HARTO / AHÍTO

Juan Emar, Fernando Balcells y Adela Belmar monologando sin permiso con Eugenio Tironi

ET No sé si esto es algo que me pasa solo a mí o si le ocurre a todo el mundo. Hay conductas y actitudes que antes dejaba pasar con indiferencia, o que no me alcanzaban a irritar la piel, pero que en los tiempos que estamos viviendo me tienen francamente hastiado. La lista podría ser más larga, pero aquí van algunas.

AB. Antes no me tocaban, dice. No lo hacían porque no entraban en la mezcla de mis afectos. En cambio ahora, en el hartazgo, lo que me era indiferente entra a formar parte de mi atmósfera respiratoria. Hablo y recibo bravatas de hastío. O el hastío de los otros es justamente aquello que antes me era indiferente y que ahora, no pudiendo ignorarlo, me repugna. Al fin puede, digo yo, expulsar en público a la mujer. La que lo ha tenido hastiado sin mayor franqueza con sus demandas inoportunas y sus altisonancias dramáticas. ¿Verá él que lo que se sacude es el conjunto de las indisciplinas minoritarias, envalentonadas por la democracia?

FB. Harto, hastiado, aburrido, irritado, disgustado, saturado, lleno, hasta la coronilla, asqueado. Poner en línea los sinónimos es una forma de reunir todos los matices que habitan la redundancia. El efecto del conjunto agrega algo que no está en cada uno de los sinónimos. Por ejemplo, en la diferencia entre satisfecho y asqueado, que se reúnen en la lista de sinónimos pero que indican la indistinción entre un límite y su rebalse.

ET. Estoy harto de las bravatas y las querellas. De las palabras duras; de las amenazas. Es el momento de ser magnánimos, incluso con los descarriados; de buscar puntos de encuentro y no enzarzarse en pleitos de donde todos salen embarrados; de morderse la lengua y seleccionar palabras que no hieran. Somos millones los que estamos mirando. No somos ni ignorantes ni descriteriados. Déjennos hacernos nuestro propio juicio. Identificamos perfectamente a quienes están echando agua a su propio molino. No necesitamos que nadie los señale con un dedo acusador. Es botar energía.

AB. Es harto, dice algo distinto de estar harto. La palabra vuela como murciélago, en todas direcciones. Harto es la medida de lo mucho que permanece dentro, en lo justo. Harto es mucho pero no es demasiado. Es la diferencia entre la altura de la coronilla y ‘más arriba de la coronilla’. Ese más arriba marca, la demasía y el rebalse. He tenido bastante no es lo mismo que estar excedida. Harta. Entre ‘harto’ y ‘harta’ se desplaza esa intranquilidad de no estar nunca en lo propio; lo que los antiguos llamaban la histeria y no es más que el el desliz de nuestra audacia. Lo que nuestro redactor no contempla es que la desmedida es la medida de lo que puede asomarse a algo más verdadero. El rebalse no es una abundancia sino un estado de iniciación, una actitud abierta a recibir lo que no nos tocaba y ahora nos invade. Eso hacemos las mujeres, Somos abiertas a ser vulneradas. Los puntos de encuentro no son posibles en un solo idioma. Un lenguaje aferrado a poderes antiguos y que se harta leyendo a les otres.

ET. Estoy harto de los que están siempre empeñados en tener razón. Incluso ahora, cuando no es pecado ni venial estar perplejos. De los que se esfuerzan en probar que todo lo previeron, todo lo pensaron, todo lo planearon.

FB. La perplejidad nunca tiene suficiente. No se conecta con el hartazgo. En la duda se disparan preguntas que tienen por función ceñir la duda y acotarla; intentar encontrar caminos en los cuales moverse. Cuando la pregunta sepulta la duda se acaba la perplejidad. La pregunta es ya un inicio sino toda la respuesta. Se puede estar harto de la falta de preguntas porque se busca recuperar una certeza, un piso, un arraigo en la razón.

El empeño en la razón molesta a los que han tenido un monopolio de lo razonable. La razón molesta también a los que se cobijan clandestinamente en una fe que no se declara más que como ‘buenas costumbres’.

ET. Estoy harto de los que se pasean por los canales de TV denunciando la improvisación. Perdón, ¿pero dónde está la falta?; ¿quién no está improvisando ante una catástrofe de esta índole? Es más: son preferibles los que ensayan, aunque yerren, que los que están por llevarnos al matadero con tal de no salirse del guion.

AB. Estoy harta de la televisión oficial, única y disgregada en varios canales que no son capaces de establecer la diferencia entre un mentiroso y un camello.

ET. Estoy harto de los que sienten ser soldados de una guerra que viene de tiempos inmemoriales y que nos acompañará hasta el fin de los días. Que actúan en función de propinar una derrota a sus viejos adversarios y sorber el fugaz placer de la victoria, no en función de cuán necesario es actuar aquí y ahora ante la emergencia. Para ellos, lastimosamente, de pronto es más importante seguir con la guerra entre nosotros que unirse contra el virus.

FB. Hic e nunc. Actuar en un solo ahora; el de la emergencia. Actuar en un solo lugar, el de la emergencia dibujada por el que declaró como estado de las cosas. Anular toda otra ocupación que no sea la que determina una disciplina muscular de la domesticidad. Nunquam.

ET. Estoy harto de los que son incapaces de dejar una factura o una cuenta sin cobrar. De los que no pueden dejar la oportunidad de pegarle una repasada a antiguos adversarios. A ellos les rogaría que dejen ir; que otorguen un armisticio unilateral, un perdonazo. Hay disputas y polémicas que a la luz de lo que está pasando en Chile y el mundo parecen de otra galaxia. Volver a ellas una y otra vez no solo es dañino: es patético. Hay que tener sentido de las proporciones y no gastar pólvora en gallinazos.

AB. ¿A quienes perdonar? ¿Quiénes son los delincuantes que exigen el perdón y los frescos que asumen que pueden concederlo? Habría que dejar que abusadores y violadores se salgan dos veces con la suya; en el acto y en el permiso a insistir en él (después que el perdón lo ha borrado). Habría que permitir que el daño siga ocurriendo; no solo que las heridas permanezcan abiertas sino que literalmente los actos violentos sigan sucediendo, interminablemente; sin que ninguna justicia les ponga término.

ET. Estoy harto de los que insisten en encarar los problemas de hoy con los paradigmas de ayer. Los que en lugar de buscar la mejor manera de hacer frente a la pandemia siguen obsesionados en no dejar que crezca demasiado el Estado; o en el otro extremo, los que en lugar de concentrarse en convocar a todas las fuerzas disponibles para esta tarea titánica están enfocados en cómo aprovechar la emergencia para hacer avanzar una agenda impermeable a las sorpresas de la historia.

FB. Lo único que podemos hacer en este punto es declarar nuestros contrabandos.

ET. Estoy harto de los que hacen de la sospecha un mecanismo de autoafirmación y de la desconfianza un factor de identidad.

FB. La sospecha es parte de la curiosidad. No es necesario reducirla a la mezquindad. La curiosidad es el momento ingenuo de la sospecha. La sospecha no es más que la experiencia repetida; el aprendizaje del explorador. Sospecho que en lo oscuro hay peligro porque varias veces he tropezado en lo que no veo. La sospecha puede ser el momento en que la duda se transforma en pregunta o en hipótesis de trabajo; momento en que un hecho o varios actúan en los prejuicios del curioso, sea desviándolos, confirmándolos o desmintiéndolos. Si no soy capaz de sospechar que el ratón se comerá el queso, no puedo desenvolverme correctamente en la vida doméstica.   

ET. Estamos muy distantes de contar con autoridades perfectas. En ningún ámbito, incluyendo por cierto la cabeza del Estado. Ya tendremos la ocasión vender ideas, mover a terceros de juzgarlas. De condenarlas si nos place. Pero por ahora tenemos que obedecerlas, y cuando haya que criticar —lo que hay que hacer, porque estamos en una democracia y porque es así como se aprende y corrige—, hay que hacerlo sin minar su potestad. Si nuestras instituciones se desploman, nos vamos todos al carajo. Pongamos en hibernación a los “haters” que todos tenemos dentro. Por este tiempo al menos.

AB. Lo que pide el hastío es la obediencia a la autoridad. Es interesante porque ya no pide confianza, solo obediencia. Cabalgando sobre la peste vuelve el patriarca. Pero obedecer a un ente que no es confiable nos encierra en un tipo de obligación forzada que no se justifica ni en la razón ni en la conversación. Debemos aceptar que estamos ante una emergencia que tiene la forma y la política definida por el Gobierno, sin que exista lugar para intervenciones como las de alcaldes y alcaldesas o colegiadas.

Ya llegará el momento de la crítica. Cuando llegue debe ejercerse sin minar su potestad nos dice ET. (elijo sinónimos de potestad que muestran a qué abre este término; su mando, su imperio, su señorío, su predominio, su prepotencia, su dominio, su privilegio, su dignidad). El tipo de poder que el colmado asigna al Gobierno no es solo práctico, es soberano. Este es el poder cuya mera verdad es la de la reina de Corazones; ‘Que le corten la cabeza’. Ninguna dignidad soberana soporta bien la crítica; ni en momentos de tranquilidad ni de emergencia. Según el empachado, no deberíamos hacer críticas –ni manifestar dudas- en este momento. Y si lo hacemos en un momento adecuado y, en la forma adecuada, no debemos esperar una respuesta. La esperanza generaría una auto-frustración y un resentimiento. No tenemos en realidad para qué hacer preguntas. Nuestra insistencia y sobre todo nuestro mal humor ofende la tolerancia de los que ya tienen suficiente, están satisfechos y se declaran desbordados y hartos.

ET. Si nuestras instituciones se desploman, nos vamos todos al carajo.

FB. Muchos sienten que ya están viviendo como el carajo. ¿Qué les dice este texto? vivan su miseria con pudor y si no tienen palabras de alabanza, háganlo en silencio.

¿Acaso las instituciones no estaban en crisis ya? ¿En qué se diferencia el desplome de la corrupción, de la captura, de una trabazón o una falta de contemporaneidad? La soberanía y la majestad no son sostenibles como forma de la dignidad de un Gobierno de este siglo. Respetar a la autoridad no quiere decir evitar la crítica sino hacerla punzante, ineludible, detallada y pública. La crítica es la que establece el escenario en que el público puede formarse ideas contrastadas. Eso no se puede hacer en un régimen de canal único de televisión.

La Democracia no puede ser postergada por la emergencia. Antes se la hacía esperar por la ignorancia del pueblo o porque ya estaba zanjada por la representación parlamentaria. No es verdad que haya momentos en que la mano firme y única deba reemplazar a la democracia. Y esta no es una guerra.

ET. Estoy harto con eso y mucho más. Pero tomaré mi propia medicina y me morderé la lengua.

FB. Es de esperar que ET no cumpla su promesa y que justamente desate su lengua para permitir que rebose su pensamiento.

Eugenio Tironi / Fernando Balcells / Adela Belmar / Juan Emar

Anexos

Adela Belmar.

(Sería interesante explorar las siguientes hipótesis. 1.- Las autoridades republicanas se relacionan de un modo homogéneo y solidario. El espacio para discrepancias importantes se reduce por el necesario acuerdo sobre lo que es real (y las formas de determinarlo). Mas el acuerdo sobre la función rectora y paternal de la autoridad. El bien común está separado de la comprensión de la gente común. 2.- Porque estamos en democracia y el marketing sería la ley de la democracia (vender ideas y mover a terceros), la política está condenada a un cierto tipo de manipulación y de mentira. Se trata de prometer lo que no pueda ser verificado (beneficios de la educación) y de construir una realidad imaginaria que se sobrepone a otras redes discursivas como diferentes puntos de vista, ninguno de los cuales es más verdadero que el otro. Todos pero no todas ni todes somos iguales ante el lenguaje y el poder. La ´protección’ del empleo vía financiamiento del sueldo por sus propios ‘beneficiarios’ es una muestra de torcedura irritante del lenguaje y de la política. La política se obliga a mentir porque su inclinación la lleva a  sacrificar el corto plazo en beneficio del largo plazo. Esto no es ni error ni maldad; es simplemente machismo y clasismo, desprecio por la chusma.

Fernando Balcells. Harto de los hartos.

Ahíto, el tiempo desespera de la abundancia. Estoy harto; no al tope ni al ras sino hasta más arriba de la coronilla. Desbordado por los excesos ingeridos y por la necesidad de devolver el hartazgo que me rebalsa. Esta es la verdadera clave de la economía; no lo que falta sino lo irresistible que desborda y que inicia el misterios de la administración.

Están hartos de la política. En el momento en que la política se anuncia y rompe la comodidad de un mundo barrido por las certezas; en el momento en que los discursos empiezan a añejarse y ya no surten efecto; en el instante que la cocinera le agregó cebolla a la sopa, se nos hizo insoportable.

Los satisfechos no pueden agregar un grano de arroz en sus dietas porque se rebalsan. Los intestinos se recogen y se estrujan, se arañan como si la lenteja tuviera aguijones y garras y no diera descanso. El hartazgo se declara como la abstinencia necesaria para apagar el fuego de los excesos. No estoy hecho para esta cocina, se dicen. Me retiro. Mi cuerpo solo soporta comidas lite y tranquilas conversaciones de sobremesa.

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