Iniciola última líneaHA MUERTO ARIEL MORENO

HA MUERTO ARIEL MORENO

Nadia Prado. Ariel Jesús Moreno Molina tenía 24 años, esta era su sonrisa, esta era su vida. Ha muerto Ariel Moreno, el chico de Padre Hurtado a quien carabineros disparó en la cabeza ayer, mientras protestaba por Jorge Mora, el Neco, también asesinado por el gobierno de Piñera.

Hay miles de jóvenes presxs, miles de torturadxs, hay desaparecidxs, violadxs, asesinadxs con la misma crueldad que en dictadura, y es porque la dictadura en Chile nunca se fue, solo le hizo un espacio a aquellos con los que podía conjurar y profundizar el neoliberalismo. Definitivamente hay vidas que valen y vidas que no valen, porque el otro para el fascismo, ni siquiera es una cifra, sino solo carne para sacrificar cuando no puede volverla asimilable.

La subjetividad cede enfrentada a la violencia y a lo hostil, sin embargo desde esa fragilidad nace su potencia, nuestra potencia, porque la experiencia de la violencia, por la que nunca hemos dejado de ser tocados, después del golpe por el fascismo y luego por los colaboradores del fascismo, tendrá que caer, desde la fuerza de la destrucción hacia la fuerza del lenguaje, de su ruina incluso. Esta herida no cerrará, se ha abierto nuevamente. Estas experiencias brutales que se graban en nuestra memoria, sobrevivirán en imágenes y reaparecerán en el lenguaje para gritar hasta su límite. La memoria, las imágenes del horror que atizan el recuerdo abrirán cada día más porvenir que la historia misma, no sé si para vencer, pero sí para no olvidar.

Los cuerpos, el lenguaje, azotado por la violencia, indefectiblemente encalla en nosotros y provoca una potencia imaginativa y de deseo feroz, y eso es lo que hay que producir, lo demás es merchandising. Ese deseo es la transmisión narrativa y la presentificación de las ausencias, las de antes, las de ahora. El Estado de excepción en el que vivimos, luego de aquellas inéditas magnitudes de oscuridad y de horror que nunca pensamos volver a vivir, se tendrá que soportar para sostenernos ante la realidad ominosa y monstruosamente infamiliar y desazonante. Habrá que, en plena violencia, reorganizar el decir, el pensamiento y el cuerpo. Y mientras la catástrofe siga desplegándose intentar escapar de las zancadillas que día a día nos hacen quienes nos entregan y transan.

La opresión del violento y espurio cotidiano en el que sobrevivimos hoy y la “inicua legalidad paranoica” de nuestra clase política, como hace 30 años, como hace 47 años, vuelve a impugnar y embestir nuestro lenguaje, nuestros cuerpos, la vida digna y justa que queremos, poniendo en obra, nuevamente, el exterminio, el silencio, el encierro, la legalidad fantoche y la ideología jurídica para justificar sus crímenes. Nombrar y negar, para culpar y para hacer desaparecer. Esta nueva herida, esta retraumatización no se cierra más, es un «lazo despiadado de memoria», una malla irrompible de rabia que sigue despertando y que durará décadas. No se podrá restañar esta herida, no se podrá recomponer para ninguna redacción publicitaria de consenso el lenguaje y su ruina, no se nos podrá devolver al espacio público ya inscrito con injusticia sobre nuestra carne. La página, los cuerpos ya son herida y están heridos, y por esa herida ingresa una potencia de rabia y justa cólera política. Aunque el fascismo desaparezca la vida de golpe esta perdura, porque cuando el horror se torna cotidiano volver a la normalidad no es sino volver a la espectralidad, con todos nuestros muertos a cuestas, y con su derecho a hablar a través de nosotros desde sus cuerpos ausentes. Esa es una intensidad inigualable, porque la herida es la apertura del propio ser al otro, acontecimiento, herida de la lengua y del cuerpo.

El grito, los gritos en las calles, en el papel, son la manera en que «cada uno tiene su propio después para intentar comprender y soportar lo insoportable». La herida no se cierra más porque las imágenes del horror que estamos viviendo ya no pueden, por más pactos de paz y acuerdos espurios que se hagan, disipar la memoria y la rabia por el crimen y la violencia de Estado cuando se han vuelto rutina.
Memoria y rabia. Tenemos derecho a todo eso y más, porque cuando vivimos al mismo tiempo en el mundo y en el submundo, cuando estamos condenadxs a muerte, enfrentadxs a la crueldad y a la exhibición de la violencia y del terror del fascismo, nuestra rabia es justa rabia, rabia política e históricamente justa.


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