IniciodestacadoLA FUNCIÓN POLICIAL Y LOS ATROPELLOS DE CARABINEROS

LA FUNCIÓN POLICIAL Y LOS ATROPELLOS DE CARABINEROS

Por Fernando Balcells.   Las imágenes de los atropellos policiales nos producen repulsión y pena. Carabineros está reducido a esto. Emboscadas homicidas usando sus transportes como arma y sus armas como instrumentos de ensañamiento. Una institución de paz social y de disuasión del delito, que se sostiene sobre la permisividad y la complicidad en torno a sus propios crímenes no tiene cabida en una convivencia democrática. Las reformas que se proponen a las policías chilenas deben tener en cuenta las distorsiones históricas de la función policial y la situación específica de corrupción y deterioro del sentido de lo público en Carabineros. 

Las máquinas y los policías

Los  atropellos policiales no son casuales. Los policías prolongan en sus corazas, en sus armas y sus vehículos, esa sensación de no pertenecer al mundo humano sino al de las máquinas obedientes, de entendimiento desenfocado y responsabilidad limitada.

La marcha del orgullo policial en Valparaíso se desplegaba desde la jerarquía de los motorizados. A mayor poder de destructivo menor conciencia de humanidad. El hombre-camión está un paso por debajo del hombre-botón / que no tiene experiencia sensible alguna del daño que causa/ en la escala de la desaprensión y la deshumanización.

Hay un punto en que el autómata pierde el juicio y pierde las inhibiciones. Sea porque se siente atacado o porque simplemente se siente autorizado al sadismo. Él sabe que será respaldado por sus compañeros; ese es el modelo de fidelidad y confianza en el que se basan las instituciones obedientes y las bandas deportivas.

Los policías que mantienen el lujo de su humanidad /sea porque tienen conciencia actoral y no se dejan llevar por el travestismo o por alguna otra falla de su condicionamiento de autómatas / están obligados a la complicidad con los psicópatas que son sus compañeros. Ellos pueden distinguir un exceso de celo o una desgracia accidental pero no ven el sistema de la delincuencia instituida entre sus compañeros y como tolerancia fundadora de su institución. La inocencia y la fidelidad implican hacerse parte en las actuaciones del equipo.

Atropellos intencionales y sistemáticos

Por sistemáticos quiero decir ni buscados ni evitados en cada caso sino producto de un procedimiento regular de imprudencias, faltas de respeto e impunidades. Lo increíble es que no se hayan producido muchos más muertes por esta vía. Miles son testigos de las maniobras en que se usan vehículos pesados para cortar manifestaciones atravesándolas intempestivamente.

Las imágenes en las redes

El video de los autos chocadores que circula en las redes, merece ser editado, no en defensa de Carabineros, sino como pieza de acusación del carácter sistemático de los accidentes y los excesos. Tal como está construido, el video es unilateral, no porque excluya el punto de vista de la policía sino porque lo incluye desbordándolo y copando todo el espacio de las impresiones y las reflexiones que nos provoca. En esas imágenes, el episodio, esconde a la institución pero emite el mensaje de que una violencia irreversible es lo que enfrenta la disidencia a la visión policíaca del sistema político. Todo se trata aquí  de fuerzas de choque. Son impactos asimétricos que atraen y repugnan con su morbo. Es un video que plantea la política como golpe. La mirada que dan a la política estos videos de violencia homicida es pornográfica. Aquí no está el punto de vista de las víctimas sino de los victimarios. El audio de asombro, escándalo e indignaciones, no logra equilibrar la presencia de la violencia ocupando el horizonte. Tal como está presentado, el encadenamiento de los atropellos es una navaja de sensaciones que se clava una y otra vez, persistentemente, combinando el dolor y la caricatura. 

Ojalá las imágenes de este tiempo se sitúen en el hilo de una memoria reflexiva sobre el poder, la violencia y los modos de ser de la convivencia pacífica entre vecinos, conciudadanos y pobladores de un mismo territorio.

La función policial

Lo que ha pasado en este tiempo, es que las funciones policiales han sido transparentadas por la crisis dejando a la vista su esencia inmoral. Las tareas de apoyo a la población y a la paz social se encuentran enfrentadas en el mismo encierro institucional con las funciones de vigilancia, amedrentamiento y represión de la ciudadanía. La prioridad fijada al despeje de las calles por sobre las libertades de expresión y de reunión, marcan una disociación que se ha vuelto incompatible. La policía que persevera como una institución destinada a trampear a su pueblo, captura también al gobierno y a la economía.

Autoridad y policía

Nos confundimos cuando creemos que la autoridad política respalda a Carabineros. Es la policía la que sostiene al Gobierno. No solo pone la cara y mete las patas y las manos sino que lo hace en función de mantener el carácter policial del Estado y de la política. Las lógicas incompatibles de este Gobierno pasan por la prioridad policial de la política económica, de la legislación y de la administración del Estado. Las autoridades políticas son manipuladas por el instinto policial y por su astucia. No me refiero a la necesidad de la paz y de la seguridad en la convivencia y en la economía; hablo de la unidad entre los más fuertes y la fuerza bruta. Hablo del avasallamiento de lo que podemos llamar ‘las fuerzas débiles’ por la alianza ‘de sentido común’ entre los exponentes de todas las formas de sometimiento a las mayorías populares.

Lógica policial y poder de Estado

La subordinación policial a la autoridad política o incluso a la autoridad militar esta atravesada comúnmente por una simulación. La humildad de la policía es su astucia fundamental. El doblez es la esencia de la función policial. El invento de Fouché sirvió a la revolución Francesa, a la contra revolución, al imperio de Napoleón y a la restauración monárquica. Ese sentido del Estado que está por encima del pueblo (pero no de su encierro) es el ánimo policial que es necesario retirar del espíritu de un Estado Republicano. (Ya sabemos que una República sin Democracia no es más que un Estado oligárquico).

La institución policial, que miramos en menos, es la inspiración a la que todo tiende en la dictadura de Pinochet. La corrupción del Ejército y de la FFAA durante la dictadura fue producto de su subordinación a la lógica policial de la ‘guerra interna’. La desmoralización de los militares viene de su reducción a la tarea de reprimir y separarse de la gente, poniéndose sobre ella y por debajo de la policía.  La DINA es la evolución de la policía haciéndose cargo de las relaciones exteriores y de la Defensa desde una disciplina mortal de lo público.

Estamos asistiendo al despliegue de esta lógica política y burocrática que inventa sensaciones de inseguridad, provoca enfrentamientos, los sofoca por medio de atropellos y balazos para luego erigirse en víctima de la violencia y en herramienta fundamental de la seguridad social. Esta falsificación de la convivencia, del Estado y de la política es la que está en juego en este momento.

No estamos solos en esta experiencia. Ningún país de la OCDE ha dejado de pasar por la necesidad de inventarse un sistema de seguridad disponible para hacer comunidad.

Profesionales y sádicos

Se ha escrito bastante sobre la banalidad del mal pero no lo suficiente sobre la cooptación entre la profesión policial y el goce sádico. El inquisidor y el torturador se eligen el uno al otro de manera intuitiva o de manera aprendida.  El deber llama al placer en esta como en otras profesiones. El poder es incapaz de distinguir su uso de su exceso. El exceso es la esencia del poder y la prudencia es apenas un cálculo reiterado en sus errores.

La diferencia democrática

Hay un punto instituyente en el desarrollo de las sociedades en que el pueblo y las instituciones coinciden por un instante. Después de eso, las comunidades entran en tensión con la voluntad de autonomía y de imposición de las elites y de la policía. En ese momento, la gente se juega su destino entre la democracia y las diversiones propuestas por las oligarquías nuevas y radiantes.

El control sobre los mecanismos de coerción, represión y sometimiento no puede ser interno a las instituciones; debe ser orientado y ejercido por la gente. Esa es la diferencia democrática a la que debemos llegar. Para hacer esa diferencia es necesario incluir una participación directa de la gente en el diseño y la fiscalización de una institución policial que deja de ser solidaria con el clasismo y pasa a serlo con formas comunitarias de construcción de la seguridad en la convivencia.

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