estado.


[1] El carácter virtuoso del esfuerzo médico y su contribución a la calidad de vida de la especie no debe inhibir la crítica a sus rebalses despóticos. La medicina es un mal necesario, incluso trenzada con la violencia y los inventos de la razón o empecinada en el alargue de la vida. Véase la literatura sanitaria en el origen de las políticas racistas, en la pretensión de las soberanías inmunitarias y en el destino del humanismo médico en el final del Homo Saccer de G. Agamben.

1 COMENTARIO

  1. El más lúcido análisis del poliedro cultural con forma de Covid que estamos viviendo, que he leído.
    Cuando ser humanos, civiles, desnudos, depende del tubo del “respensador artificial” enchufado en la tráquea de todo transeúnte signado de Rut (rut como lo fue el de estrellas de seis puntas), enemigo por el hecho inevitable de ser, constreñido a no hacer, es que se reconoce en el vacío y la falta de gravedad la obligación matrística de la poesía que, amorosamente fiera, posee como mayéutica placentera los cuerpos todos del delito (tal vez excluidos los uniformados cuerpos), los cuerpos hermosos aunque leer no sepan, lo hayan olvidado, o les sea afortunado no tenerlo. He aquí un llamado a un sediento destacamento.
    Nota para el futuro actual: Texto de obligada lectura en aulas que no existen; reproducción en suplementos especiales de medios (o enteros) volcados a la mentiretóricaminación; y su publicación en plazas, calles, veredas, casas, ranchos, tugurios, cerrados en si mismos noche tras día.

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