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LA AUTORIDAD

Fernando Balcells, septiembre 2020

PASADA LA NOSTÁLGIA DE PAPÁ

Los debates sobre la autoridad giran entre el llamado a respetarla y el lamento por su pérdida. Vivimos una crisis de la autoridad que se arrastra desde los inicios de la modernidad y no hemos terminado de hacer el duelo. No es que se haya perdido la confianza o haya disminuido la credulidad de la gente sino que le autoridad soberana, como ejercicio de poder y forma de organización de la sociedad, incluso como concepto, se ha vuelto desadaptada a los tiempos. Los alcances de la autoridad y las formas de su ejercicio han cambiado de naturaleza con el advenimiento de internet, la democracia, los mercados abiertos y sobre todo, con la llegada de las mujeres al mundo. A ellas se debe la transformación de las situaciones de hogar, familia, mercado laboral y espacio político en que nos movemos.

Pasó la época del paternalismo y lo que viene no es la autoridad benévola y asfixiante de Mamá (verdadero Estado Subsidiario ella) sino algo que están elaborando las jóvenes más autónomos en las empresas, las familias y las organizaciones sociales.

Cuando hablamos de autoridad lo hacemos desde la nostalgia. Escuchamos una invocación al respeto como exigencia de obediencia. No vemos que la autoridad y la dignidad están emparentadas. Una dignidad es el atributo de un dignatario o en otras palabras, es la jerarquía que le corresponde en la pirámide de las autoridades. La articulación entre autoridad y dignidad es una relación de participación en el poder social y político. El reclamo de dignidad, como equívoco de una igualdad cualquiera e incluso como simple exigencia de buen trato, es una demanda de participación en el poder. Esta exigencia no viene de la naturaleza sino de una extemporaneidad profunda y una disfunción ofensiva de las instituciones.

Cuando las mujeres y los trabajadores piden dignidad están pidiendo autoridad. Piden que se les hable de igual a igual, que se reconozca su valor en la sociedad y que los halagos se manifiesten en compromisos y actos que mejoren sus condiciones de vida y de ejercicio de su autoridad ciudadana. Para mayor seguridad, piden ser ellas mismas las que administren los asuntos comunes.

Hablamos de crisis de la autoridad con una mirada inocente que no admite que las fuentes de poder y el concepto mismo de autoridad -como soberanía incondicionada-, son incapaces de abordar los litigios actuales. Basta una mirada al conflicto mapuche para entenderlo. ¿Necesitamos al pueblo mapuche, en la plenitud de sus diferencias, o nos estorba?

Independientemente del énfasis que queramos darle, la autoridad está sujeta a vacilaciones desde que el señorío está distribuido entre muchos y constreñido a negociaciones y arbitrajes en espacios cada vez más amplios y decisivos del quehacer social. Estas no son debilidades sino fortalezas de un orden común consistente y duradero.

Cuando las autoridades comprendan que ellas son servidores públicos antes que mandatarios, puede que empiecen a darse condiciones para una reconciliación con la ciudadanía. El ciudadano es el patrón. Es el dueño del hotel y del almacén, es el orador, el barrendero y el presentador del circo, el inventor del caldillo de congrio y el autor analfabeto del que emana toda autoridad.

Dignidades y trabajo

En las sociedades complejas, las dignidades son distintas a las tradicionales. En la jerarquía católica, el tope de la dignidad humana es la de San Pedro, el portero que da acceso a la presencia ante el Señor. En la modernidad, el Señor esta distribuido y las dignidades cortesanas enfrentan la dificultad de personificar un rostro que contempla arrobado hacia el interior dela institución celestial y otro que debe dar una cara acogedora hacia los que no están admitidos y esperan a la intemperie. La que mira hacia adentro es una cara lavada por el amor, indiferente a la justicia que contempla desde afuera llamando a las puertas del reino. El portero, el incendiario y el golpeador (que no han leído a Benjamin) no se diferencian del usurpador más que en el despliegue de las distintas posibilidades del sometimiento.

Esa son las dificultades de la cultura humanista y del destino comercial, intercultural que hemos elegido como humanidad. El asunto es que la apertura humanista permite un comercio que no es suficiente para ordenar las cosas en una sociedad. De lejos, se ven las caravanas que se desplazan por el desierto entre Nueva York y Shanghai, pero no se advierten las jerarquías ni las relaciones entre los viajeros. Podemos intuir que el comercio de esclavos requiere una organización distinta en el barco de la que exige el comercio de vidrios de colores. La dignidad del capataz y de su látigo en el barco de esclavos será menos necesaria en el bote de las baratijas vidriadas.

Leopoldo, Rey de Bélgica, Filántropo y dueño del Congo

La dignidad de las personas depende del tipo de organización social necesaria para ganarse la vida en el trayecto elegido. Para graficarlo, en nuestro bote ya no basta con vender trabajo barato, necesitamos políglotas, vendedores talentosos y mejor, diseños creativos para los brillos y colores de la pedrería que comerciamos. Al esclavo no le queda más que someterse o rebelarse. Ante el  artesano, la autoridad debe entreverarse en la persuasión y mejor aun, en una poética de lo común.

Hablo de los extremos en las condiciones que definen las relaciones de autoridad para entender que la violencia y la seducción son polos opuestos en la arquitectura de las dignidades y son consecuencia de los caminos de desarrollo elegidos por una sociedad. No todo está determinado económicamente y las creencias, junto a los deseos, inciden en el margen como dirían los economistas y ‘en última instancia’ en el lenguaje de una sociología que se deja abierta una última puerta para escapar del autómata.  La cultura humanista constituye un piso desde el cual es difícil -aunque no imposible- sostener la pertinencia del trabajo esclavo (importación de campesinos paraguayos, encerrados sin pasaporte, en un fundo del valle central). Vivimos en ese retorcimiento en que las viejas costumbres se han vuelto estúpidas (dañan a los que perseveran) y perseveran confiando en que la mezcla de manipulación y violencia retardará su descarte. Los deseos de igualdad, respeto, libertades y poderes compartidos, juegan también un papel correctivo que tiene por techo su compatibilidad con los modos efectivos de ganarse la vida.

Lo ciertos es que hay nexos entre el modo que nos tratamos en el trabajo y los modos en que nos organizamos institucionalmente. No se trata de coherencia formal entre valores y actos sino de consistencia entre la consideración a las personas y la organización del espacio político. Las libertades solo existen para quienes participan en las autorizaciones de la política.

En el barco de las pymes sociales y económicas innovadoras existe igualdad y también hay autoridad. Solo que la autoridad los toca a todos y está al servicio de la empresa común y no de sí misma. Lo central aquí es definir quienes son todos los que participan en esta aventura viajera. Quienes tienen derecho a incidir en las decisiones que afectan al grupo. Quienes pueden disentir sin ser lanzados por la borda. ¿Quiénes son todos los que forman una sociedad y tienen los mismos derechos? Por cierto, no se debe eludir, en su momento, la pregunta sobre ¿Quién corta el queque?

Los servidores públicos deben verse a sí mismos como los empleados de la gente. El ‘patroncito’ del Padre Hurtado era todavía un poco infantil pero era una ruptura en la dirección de dignificar a la gente. Es necesario hacerlo crecer y convertirlo en una matrona considerada y amable pero dueña de sus decisiones. Cada una de ellas es una hebra del tejido de la autoridad institucional. Ellas deben saberlo y hacerlo sentir.

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