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Gramática y políticas de la incomodidad en el lenguaje

JOSÉ DEL VALLE

Santiago de Chile, agosto de 2018

El lenguaje inclusivo y “el sistema”


La defensa pública del lenguaje inclusivo es una de entre las muchas estrategias del movimiento feminista en la lucha contra formas de organización social que privilegian al hombre. El feminismo progresa en relación dinámica —cómplice y conflictiva— con otras causas en las que grupos sociales marginados pretenden convertirse en actores políticos. Todas estas luchas, a su vez, se inscriben en procesos históricos asociados al reparto de recursos y la organización del trabajo. Dada su relevancia en múltiples dimensiones del cambio social, es imperativo no limitar la discusión sobre el lenguaje inclusivo a consideraciones superficiales: ¿respetan o no las innovaciones la matriz gramatical del idioma? ¿Triunfará o no tal o cual forma?

La sociolingüística —una de las disciplinas dedicadas al estudio sistemático de la comunicación humana— afirma que el lenguaje es una práctica social. Las relaciones sociales se conciben como un tejido en constante transformación armado con distintos modelos y gradaciones de conflicto y cooperación, y se presume que los seres humanos actuamos siempre en relación con otros buscando crear armonías y disonancias, sincronizaciones y contrapuntos que nos posicionen ante el resto. Es cierto que al hacer sociolingüística se está estudiando, en último término, cómo y porqué ciertos movimientos del cuerpo se convierten en lenguaje: pensemos en la coordinada acción del diafragma, las cuerdas vocales, la lengua y los labios para producir la oralidad; o la coreografía gestual que constituye las lenguas de señas; o la danza de los dedos, que resulta en la escritura, en contacto con el lápiz y el papel, con el teclado o, más frecuentemente, con la pantalla de cristal de la tableta. Pero la sociolingüística pone de manifiesto el hecho de que estos movimientos del cuerpo —generadores de sustancia fónica, gestual o gráfica— adquieren forma gramatical —es decir, se convierten en lenguaje— solo ante la respuesta de otros cuerpos, es decir, en virtud de su condición social, como elemento constitutivo de los procesos que articulan las relaciones humanas.

Ahora bien, no somos prisioneros de la costumbre. En la medida en que la norma se constituye socialmente —recordemos, entre dinámicas tanto conflictivas como cooperativas—, es permanentemente susceptible de ser incumplida, reinterpretada y alterada. Y es en esta pugna entre normas —potencial pero fundamental— donde reside la condición política del lenguaje. Hablar, señar o escribir es necesariamente posicionarse en —y en relación con— un universo social, barajar identidades, cumplir o incumplir patrones de acción social en virtud de los cuales se legitima o deslegitima nuestra pertenencia a un grupo. Por ello, desde una perspectiva glotopolítica, el incumplimiento o alteración de la norma no se explica como ignorancia gramatical sino como visibilización de una posición social y como potencial construcción y manifestación de sujetos políticos. Esos momentos de transgresión lingüística, en definitiva, son los que destapan la condición política —socialmente situada y ligada a intereses concretos— de la norma transgredida y desenmascaran a la ideología política que, tras el velo de naturalidad con que cubre la norma que custodia, se beneficia de su reproducción acrítica.

Pongamos por caso la regla que, en español, construye compuestos del tipo portavoz, recogepelotas o chupatintas. Parecieran ser producto de un proceso que une un verbo (portar, recoger, chupar) con un sustantivo (voz, pelotas, tintas). Y parecieran también no tener un género gramatical cerrado pudiendo así adquirir el género que le asigne el modificador que los preceda: el o la portavoz, el o la recogepelotas, el o la chupatintas. Ahora bien, es imprescindible entender que esta regla surge históricamente y se reproduce en un complejo escenario de interacciones verbales y de producción de modelos de uso apropiado del lenguaje. La regla es también una norma, y no es producto de una racionalidad gramatical que exista afuera de ese complejo escenario social, sino de una normatividad gramatical creada precisamente en ese escenario.

Decir la portavoza y el portavoz es, en efecto, alterar un hábito lingüístico, es incumplir una regla o norma gramatical.

Pero, atención, el argumento que pretende “proteger” la gramática violentada afirmando su autonomía con respecto a la voluntad humana —esgrimido una y otra vez por la RAE— es falso. Decir la portavoza y el portavoz es, en efecto, alterar un hábito lingüístico, es incumplir una regla o norma gramatical. Pero, atención, el argumento que pretende “proteger” la gramática violentada afirmando su autonomía con respecto a la voluntad humana —esgrimido una y otra vez por la RAE— es falso.

En base a él, quienes custodian la norma y las reglas que la legitiman dirán: “No soy yo quien proscribe ese neologismo; es el sistema gramatical”. Y sin embargo, no hay nada en la “naturaleza” de portavoz que impida la innovación portavoza; “el sistema gramatical” no tiene capacidad de decisión. Que una persona desligue portavoz del patrón morfológico que caracteriza a recogepelotas y chupatintas y la decline en función del género del referente no viola ningún sistema que haya surgido de modo natural sino que rompe un hábito lingüístico, desafía una norma y —y esto es crucial— perturba el orden social ligado a la norma incomodada. Lo que conspira en contra de tal innovación no es “la gramática” sino dos hechos que son fundamentalmente políticos: primero, el hábito —inscrito en el cuerpo de escuchar y decir la portavoz y, segundo, el deseo político de desacreditar la acción social de la que es parte el neologismo portavoza. Es el primero el que lleva a mucha gente —incluso alguna que se declara abiertamente feminista— a rechazar las innovaciones propuestas. Y es el segundo el que motiva viscerales reacciones públicas entre quienes se resisten a aceptar las bases del feminismo y ven en estos gestos lingüísticos un campo de batalla favorable.

El lenguaje inclusivo y la incomodidad
La enunciación de la palabra portavoza ha de ser entendida como parte de un proceso que se desarrolla en distintos lugares y en distintas temporalidades. Es un hecho fácilmente constatable que las alteraciones de un hábito tienen un efecto corporal (que puede ser la mayor segregación de adrenalina, el aumento del ritmo cardíaco, la intensificación de la respiración, el mareo). Y, como señalé arriba, las reglas o normas de la gramática están inscritas en el cuerpo y por ello su alteración nos “suena mal”. En la medida en que las prácticas verbales se acomoden a nuestras expectativas, nuestro cuerpo las recibirá con naturalidad. Y, por lo mismo, en la medida en que incomoden, reaccionaremos ante la sorpresa causada por lo nuevo acaso marcando como antinatural la forma que la generó. Es en esta corporalidad donde está la base de los procesos ideológicos de naturalización de una norma que en realidad es social en su origen; y en la lógica argumentativa de la RAE es el sistema gramatical autónomo el que ocupa el lugar del hecho natural perturbado por la innovación agramatical o contranatura.

“menos mal que vamos perdiendo el privilegio de la comodidad (ojalá, para empezar, que la reconozcamos como privilegio)”.

Esta incomodidad que nos predispone contra el cambio se sitúa en el primer plano cuando el acto de habla se produce en un contexto donde las prácticas verbales están altamente codificadas e incluso ritualizadas en grado sumo. Más aun cuando se presenta explícitamente como elemento constitutivo de una escena glotopolítica: por ejemplo, portavoza usada en una rueda de prensa por una figura que representa a un partido político y que inscribe su acto de habla en el proceso en curso de reivindicación feminista. Quienes escuchan podrán sentir incomodidad ya no solo por la insatisfacción de una expectativa —o, dicho de otro modo, por el incumplimiento de una regla— sino por la transformación cualitativa de la escena de habla: frente a la aparición de una norma alternativa, ante su vinculación con una política y una ética, se produce la falsa respuesta: “decir portavoza es politizar el lenguaje, pero decir la portavoz es respetar una gramática ajena a las veleidades políticas de quienes la usan”. Falsa será. Pero fácilmente aceptable para quienes no deseen soportar ya no solo la incomodidad de una palabra nueva sino la incomodidad de tener que decidir: al existir una norma alternativa, el simple acto de hablar deja de ser tan simple pues ahora se sabe que quien habla escoge y al hacerlo se posiciona política y éticamente.

José del Valle es docente e investigador en el área de sociolingüística en The
Graduate Center, CUNY (Nueva York). Entre sus publicaciones se encuentran La
batalla del idioma: la intelectualidad hispánica ante la lengua
(Iberoamericana/Vervuert, 2004), La lengua, ¿patria común? Ideas e ideologías del español (Iberoamericana/Vervuert, 2007) e Historia política del español: La creación de una lengua (Aluvión 2016).

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