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Impresiones de nuestro Cabildo (2016). Homenaje a Pepe Zalaquett

Claudia Fuentes Rodríguez. 5 junio 2016. Hace muchos años que no asistía a un encuentro que mezclara apertura, seriedad, sorpresa y humor de la manera en que lo tuvimos el sábado. Hubo dificultades para homogenizar los lenguajes y no hubo tiempo para más. Pero el tiempo pasó como un respiro.

La mayoría de los que participaron conocían a menos de la mitad de los participantes. El grupo era más heterogéneo de lo que apareció en las discusiones. Pareciera que lo que llaman una dinámica propia de las reuniones, desarmó las desconfianzas, limó los escepticismos y obligó a aterrizar las trayectorias personales en una especie de sentido común del encuentro.

No cabe duda de que el tiempo fue extraordinariamente corto para resumir y poner en juego la sabiduría ética y política de la que cada uno es portador, tal como se nos invitaba a hacerlo. Me quedó la sensación de que hubiéramos necesitado un seminario de unos tres meses para haber abarcado la diversidad y la profundidad de las aproximaciones  de cada uno. Parte de la gracia, sin embargo, fue haber adoptado resoluciones en las condiciones restringidas en que lo hicimos. Así es la vida. Nunca te da todo el espacio que quisieras y te da de más sin que lo notes.

Una segunda impresión sobre la que me gustaría reflexionar un poco más, es la siguiente. Todos defendieron sus puntos de vista sin que la contradicción y las derrotas hayan afectado el ánimo de las intervenciones. Pocas veces es posible experimentar eso de que la alegría del juego es mayor que el contento de ganar.

Me doy cuenta de la suma de ingenuidades que he ido declinando pero siento que lo que se logró, espontáneamente en el encuentro, fue recuperar una cierta inocencia de los debates. No se trata de gratuidad ni de indiferencia. Se trata de que en las condiciones que se dieron, perder una discusión fue mucho menos importante que el debate abierto. No es solo que el ánimo de debate deje abierta la posibilidad de imponer mis ideas en el futuro; es que fui efectivamente sorprendido por los énfasis y la fuerza de algunos argumentos. Como explicar que en algunos casos pude percibir que los argumentos eran parte de la vida que los pronunciaba. Las situaciones en las que se puede apreciar la vida que sustenta los discursos no son frecuentes.

Muchos de nosotros se han refugiado en lo que llamamos ‘los valores’, para mantener una distancia crítica con lo que se nos impone. Otros, entre los que me cuento, tienen una aproximación distinta a la arquitectura cultural. Para mi, los valores no tienen que ver con lo que se dice sino estrictamente con lo que se hace. Me dio la impresión que despojados de toda discursividad, los valores o, lo que me gusta llamar ‘las inclinaciones éticas’ pierden corporalidad. En ninguna de esas posiciones hay exclusiones necesarias. Hay distintas economías del discurso que, normalmente, no tienen ocasión de escucharse.

No quiero caer en la ‘metafísica’, pero a nadie le escandalizó hablar de propiedad como sinónimo de ‘titularidad de derechos’. Hubo un equilibrio entre humildad y respeto, con una fuerza de afirmación de las ideas propias que nunca derivó a la soberbia. Nadie se sintió en la necesidad de hacer reclamos identitarios ni de reconocer que venimos de la izquierda o de la derecha. No creo que esas inclinaciones sean superables pero, tampoco creo que ellas intervengan siempre y necesariamente en todos nuestros debates políticos. Se puede ser de izquierda o de derecha y, sin embargo, coincidir en buena medida en un texto constitucional.  Recién estamos empezando a explorar antagonismos nuevos y pertinentes.

Por si no se notó, debo decir que tuvimos participantes de distintas vertientes de derecha, centristas moderados e izquierdistas en un amplio espectro. Hubo abogados (demasiados, como siempre), economistas, profesores, emprendedores sociales, consultores, funcionarios públicos, empresarios y ejecutivos de empresas privadas. Las edades fluctuaron entre los treinta y los setenta y tanto. La muestra no es representativa de nada y sin embargo es un modelo de todo lo que está pasando en el país.

Este encuentro y los miles de otros que están realizándose, son una reivindicación de la ciudadanía. No creo que estemos en condiciones de dimensionar este proceso que todavía está ocurriendo. Pero, me parece que estamos asistiendo a una destitución de los prejuicios elitistas (no de la elite). Los caminos que se abran desde acá no están dibujados. Vamos a tener que estar atentos a las señales. No van a faltar las conspiraciones espontaneas para esconder esta efervescencia. Basta leer en la prensa de hoy las arremetidas de un sentido común ‘estadista’ que no se resigna a explorar formas de institucionalidad más espumantes que las que nos hemos tragado hasta ahora.

Nunca se agradece bastante.

Abrazos,

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