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Elicura Chihuailaf

Conversación con Yanko González Cangas en Cyber Humanitatis N° 15, año 2000.

de Héroes civiles & Santos laicos. Palabra y periferia: trece entrevistas a escritores del Sur de Chile. (Valdivia, Ediciones Barba de Palo , 1999.)

Llevamos tres horas caminando entre lengas, árboles nativos que toleran los fríos más intensos y, por lo tanto, habitan profusamente las cumbres de la cordillera andina del sur de Chile. Subidas y bajadas verdes, azules roqueríos de fondo, en la ruta clandestina hacia Argentina, que Pablo Neruda transitó hace cincuenta años, un 24 de febrero de 1949, huyendo de la traición del entonces presidente Gabriel González Videla. En el aniversario de la fuga del Vate, el escritor de Futrono Ramón Quichillao y la Fundación Pablo Neruda, organizaron un encuentro y una expedición de poetas para conmemorar la hazaña del poeta. Llevamos tres horas caminando y estamos cargados de ropa y libros. Me acompaña a tranco rítmico Elicura Chihuailaf, que se detiene por momentos a husmear y acariciar los arbustos. Distingue al Chucao y lo tienta a acercarse a cantar junto a él. Se detiene nuevamente y mira entre el follaje la luz que se triza en una gota. Respira y prosigue. Tres horas caminando y en medio de la huella Elicura va reflexionando: “en este andar aquí, en territorio mapuche, pero que hoy se denomina Argentina, pienso en mis antepasados y pienso cómo alcanzar con palabras la descripción de esta belleza que tienen nuestros ojos, nuestro coriizón, nuestro espíritu. Pienso en mi gente, cómo habrán andado, cruzado por aquí. Ellos, que sintieron el mismo viento, hablar al río Colilco igual que después de la comida y los discursos, cuando se produjo un silencio porque le correspondía su discurso al río y nunca paró de hablar y hablar… Y cada uno de nosotros carga mucho peso y algunos son liberados de él. Otros cargamos lo que somos dignos de cargar hasta el final, en el modo que estaba estipulado que lo hiciéramos y, sin embargo, hay otros que se excedieron en su carga, que quisieron cargar más de lo que son capaces de soportar”.

Ya llevamos cuatro horas y comienzan a aparecer guardabosques argentinos para trasladar a algunos escritores heridos o exhaustos al bus que nos llevaría a San Martín de los Andes. Con Elicura y Bernardo Reyes -sobrino nieto de Neftalí-, rehusamos a dejamos llevar para así completar, como Neruda, aquella travesía. Allí comienza una conversación con Elicura Chihuailaf que no se detendrá hasta el regreso de Argentina y que transcurrirá en el lago Lákar, en las estrechas sendas de la Lenga, entre ríos que hablan y recitales de poesía.

“Piedra transparente”, como él mismo traduce su nombre del mapudungún, nació en Quechurewe, en las afueras de Temuco, en 1955.

Su trabajo comienza a aparecer con fuerza en la poesía chilena a principios de la década de los 80′, con la publicación de la revista “Poesía Diaria”, que dirigía junto al escritor Guido Eytel, en Temuco. Posteriormente desarrolla una intensa actividad escritural, publicando los libros En el país de la memoria. (Autoedición, 1988); El invierno, su imagen y otros poemas azules. (Ed. Lar, 1991) y De sueños azules y contrasueños. (Ed. Universitaria, 1995.)

En 1994 organiza en Temuco, junto a Jaime Valdivieso, el congreso “Zugutrawn, reunión en la palabra. Primer encuentro de poetas chilenos y mapuches”. El mismo año recibe el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura a la mejor obra inédita en el género de poesía, por su libro De sueños azules y contrasueños.

Chihuailaf es uno de los poetas más conocidos del mundo mapuche. Su obra ha sido difundido ampliamente en Chile y el extranjero, tanto a través de encuentros, lecturas y conferencias, como por medio de las múltiples traducciones de su obra. Sus trabajos han sido rotulados por algunos críticos, entre ellos Iván Carrasco, como “poesía etnocultural”. Ello debido a que la obra de Elicura apela a sus referentes étnicos indígenas para su construcción y posee la particularidad de tener doble codificación o registro: mapudungún-español.

La poesía de “Neblina extendida sobre un lago”, como él traduce su apellido, ha centrado su mirada no sólo en el rescate de los elementos culturales de su etnia, sino también, ha intentado producir, ampliar y dotar de sentido a muchos recursos culturales ausentes o “dormidos” en la cultura mapuche.

Gran parte de su trabajo poético ha puesto énfasis en el diálogo intercultural -expresado en su bilingüísmo-, comunicando la cosmovisión del pueblo mapuche con extrema sutileza al mundo “winka”.

Elicura ¿es posible la apropiación de una expresión cultural occidental como lo «literario», que está en la médula de occidente, del logos, de la racionalidad -no es propiedad absoluta de occidente, pero la ha monopolizado-, sin perder la identidad? En ese sentido, ¿ves alguna distancia cultural entre el canto -los ül- y la poesía? ¿Cuáles son los criterios con los cuales podemos evaluar responsablemente la calidad de una obra mapuche, sin pertenecer a esa cultura?

Te lo pregunto porque la emergencia y consolidación de varios poetas mapuches, situados fundamentalmente en Temuco, ha estado signada por notables gestos de apoyo -con un dejo de paternalismo-; por un grado de exotismo para el consumo metropolitano y por una crítica cada vez más acentuada frente a una supuesta «discriminación positiva» en favor de la obra de autores indígenas, como un lavado de conciencia por parte del winka, del chileno, en razón de que el país necesita gestos de tolerancia cultural. Esto último, claro, como una evidente descalificación al valor de esas obras.

Hay varias cosas de esos puntos que son interesantes y que voy reflexionando en la medida que surge tu pregunta, porque tampoco mi ánimo es pluralizar demasiado. Primero, esa ligazón que haces tú entre el canto y la poesía, en mi traducción vienen a ser lo mismo. El segundo punto, es qué vamos a considerar corno belleza. Hoy no podemos olvidar que el arte en general, más allá de las distintas culturas, tiene puntos afines en lo que considera como bello. Lo que distingue a las culturas es el énfasis en el sentido de mundo que tiene cada una de ellas; en este énfasis, va la belleza y va, además, el objetivo por el cual se ejerce esa expresión. Bueno, también hay que considerar el hecho de que cada cultura tiene un desarrollo, unos más lentos y otros más rápidos, dependiendo fundamentalmente de sus intereses. En la historia universal todo comenzó en la oralidad, se olvida que la famosa Ilíada y Odisea fueron textos orales. Aquí debo abordar el hecho de cómo parte para mí el concepto de literatura y es en el momento en que tomo conciencia de esto y miro hacia atrás, cuando asumo la ahora llamada por mí, «oralitura»,

Y vuelvo mi mirada hacia la infancia, ya que constituye el núcleo fundamental de mi escritura, de mi memoria, en definitiva. Esto basado en el hecho de que, para mí, las mayores influencias para construir esta «oralitura», las ejercen aquellos creadores que eran parte de mi familia, tíos y conocidos con los cuales compartimos en el fogón. Yo viví un proceso de obligación hacia la escritura y de conocimiento de la cultura occidental mucho antes de que abordara escrituralmente mi condición: nací y viví en una comunidad mapuche, lejos del centro donde se ejercía toda la actividad literaria -Temuco-, a 75 kilómetros al interior de ella. Entonces vino un proceso de encontrarnos con el otro, pero con el otro no como persona. Llegamos a la escuela y nos enfrentamos con estos objetos que eran los libros, objetos que indudablemente eran el «otro» ya que no eran parte de mi vida cotidiana, y a medida que iba avanzando mi vida escolar coincidían las visiones del mundo trascendente del cual nos hablaban esos libros. Por lo tanto, yo entro al conocimiento de estas escrituras habiendo vivido en este bilingüísmo. Mi abuela quiso que yo recibiera mucha literatura del entorno, de la vida. Mi abuelo, que era el Lonco de la comunidad, hablaba castellano, pero normalmente hablaba en mapudungún y también nos incentivaba a hablar en buen español. Nos dio educación completa y nos decía a los dos menores: «nosotros pastoreábamos nuestros animales hasta la punta de aquel cerro y de repente nos hicieron firmar unos documentos que decían una cosa y resultó ser otra». Como para nosotros nuestro monumento es la palabra, creemos absolutamente lo que nos dice el otro, porque nuestra cultura está en la oralidad y aquello que nos dijeron no era cierto y de un día para otro no pudimos ingresar a nuestro territorio cotidiano. Entonces, creo que en cualquier cultura es una razón más que suficiente para abordar aquel objeto, que era el libro, con una responsabilidad no bien asumida. De forma diferente a como asume el libro un niño chileno o un niño mapuche citadino.

Yo estuve en la palabra de gente mayor, especialmente de mi abuelo. Estuve en las grandes ceremonias, en el nguillatún, donde se ejercía el huelpín y el pentukún, con toda la manifestación desde la palabra y el gesto, con este semicírculo hacia el oriente, completando nuestro sentido de vida. Allí está el contenido de nuestra estética, que liga lo cotidiano y lo trascendente.

Pero entramos, como decía anteriormente, a este mundo que es el occidental y conocemos su complejidad. Allí parte para mí una visión del libro que va a ser importante, puesto que yo asumo el libro como del «otro», y no como mío, y no lo tengo, además, como objetivo. Tengo la impresión de que el niño que tiene un interés en la literatura chilena, va desde muy temprano formándose la idea de alcanzar, a través del libro, su propio objeto de vida.

Entonces, si avanzamos en este proceso de apropiación «obligada» de la escritura, podemos decir que nosotros comenzamos a hacer traducciones de forma muy temprana. El canto, como el Epeu, tienen niveles que son semejantes a la literatura, a eso agreguemos el Nütram que es la conversación como un arte, que tiene una estructura y siempre es una tarea para todo mapuche practicarlo; mejorar permanentemente su forma de decir. Entonces, si hacemos una comparación con la palabra chilena, vemos que hay un nivel superior en ese aspecto desde el punto de vista de la chilenidad y la poesía… Si uno analiza muy someramente el kantum, que es el canto de los viajes cotidianos, te das cuenta que entra en profundidades, en implicaciones filosóficas que tienen que ver con el texto literario conocido en el mundo occidental.

Yo creo que la belleza tiene que ver bastante con eso. Cuando hablo del sentido de belleza que tenemos, yo siempre hablo de lo que he vivido. Claro, el pueblo mapuche también es una diversidad dentro de sí mismo, como toda cultura, y nuestro idioma, como todo idioma, tiene dialectos que conforman tejidos que, finalmente, conforman el idioma.

Pero está explícito en cómo tú tomas las memorias de los antepasados para situarlas en tu experiencia de vida para proyectar el futuro, con todos los cambios que eso implica. Aquí también entra el sentido de «modernización», cuyo mejor ejemplo está en Lautaro. El hecho de apropiarse de los elementos que nos pueden servir y darles el tono que tiene que ver con nuestro propio espíritu, ese diálogo que tiene que ver con el espíritu y el corazón, es el lenguaje de la cultura.

Entonces el sentido de belleza -pudiéramos tomarlo como visión de mundo- contiene toda esa mirada: el origen del conocimiento, del nacimiento, etc., es decir, lo que nos permita mantenernos comunicados con aquellas cosas que en el mundo occidental han perdido: el habla, como el río, las flores, las piedras, etc. Pero en lo demás, como decía, hay muchos puntos que en todo arte coinciden.

ME CUESTA MUCHO DECIR «SOY POETA» O PUBLICAR EN UN «LIBRO»

El problema que me surge en términos cognitivos es ¿cómo puedo conocer y evaluar desde afuera? No existen construcciones culturales o aparatos críticos al interior de la propia cultura mapuche como los hay en la cultura occidental para sopesar la expresión artística. ¿Cómo se distingue? ¿No queda otra respuesta que el paternalismo?, es decir, la discriminación positiva en relación al arte mapuche o indígena: todo lo que de allí emane es de calidad.

Yo creo que no hay un aparato crítico en el mundo rnapuche, en el sentido occidental; la evaluación es más bien de otra forma, tiene que ver más con la afectuosidad y el cómo tú te comunicas… Pero para mí no tiene gran interés, por eso yo hablo de «oralitura». Y no solamente entre los mapuches, sino entre los demás pueblos indígenas que quedaron encerrados dentro de este territorio, dentro de sus Estados. Están los creadores con la experiencia que yo he tenido, construyendo sus textos en la oralidad, con la experiencia de haber nacido en comunidades… Nuestros textos, nuestros mundos poéticos, se han ido construyendo primero oralmente, luego hemos pasado a ese proceso de apropiación al que te referías.

Nosotros tenemos una fuente cultural que está en la ruralidad y hay un grupo, entre los cuales estoy yo, que estuvimos en la fuente y entramos a la otra parte, que es la ciudad, para representarlo de alguna manera en la escritura. Y hay otra parte que es más reciente, que surge en la ciudad: los mapuches urbanos. Cómo podríamos evaluar y decir “esto es mejor que aquello”, cuando se está en un proceso en el cual están muy bien representados esos segmentos. Pienso que de entre nosotros van a surgir aquellos con capacidad teórica occidental para evaluar lo que están haciendo sus propios hermanos. Lo que se hace en las ciudades es una buena motivación para que aquellos que están en la fuente empiecen a analizar sus propios cantos. Lo analizamos con Jaime Valdivieso en el encuentro «Zugutrawn, reunión en la palabra», en Temuco, cuando él hizo de anfitrión por el lado chileno y yo por el lado mapuche. Conscientemente incluíamos o excluíamos. Claro, entre nosotros considerábamos «oralitores» a gente nuestra que está en la oralidad, que es tan poeta como cualquiera de los que hemos publicado más o menos libros. Entonces, no seré yo el que evalúe a aquellos hermanos que están en la oralidad. De alguna manera uno va recibiendo la opinión de su gente y cada cual tiene a partir de eso su propia experiencia.

Nosotros no estamos diciendo que somos la mejor cultura del mundo, sino que sólo reclamamos el derecho a seguir existiendo como cualquier otra cultura y también respetando, con deseos de diálogo, pero no como hemos recibido la cultura chilena, de una manera avasalladora y considerada única.

¿Existe una estrategia optativa al interior de los poetas mapuches por negociar y dialogar con la cultura dominante y avasalladora, como una forma viable de ser escuchado, de mantener la identidad y de pararse frente a un mundo occidental y chileno tan agresivo, que intenta sólo instrumentalizarlos?

Yo creo que sí. A nosotros nos consideran una cultura que no ha dejado huellas, porque no ha dejado grandes objetos. Nosotros levantamos otro extraordinario valor: todo se funda y se olvida. El chileno cree que es el inventor de la grafía y se olvida de que todo eso es prestado y así como se apropia de la televisión -que tampoco ha inventado-, y de otros artefactos a través de los cuales transmite el espíritu cultural de su pueblo, nos niega esa posibilidad a nosotros. En este momento nosotros vivimos un valor que se ha perdido; en medio de un camino polvoriento y transitado, el lenguaje ha ido perdiendo su sentido, su valor, y sólo se vislumbra que en la orilla del camino hay formas, sospechamos que aquello es flor, la hoja de un canelo, pero el sentido que eso tiene no lo sabemos, no sabemos de qué color es. Siempre hay una explicación, es decir, la palabra más la aclaración. La palabra no tiene el brillo que debiera tener, entonces nosotros levantamos este monumento que nos han entregado nuestros antepasados y que hoy está en un bilingüismo y si no es en esto, está en algo que es más esencial que el sonido: el gesto. Tú puedes hablar un perfecto inglés, pero serás un chileno hablando un perfecto inglés; teniendo la gestualidad de un chileno. Jamás podrás tener la gestualidad de un inglés, porque no tienes esa experiencia de vida. Yo seré un mapuche hablando un perfecto inglés, pero hablando ese inglés con mi espíritu mapuche, que es el mundo que me habita. Entonces levantamos esa palabra, porque el diálogo implica la palabra en todo su esplendor, en todas sus posibilidades y, bueno, el tiempo tendrá que darnos una respuesta. No entramos para conciliar. Yo dije en una entrevista con Faride Zerán, que todo había ido bien en el Zugutrawun, porque hablamos en el consenso, pero no en el sentido del consenso de transar, sino que reconociendo las enfermedades que padecemos ambas culturas. Tratando de asumir esa enfermedad, levantamos nuestra palabra.

Me cuesta mucho decir «soy poeta» o publicar en un «libro», sin embargo no me desvivo por ello, porque finalmente uno se desvive consigo mismo y con la memoria de los antepasados y, por lo tanto, con la proyección de esa memoria, que tiene que ver con actos de superación de la visión que uno tiene, con toda esa carga cultural que uno tiene y toda esa otra parte que lo hace trastabillar, que es la cultura a la cual está obligado. El valor de cada uno de los que estamos haciendo «oralitura» es que somos personas que estamos viviendo nuestra fuente y, por lo tanto, recibiendo la mayor parte de la escritura que está en ella para luego entrar a hacer este proceso oral de construcción de textos a la escritura que, actualmente, no está definida, en la cual hay siete alfabetos, los más conocidos, como tú sabes, son el alfabeto Unificado, en la cual tuvo una destacada participación María Catrileo, y el alfabeto Raguileo.

Yo me había enfrentado a la escritura por un periódico que sacó un centro de estudiantes mapuches en los años 30′ ó 40′ en Temuco, que se llamó Nehuén Tu Aim (hagamos fuerza). Lo dirigía mi padre que era presidente de esa agrupación estudiantil. Allí le daban una importancia muy fuerte a la poesía y salían textos de «oralitores» que ponían su escritura con sus propias reglas y eran muy difíciles de leer. Yo asumo una mezcla entre el alfabeto Unificado y el Ragileo por una cuestión de reapropiación del bilingüismo desde mi infancia, sobre todo este proceso que he tenido que vivir con mucha de mi gente, y lo hago también por razones estéticas. Esa estética tiene que ver con mi ojo mapuche, pero también con un poco de influencia de la estética occidental, en la medida de que me estoy preocupando de la estética en el papel, entonces son dos aspectos que uno tiene que ver: el alfabeto es como el texto; se sitúa como un cuerpo dentro de la hoja. Por ejemplo, una palabra que me gusta mucho en castellano y en mapudungún, por el sentido y todo lo que despierta, tanto corporal como espiritualmente, esta palabra «aroma», que bajo el alfabeto unificado se escribiría Nümün y bajo el de Raguileo sería Nvmvn, por tanto queda difícil de leer para alguien que no tiene un conocimiento acabado de los fonemas y grafemas. Yo me quedo en el uso de la «v» y no con la «u» con cremillas, porque queda como una hoja de verano por la cual han pasado muchas moscas y han dejado su huella. Todo por el ojo, porque la visión va liderando en muchos aspectos a los demás sentidos; de repente tú miras un texto y no te atrae tanto como otro, en el que ves un paisaje, una persona, un plato de comida …

Podríamos aprovechar de aclarar el concepto de «oralitura»…

La «oralitura» la considero fundamentalmente para describir el ejercicio creativo de los distintos segmentos que existen en la literatura mapuche e indígena, pero fundamentalmente los segmentos que están en la fuente y aquellos que han estado en la fuente y luego han ido a la ciudad y van y vienen entre esos mundos.

El «oralitor» va con un mundo que aparentemente, para muchos, puede parecer occidental pero habla de un mundo absolutamente mapuche, porque la infancia es fundamental en cualquier cultura, es lo que define tu manera de mirar el mundo. Es como un chileno que nace o vive en el exilio. Nosotros también sufrimos una forma de exilio, ya que salimos de nuestra comunidad y fuimos a la ciudad, autoexiliados o exiliados en nuestro propio territorio, que es la paradoja. Entonces, un niño que nace en Francia y vive en un mundo ajeno en la medida en que los padres debieron comenzar a trabajar y adaptarse y comienza a ir a la sala cuna, no tiene experiencia para dar cuenta, pero puede recurrir a sus padres, que sí la tienen, y tienen la gestualidad. Por lo tanto, aún en francés, tendrá aquel mapuche-francés alguna gestualidad mapuche. Y si este niño nace en la ciudad y vive una negación que hacen sus padres de su propia gestualidad, en una lucha por parecer lo menos mapuche posible, ahí se agrega otra complejidad. Por eso yo hablo de todos estos mundos que trabajan en la variedad a su pesar … Uno mismo se descubre que está construyendo en la memoria.

Hay una fuerte diferencia en lo que es el texto entre el mundo chileno y el mundo mapuche. En el texto mapuche no hay un artilugio de la palabra con la palabra, sino que la palabra tiene que ver absolutamente con una vida. Ahí me parece que en el mundo indígena la poesía es la vida misma, no es retórica, no es un discurso, tiene que ver, por ejemplo, con la nostalgia de un mundo perdido. Algunos han confundido esto con lo denominado «lárico». Yo me pregunto, ¿no será que lo «lárico» chileno, hablando de todos sus representantes en la poesía, ha sido influido por la cultura mapuche y no al revés?

“AH, PERO TÚ ERES PÁLIDO”

Luis Ernesto Cárcamo, crítico y académico, hoy radicado en E.E.U.U, decía en una ponencia exactamente todo lo contrarío, que la poesía mapuche, específicamente la tuya, era la proyección del discurso lárico…

No, no la conozco, pero con lo que te digo no asumo la representación de nada, porque me representa a mí mismo. Con esto comprendo que soy parte de una cultura y por eso es que escribo. Intento clarificar un poco mi propio designio, en la medida en que esto pueda ser un pequeño aporte para los que yo amo. Hay muchas cosas que se me cruzan por la cabeza cuando he tenido que vivir este encuentro con los otros. Los chilenos son como niños mal criados, que se comportan muy bien sobre la mesa pero por debajo nos dan a cada rato un puntapiés. Y aquí juega mucho esto que es esencial para mí, que es el gesto antes que la palabra, en la cual todo confluye. Muchos olvidan que un edificio es palabra y que, como alguien dijo, la ecuación, el teorema y la fórmula, son traducciones de la palabra, como una nota musical. Me quedo en tratar de ser lo más coherente con el resto. Alguien puede decir algo aparentemente cordial, pero tú ves un gesto y ves que está simulando una actitud que es otra interiormente, lo innombrado, aquel mundo invisible que no porque no haya sido nombrado no existe. Esto lo retrato en un poema que escribí hace años, que se llama «Cuestión de piel»

CUESTIÓN DE PIEL

En la avenida Caupolicán una mujer barre

(seis ante meridiano)

Y otro joven oscila tras mostradores
en la portería

Nos miramos de reojo y nos reconocemos

Yo que paso lento en un Peugeot 504
inclino el rostro…

Tenemos los tres el mismo status.

El aspecto social que abordo en este poema, es la situación de discriminación en la cual se nos provoca y que tiene que ver con esta determinada «cuestión mapuche» según el libro de Alejandro Saavedra, que no hace un aporte nuevo, pero sitúa en esa sola palabra, imagínate el valor de la palabra, que ya no es el “problema mapuche”, es la “cuestión mapuche”.

Yo sentí que había una situación de “privilegio” y yo me encontraba con mi gente en esas condiciones, pero veo que otros profesionales mapuches que eran muy contados, escondían su situación de mapuches. Uno no puede criticar, porque no sabe las experiencias de aquellos y, por último, la crítica es para el mundo chileno que es quien crea estas situaciones. Bueno, antes de la universidad yo circulaba en un vehículo, modesto, pero vehículo -en el poema lo subo de categoría, digo que era un peugeot-. Entonces construí con ese poema una conciencia teórica en ese sentido, digo que es “cuestíón de piel”, porque es algo que no tiene que ver sino con esta gestualidad que uno percibe a través de la piel. En esa situación y teniendo como contexto una conversación con alguien en una panadería, que resultó ser una profesora mapuche que no reconocí como tal; a mi primo que es panadero; a mis primas que estaban de empleadas domésticas en un barrio alto, viviendo una situación que producía un gran quiebre, surge ese poema. Tiene que ver con mi propio mundo, es decir con mi yo. Por eso digo: «un joven detrás de una panadería y después una mujer barre la calle muy temprano», no recuerdo bien, digo «algo que sentía también esa mirada, nos miramos y nos reconocemos». Porque tú puedes ser, como dicen a veces los chilenos para aceptarlo a uno, “moreno, pero eres alto y delgado, no pareces mapuche”. Si uno es gordo y bajo y con el pelo tieso, dicen “ah, pero tu eres pálido”. Entonces, en el poema digo «nos miramos a los ojos y nos reconocemos». La situación es que yo paso en este Peugeot 504, e inclino el rostro. Algunos lo interpretaron como de vergüenza, pero no, es de tristeza, porque ahí se resume toda la situación social y cultural que desató la irrupción del Estado chileno. Se nos cae encima, entonces, tenemos “los tres el mismo status”.

Es decir, si este poema lo lee mi gente, que sepa que yo tengo absoluta claridad que los tres somos mapuches, que nuestra visión de mundo es la misma y que podemos abrazarnos y que necesitarnos abrazarnos en la ciudad, no sólo reconocernos de reojo, sino que tenemos que hablarnos, es también un llamado, una invitación.

Claro, puede parecer -porque tú vas en un Peugeot- que has cambiado, te has asimilado, pero es un llamado a la complícidad…

Así es, esa complicidad se transforma en un conocimiento a través de ese poema, de que los tres somos exactamente lo mismo y, por lo tanto, los tres estamos dispuestos a luchar por nuestras reivindicaciones territoriales, por lo que es nuestra cultura, por un cambio que signifique tiempos distintos.

Pero el poema nace también de mi experiencia con la piel y el olfato. Yo he sido una persona alérgica desde niño, una persona jaquecosa, por eso mi relación muy fuerte con la palabra “aroma”. Mi madre es una gran conocedora de las yerbas medicinales y yo la acompañaba a recolectar plantas: poleo, coralillo, etc… Con éstas, ella me hacía tratamientos de sanación con baños y frotaciones con hojas que me ponía en la frente para mis fuertes dolores de cabeza. Mi hermano mayor también era enfermizo… bueno, murió cuando tenía doce o trece años. Sentía que esos aromas de las yerbas medicinales y la mano de mi mamá, me sanaban. De pronto me sonreían las hojas y me sonreía la mano de mi mamá disputándose ese poder de sanación.

Después llego a la ciudad y comienzo a manifestar reacciones alérgicas frente a muchas cosas que hasta el día de hoy no han tenido solución. Frente a cosas de mayor tensión, estas alergias me han recluido en la casa. Frente a este mundo tan discriminador de la diferencia, imagínate… Mucho mayor con los mapuches que tienen esa diferencia que es mirada con cierto horror. Yo sufría de estas manchas que aparecían y desaparecían en cinco o diez minutos. Hubo una ocasión en que me mantuvo por dos semanas encerrado y a media hora de ir al médico para ver el tratamiento, se me desaparecieron totalmente. Hay muchas coincidencias en mi caso con este “sentido de piel”: con esta sensación de discriminación que notas frente a otro. Por eso escribí ese poema que se llama «cuestión de piel». Yo he sido privilegiado, me he protegido un poco de esa fuerte discriminación que he visto en mi gente. Recuerdo una vez que me invitaron a una reunión para conversar un poco sobre las vivencias de los niños en Temuco y vi que no había cambiado absolutamente en nada el problema; que los niños seguían sufriendo terriblemente, algunos de los que dieron su testimonio lloraron, como pude verlo en el mes de diciembre en la T.V. donde le preguntaban a un niño mapuche “¿qué le pedirías al viejito pascuero?” y él responde “que los niños no me molesten por mis apellidos mapuches” y se puso a llorar.

HE AZULADO UN POCO LA POESÍA MAPUCHE

EN EL INFINITO, ME DIGO

Kalfúl me decía mi abuelo
y me ofrece su voz y su trompe
Kallfu me decía mi abuela
y me trae flores de manzanos
Azul me dicen mis padres
Kalful les digo a mis hijas
Azul en el Azul es el que rige
el alma de mi pueblo.

Este es un poema de construcción más occidental, en la medida en que yo busqué expresar toda la historia nuestra respecto a la lucha que se vive cotidianamente. Pensando en estos paternalismos casi dogmáticos que asume el mundo chileno, que analiza y sistematiza muy bien, pero que jamás puede sistematizar ese diálogo entre espíritu y corazón de cada uno de nosotros. Parto de alguna manera, de mi propia experiencia de vida, donde mi abuelo nos hablaba de cómo se nombraban las estrellas -habría sido un buen astrónomo-, te gustaba mucho todo lo que tenía que ver con la observación, lo que es el mundo de arriba, y le gustaba tocar el trompe. Mi abuela me tomaba en sus rodillas y me veía como más ensoñador, entonces me contaba relatos cerca de una quinta que hay en la casa de mis padres, que está en declive y da hacia un cerro muy hermoso que se llama tripallán, -volcán apagado-. Pensé que ésa era una situación muy similar en mucha de nuestra gente y sólo hago una pequeña construcción de ordenamiento poético, no me atrevería a llamarlo un poema. Digo yo “Kalfúl me decía mi abuelo/ y me ofrece su voz y su trompe», en la medida que él me hace vislumbrar la necesidad del castellano, pero haciendo uso de un instrumento, con mucha sutileza, es una cosa que llega y debe ser trabajada. Como el trompe es instrumento del amor, invita a un proceso muy íntimo. Después continúa, “callfu me decía mi abuela y me trae flores de manzanos». Ella no aprendió a hablar castellano, y me trae un fruto que vino en todas sus variedades con la otra cultura. Entonces el poema dice: «Azul, me dicen mis padres/ Kalful les digo a mis hijas», por todo lo que sufrieron, porque llegaron sin saber hablar nada el castellano, exiliados en el más dramático de los sentidos. Estas situaciones hicieron que la gente mayor no quisiera que nosotros sufriéramos lo mismo. Ellos, siendo perfectos hablantes de mapudungún -mi padre es un Hueupín de primera- cada vez que estaban con nosotros se comunicaban en castellano, siempre siguieron esa regla, porque se daban cuenta de la fuerte discriminación que sufríamos. Uno de mis tíos, por ejemplo, no aprendió a hablar bien el castellano y no pronunciaba las eses, entonces para comunicarse con mi abuelo ellos hablaban en mapudungún, siempre con el cuidado de que con nosotros se comunicara en castellano. El que aprendiéramos castellano era, también, una recomendación para reclamar nuestros derechos. Entonces por eso yo digo “azul me dicen mis padres”, “azul” en castellano; y en nuestro mundo. en nuestra gestualidad digo kalful. El asunto es el bilingüismo, es decir, nosotros tenemos que seguir viviendo nuestro mundo con su gestualidad, pero en un bilingüismo.

Esto es en parte la “oralitura”, lo que nos nutre, este ir y venir entre el campo y la ciudad, la memoria, no solamente en el sentido de la escritura sino como forma de vida y como forma de palabra. El que está en la fuente, antes de expresar su canto, tiene que traer agua, cortar leña, tiene que ver la tortilla de rescoldo, si la cocina a leña está lista y sólo recibir el agradecimiento. No es alguien “oralitor” por tener una actitud frente a la escritura. No es una búsqueda de la luminaria, sino de responder a tu propio trabajo de escritura, en el sentido que uno nace con una piedra bruta que es el espíritu y en ese diálogo con el corazón se va puliendo. Así también los padres ayudan… Al ponerle Rayén, desean que su hija sea delicada, hermosa como una flor… Demasiada tarea me dieron a mí por Elicura, que significa “piedra transparente”… y mi apellido, Chihuailaf, que significa “neblina extendida sobre un lago”.

El Kallful o azul, es un color que tiene un gran significado al interior de tu cultura. Sin embargo, en otros poetas mapuches no se encuentra presente tan significativamente como en tu obra. ¿Por qué esa fijación?

El azul, como me han dicho en un par de oportunidades, ha ido azulando mis propios textos y ha ido azulando un poco la visión que tengo de aquellos. He azulado un poco la poesía mapuche, junto con otros que están asomándose.

Ese azul tiene que ver con nuestra historia, es el origen de la vida mapuche. Hay dos relatos que son fundamentales en nosotros. Uno, que se confunde con el origen, que es ten ten cai cai, que en definitiva es un relato que tiene que ver con el surgimiento permanente de la vida mapuche; no es un mito, es lo que sucede a diario en la vida de cada uno de nosotros. El otro, ten tepu can cai, que dice que el primer espíritu mapuche vino desde el azul, pero no desde cualquier azul, desde el azul del oriente. De allí que el semicírculo en la ceremonia nguillatún está dirigido hacia el oriente, el círculo se completa en el azul. Este azul existe en el espíritu de cada uno de nosotros; pertenece a este cuerpo perecible, de lo breve, que en definitiva se llama vida y su estancia en el nag mapu, en la superficie, en la tierra. La casa donde yo nací, era azul por dentro y por fuera, un país azul. Esto es lo que se ha constituido en la columna vertebral que mueve mi poesía, por eso mi insistencia sobre el azul. Me marca mucho porque veo que todas la vidas giran en torno al azul. Cuando niño me gustaba mucho ver el agua y en ella se reflejaba el cielo, como completando un círculo, y de pronto veía como ese mundo se quebraba cuando caía una hoja; o nos tendíamos con mi hermano a mirar el paso de las nubes, los pájaros y el azul, vivíamos bastante ininersos en el azul.

El azul me marcó porque tuve la experiencia de ver cuando la vida se asoma hacia el oriente. Incluso clausuré la puerta principal de nuestra casa en la ciudad que miraba hacia el norte, la transformé en ventana, y abrimos una puerta hacia el oriente, para enfrentarse a esas energías positivas que nos llevan, para vivir la vida con más fuerza.

Cuando se preparaba la ceremonia de nguillatún mi abuelo enviaba sus werkén con sus mensajes, la palabra y el azul. Se hacía normalmente en enero, con luna llena. Ya en diciembre comenzaban los preparativos, los avisos. Había luna y cielo azul, entonces venía la ceremonia. Llegaban con banderas azules; la bandera de nuestra comunidad era azul, con una luna y una estrella amarilla y blanca. Mi abuela, mi mamá, todas las mujeres se reunían. Había un gran movimiento, como era la casa del Lonco -mi abuelo- entonces se preparaba el muday, la comida, todo. Llegaba el día en que había que instalar todos los implementos en el nguillatún. Se alojaba en la noche en la cancha de nguillatún, para que los espíritus negativos no se apropiaran del lugar, y en la mañana comenzaban los saludos y llegaban las banderas y el sonido de trutrucas y rascahuillas y comenzaba la ceremonia. A mí lo que más me impactaba era cuando se producía el momento del llellipún, momento de la gran oración, entonces las mujeres bailaban purrún con los niños y los hombres hacían el laun, corrida a caballo. Yo sentía que se movía la tierra porque habían muchos caballos y los hombres se dirigían hacía el oriente y gritaban y luego sonaban los instrumentos y el cielo azul y las banderas azules, sentía que me elevaba en esto, la visión del azul era mucho más intensa y me hizo vivir en eso.

LA «PACIFICACIÓN DE LOS CHILENOS»

¿Cómo pudiste aprender a dominar bien el mapudungún si tus padres te lo ocultaban por tu bien, para que no fueras discriminado?

Sí, lo que pasa es que mi abuela no pudo hablar castellano, por ello gran parte de lo que ahora escribo tiene que ver con lo que mi abuela nos contaba y, además, mi abuelo nos hablaba en mapudungún, sólo que él nos recomendaba que teníamos que aprender a hablar un buen castellano. Mis padres hablaban castellano sólo cuando se comunicaban con nosotros, pero no cuando se comunicaban con nuestros abuelos.

Mi padre, como yo, es hijo ilustre de Cunco. Él fue alcalde y regidor durante un período de veinte años. Miembro del Partido Radical, apoyó a Allende. Él, en Cunco, era profesor de la escuela en que yo llegué a estudiar; era presidente de los profesores, superintendente del cuerpo de bomberos, presidente del principal equipo deportivo, presidente del coro polifónico, o sea, un hombre que se entregó absolutamente a la vida social, tanto en la ayuda de los de su gente, como de la gente chilena. Mi mamá lo ayudó con todo su silencio, su tranquilidad, su paciencia infinita.

En la escuela los compañeros no podían tratarme mal, porque sus padres y ellos mismos tenían una vinculación con mi padre. Sin embargo el “burro” San Martín, fue el único que alguna vez me dijo “indio tal por cual”. Yo siempre fui un buen alumno del liceo y de la universidad, entonces por ese lado no me podían molestar, salvo el “burro” San Martín… pero recurrí a identificarlo como un “burro” y no me hice mucho problema.

Pero mi padre se enfrentó con un dueño de fundo, que se creía el dueño del pueblo. Mi padre defendía a unos campesinos que tenían pleito con él. Mi papá era juez de policía local -lo ejercía en su condición de alcalde en ese tiempo-, entonces el dueño del fundo le dice “indio de mierda”, y él contesta “mierda de indio” y el latifundista no halló qué decir.

Estuve protegido en ese aspecto, eso lo tengo que reconocer. Por eso mi inclinación por el diálogo. A mí se me critica esa búsqueda de diálogo. Yo he elegido este otro camino y nunca me he cerrado a sumarme a esos otros aspectos -como la reivindicación territorial- en el momento en que esas cosas cobren mayor fuerza. No quiero estar ajeno a eso. He usado la palabra en la posibilidad del reclamo, como la letra que me pidió el grupo musical Illapu sobre el tema de la represa del alto Bío-Bío, donde se demuestra de una manera terrible la continuidad de esta “pacificación” de nuestro pueblo, es decir, que el Estado no ha cambiado respecto a ese proceso de conquista, de colonización y que, lamentablemente, en estos mundos de la política a veces se unen derecha e izquierda, decididos a asumir políticas de libre mercado que aportan energía al “desarrollo” del país, pero para el “desarrollo” de quién, ésa es mi pregunta.

El winka instala fundos en nuestras tierras de una manera bastante violenta desde comienzos de siglo. Todas las masacres de los años veinte, la entrada del Estado chileno y, antes, la llamada eufemísticamente “pacificación de la araucanía” están vivas en nuestra memoria. Imagínate las paradojas, cuando en 1973 se produce el golpe, yo digo la “pacificación de los chilenos”, como un elemento revelador de lo que fue la pacificación de la araucanía. Sufrieron en carne propia, pero a la vez, implicó al pueblo mapuche. Recuerda, estuvimos ayer en un lugar en donde fueron asesinadas catorce personas (Chihuío), la mayoría campesinos mapuches y es realmente espeluznante estar en el sitio… y esa paradoja de que Neruda estuvo ahí, en ese baño termal, en esa casa, lugar donde dicen hubo un niño que preguntó “dónde llevan a mi padre” y lo fusilaron previo paso por el corvo. Esos horrores se vivieron también en la llamada “pacificación de la araucanía”.

¿De ahí llegas a Cunco ?

Sí, a los siete años llego a ese pueblo. Mi padre llegaba en la noche y decía “mira, mañana es sábado, no tengo nada que hacer, vamos al campo” y salíamos. Recuerdo noches de luna caminando algo más de doce kilómetros por caminos que eran terribles, pero nosotros éramos felices por encontrarnos con nuestras tías y abuelos.

Mi padre es detenido después del golpe de Estado, entonces me voy a estudiar al liceo de Temuco, que es el lugar donde primero divisé mi ejercicio de “oralitor”. Yo contaba cuentos, como los epeu, y un amigo, que ahora es médico, era mi promotor. Después de ir a su casa en el campo -algunos llevaban grandes cantidades de comida- un amigo me empezaba a buscar para que contara historias y el pago era comida. Mientras yo contaba, compartíamos una longaniza, fiambre., tortas… Por ahí comencé a escribir. El liceo queda frente a la avenida Balmaceda, que es una avenida hermosa llena de castaños, entonces en el otoño, que coincidía con nuestra llegada a ese liceo, me motivó a escribir. Asimismo, la nostalgia de mi gente, de lo que vivíamos cotidianamente, de las aguas que solíamos navegar con mis otros hermanos, fueron construyendo este mundo, esta experiencia.

CUANDO SE SALE DE LA DUCHA Y EL VAPOR EMPAVONA EL ESPEJO

¿Qué crees que le haría bien a tu cultura, lo más urgente? Entramos quizás a terrenos más políticos…

Las acciones pasan porque el pueblo chileno comience a aceptarse a sí mismo, a valorar su hermosa “morenidad”, a sentir que su mundo surge y se construye en estos tiempos a partir de dos culturas, que son las culturas indígenas, específicamente en nuestro caso, la mapuche. Por lo tanto deje de tener los ojos puestos en Europa, lugar que no le pertenece y tampoco le reconoce, puesto que si vamos a Europa juntos, chilenos y mapuches, somos recibidos como cabezas negras sin distinción. Incluso los europeos tienen mucha más valoración sobre nuestra cultura, porque están de vuelta. Entonces, que aprendan a respetarse a sí mismos, porque no puede haber una cultura que no se respete a sí misma y pedir que se respete la diversidad. El chileno se discrimina a sí mismo porque no reconoce su “morenidad”, es decir, se está mirando en un espejo obnubilado, es como cuando se sale de la ducha y el vapor empavona el espejo y uno sale desnudo y se enfrenta a él y como no se ve, sólo se sospecha, entonces entra a jugar la imaginación y yo, flaco, pienso que tengo músculos o yo, gordo, pienso que estoy en las mejores condiciones físicas. Pero eso tiene su límite, porque tarde o temprano la imagen se va a destruir si limpiamos el espejo. Si eso lo descubrimos demasiado tarde, el chileno no va a saber lo que en realidad constituye su figura verdadera. Entonces, si se acepta a sí mismo y se mira en toda su potencialidad, va a ver también al indígena que lo habita y, por lo tanto, va aceptarlo y verá lo enriquecedor que puede ser tener culturas que tienen perspectivas distintas y que, por lo tanto, completan y enriquecen la visión de mundo. Es como si tú estás de espalda a la ventana y no ves el paisaje que estoy viendo en este momento, la cumbre aquella llena de árboles, pero tú ves otra parte que yo no estoy viendo y si hablamos de esto, completamos nuestra visión del entorno. Ese diálogo puede ser absolutamente enriquecedor y no hay muchos pueblos que tengan esa posibilidad. No estoy hablando que todo el país sea bilingüe, pero hay lugares específicos, como la mal llamada región de la araucanía, que es la región mapuche, en la que debe haber un bilingüismo.

Hoy dicen que al mundo mapuche no le gusta la tecnología, el problema es cómo, con qué velocidad y en qué aspecto. Es decir, los conceptos de tiempo y desarrollo son distintos y deben respetarnos en esa condición, que no sea una cosa de paternalismo, sino que de real preocupación en aspectos que son muy profundos. Yo esto lo conversaba con mis hijas que son estudiantes, una de medicina y la otra de veterinaria; cómo es importante, en el caso de la medicina humana, la preocupación por el espíritu., que es lo que hace la Machi. En el sanador occidental es el cuerpo y luego el espíritu. La Machi busca lo que le dice el espíritu de la persona y entonces comprende lo que sucede con su cuerpo.

¿Cuál es tu visión del “sur de Chile”, en cuanto a las nociones de territorio e identidad cultural? Y, ¿Cuál es tu visión de la literatura que se produce en ese espacio?.

Creo que en el sur vivimos una intensidad que va desde la araucanía, para tomar esta geopolítica chilena, hasta Coyhaique. El verdor y el azul -porque aquí los cerros son intensamente azules- marcan una belleza que es muy particular y muy uniforme. Dentro de ese ámbito hay un alma cultural que tiene sus vasos comunicantes, convergen. Eso hace que traducido escrituralmente haya muchos elementos que son comunes, a partir del ser mapuche. La mayor mentira es la de aquellos que dicen que nuestra cultura mapuche no ha tenido ninguna importancia dentro de la cultura chilena. Veo que hay un diálogo que se ha generado de manera inconsciente.

La literatura del mundo mapuche está influyendo fuertemente la literatura chilena del sur, porque vivimos condiciones que son de historias similares, de ruralidad, de migración, ese ir y venir del campo a la ciudad. Quizás el conocimiento de los literatos chilenos del sur no es muy acabado respecto de la historia del plieblo mapuche, pero creo que se reconoce el hecho de caminar entre fantasmas, que son las culturas que fueron desaparecidas en estos sectores. El tomar esos elementos de parte del pueblo chileno piira cargar una historia que no tienen por qué cargar, en el sentido de la culpa, llevan a la exaltación de determinadas cosas., de elementos de ese mundo desaparecido y que nos hacen ser protagonistas de un tiempo.

Entonces, ¿habría una producción distintiva en este espacio territorial en la medida en que la mayoría de los autores han abordado o problematizado esta herencia cultural?

Yo tengo la impresión que sí. Aquí recuerdo lo que Iván Carrasco ha abordado con el concepto de “etnoliteratura” y la poesía “etnocultural”, para dar cuenta de la literatura nuestra, su principal referencia. Yo digo que ese término no es adecuado, porque si nos atenemos al término, hay otros “etno” que tienen que ver con este sur: alemanes y franceses, por poner sólo un ejemplo. Ahí entran Clemente Riedemann, Jorge Teillier y especialmente Luis Vulliami. Yo creo que hay una “literatura del sur” que sería, en este momento, el término más apropiado para aclarar las producciones que han surgido ahora y antes. Antes, con esa fuerte nostalgia, que en alguna medida el pueblo mapuche tiene latente.

¿Tú crees que hay un fenómeno de ensombrecimiento de la literatura del sur de Chile, que ustedes como autores mapuches han intentado revertir a través del diálogo?

Pienso en la poesía, porque aquí mayoritariamente hay poesía -no quiero decir que no hubo o no hay narradores-. Tú has sido privilegiado porque este vuelco culposo de la sociedad chilena ha dado la posibilidad de que nosotros podamos ser escuchados.

Yo he tenido la suerte de aparecer en el ámbito nacional e internacional con un privilegiado espacio y expresar mi palabra y la de mis antepasados a cientos y a miles de personas como en el Festival de Poesía de Medellín, Colombia. Es que en este mundo hay objetivos distintos frente a la literatura, hoy se ha trasformado esto en una competencia en la cual hay que construirse espacios para subir a la cumbre, más en un país en donde hoy se es exitoso o se es fracasado. Entonces se cuestiona el hecho de que yo como mapuche pueda viajar. Bueno, soy más lector que “oralitor” o que escritor y se me juzga por lo hecho en castellano. Creo que trabajo lo suficiente para no desmerecer lo obtenido y escribir tan bien como escriben los chilenos, por tanto reconozco la existencia del otro que me da las posibilidades. Pido cierta objetividad también, nosotros somos valorados, somos oídos, porque nuestros textos tienen la dignidad y trabajo suficiente en comparación a la literatura chilena o del mundo. Mi poesía ha sido traducida por lo menos a ocho idiomas, lo que puede otorgarme o quitarme autoridad, pero plantea cierta relevancia.

Si a mí me dan el espacio, tengo la obligación -aún cuando yo no soy teórico- de asumir la tarea de difundir mi palabra y pensar respecto a otros fenómenos. En relación a eso quiero decirte que el mayor interés debiera centrarse en nuestros lugares, es decir, debiera retomarse el hecho de que lo universal no hace lo particular; lo nacional no hace lo regional, sino al revés.

Hay que partir de que las ideas cristianas, judías, musulmanas o indígenas, coinciden en que la palabra es el fundamento de este mundo, sólo que nosotros agregamos a ésta, la palabra de la naturaleza. Por esto debemos partir pensando y teniendo la seguridad de que nosotros poseemos la posibilidad de construir el sueño, es decir, estas utopías aparentemente desaparecidas y que están en la palabra y que debemos asumir con absoluto rigor. Claro, en el sur compartimos la discriminación en dos aspectos, por este denominado “centro” y por nuestra condición de ser escritores o poetas. Sin embargo, tenemos que tener la pretensión de darle un mordisco a esta situación, construir una historia que sea distinta y a través de la palabra. Sin pretender introducirnos en el manejo administrativo de este mundo, pero transmitir nuestros mundos construidos en la poesía, que no son irreales, que son cultura, que se instauran aquí y que son parte de un tejido que constituye un territorio. Tenemos que trabajar en esto, dar cuanta de nuestro mundo y consolidarlo, expresar con claridad el mundo que habitamos, entonces seremos universales o tendremos una incidencia en lo nacional.

Para la mayoría de nosotros es difícil dejar este entorno; yo, por ejemplo, no me veo viviendo en Santiago, menos para acceder a un mundo que no me interesa, que es establecerme en el supuesto poder de la literatura. Tenemos un mundo que nos habita, tenemos una memoria, pero ese mundo necesita ser alimentado cotidianamente, no lo vamos a alimentar viviendo en Santiago. No hay que olvidar que uno pertenece a un territorio, a una cultura, a una gestualidad, a un modo de ser y de asumir el mundo.

LA POSIBILIDAD DE LA PALABRA VALE MUCHO MÁS QUE UN SEMBRADO

¿Cómo fue tu experiencia de Secretario General de la Asociación de Escritores Indígenas?

Esto surge a partir de los escritores, de los “oralitores” indígenas que están en el territorio denominado hoy en día México. Ellos, a partir de este indigenismo que se vivió en México -que para nosotros era un ejemplo, aunque era fruto esencialmente de los paternalismos- tenían una política de ayuda que estuvimos dispuestos a tomar, porque como he dicho, no son dádivas, son deudas, por lo tanto, todo lo que me puedan aportar lo recibimos sin ningún urgimiento. Entonces ellos se reúnen para iniciar unos talleres que van dirigidos especialmente a profesores, muchos de ellos poetas y narradores que han surgido en las distintas culturas. Se comienzan a vincular a través de estos talleres en distintas regiones y forman, con el auspicio del Fondo para el Desarrollo de las Artes y la Cultura en México, la “Asociación de Escritores Indígenas de México”. Después de varios años de funcionamiento, ven como necesidad convocar a talleres que involucran al resto de los pueblos indígenas de América, entonces se celebró, en el año 1995 ó 1996, el primer taller continental, que se llamó “Primer Encuentro de Escritores Indígenas” y se realizó en la ciudad de México donde llevamos un buen número de creadores y lingüístas. De allí surge la necesidad de crear la Asociación de Escritores Indígenas de América. A través del Consejo del Libro y la Lectura, acá en Chile, gané un proyecto para hacer un taller en Temuco, en donde participaron escritores y “oralitores” de toda América, sólo faltó Uruguay. Después de eso se realizó el “Primer Encuentro de la Agrupación de Escritores Indígenas” en Venezuela por gestión de una “oralitora” arahuac. Allí se dejó la presidencia a México, a un “oralitor” maya y yo fui elegido secretario general. Nosotros tenemos la gestión hasta el año dos mil, con grandes dificultades, porque quien apoyaba inicialmente esta gestión -la UNESCO- fue disminuyendo el presupuesto y también la rapidez con la cual entregaba estos recursos.

En cada uno de estos encuentros nos hemos preocupado de la presencia de la otredad nacional. Cuando se hizo en México, la introducción la hizo un escritor no indígena, Carlos Montemayor, poeta y narrador destacado, con quien compartí como jurado en el Premio Casa de las Américas. En Chile la hizo Jaime Valdivieso y en Nicaragua la hizo Ernesto Cardenal. Como ves, hemos ido dialogando para no cerrarnos a la cultura del otro, para valorar sus influencias y el cómo asumirlas.

Algunos pueden criticar estas iniciativas, igual como cuando dicen “ah estos indios flojos que se quedan conversando en vez de seguir trabajando”. Pero bueno, la posibilidad de la palabra vale mucho más que un sembrado, porque el sembrado lo puedo hacer igual, pero la ganancia que me da la conversación con este hermano, este hombre o esta mujer que he tenido el privilegio de escuchar es incomparable, porque estoy ganando para mi espíritu, que es lo único que continúa en la vida.

¿Notas una suerte de envidia, de roce y fricción con los poetas chilenos de nuestra generación, de los que estamos respirando ahora, en contra de tu persona o de otros escritores mapuches que han logrado un cierto grado de protagonismo?

Sí, pero no sé hasta qué punto tomarlo en cuenta, porque gran parte de eso viene de escritores que uno, como lector, no aprecia literariamente. La envidia del winka se manifiesta de muchas maneras, y te lo digo porque en el mundo mapuche uno de los aspectos que más se toma en cuenta es el cómo se trabaja la envidia. A mí me ha tocado la envidia del winka por estar más tiempo en esto. No diría de envidia, no sé como llamarlo, algo como una fuerza que es negativa que viene del mundo chileno y que se ha centrado un poco en mi persona. Pero un escritor se hace con obras, lo que no quiere decir, en este sentido, que los textos de Sebastián Queupul sean muy buenos, por ejemplo. De alguna manera eso lo ve el mundo chileno. Lo hemos conversado también con poetas mapuches o de origen mapuche, a los cuales convoqué en Temuco como en Santiago, una invitación con mucha fraternidad, con mucha cordialidad, pero también con cuestionamientos.

Soy una persona que siempre ha sido introvertida, un tanto tímida, que no quiere hablar, que heredé el hablar de mi padre, pero habitando el silencio de mi madre. Sin buscarlo y sin quererlo, llenó el libro, la posibilidad de hablar y la obligación de tener que expresar un mundo. No imaginan aquellos que envidian la posibilidad que me ha tocado de andar por otros lugares, cuánto me cuesta salir, que lo asumo como parte de mis responsabilidades, como algo que es vital, como respirar, comer, beber, crear. Tengo que asumirlo como asumo este respirar. No es que pretenda abarcar el mundo mapuche, yo he remarcado permanentemente que yo hablo desde mi propia diversidad con no ser mapuche.

“AUCÁN”, “AUCANOS”, “ARAUCANOS”

¿Cuál fue la experiencia de traducir al mapudungún parte de la obra de Pablo Neruda, a quien le gustaba más la palabra “araucano” que “mapuche”?

Ha sido una paradoja, algo que no me esperaba. Había valorado a Gabriela Mistral fuertemente, porque ella dijo cosas que tenían que ver con ese reflejo del chileno desnudo en el espejo empavonado. Es raro, ahora pienso en Neruda que pasó a caballo por donde nosotros acabamos de pasar a pie… No lo conocí, pero pienso que hubiera saltado como un niño de alegría al vernos pasar y también al ver el libro con sus poemas en mapudungún… En nosotros habita el anciano y el niño, como dicen los mayores, somos ambas cosas a la vez, y el niño es también un anciano. Sólo se recuerda el niño del anciano…

A Neruda no lo conocía salvo por lo que estudiamos en la escuela y que de alguna manera pasó desapercibido en mí. Luego me interesó por su libro Canto General, aparte de Veinte Poemas de Amor que me lo hicieron leer en la enseñanza media. Pero no lo conocía bien. La editorial “Pehuén” me hizo llegar todas sus publicaciones, incluso las póstumas. Entonces recurrí a lo que me habían dicho mis mayores y dije “ahí esta la puerta mágica”, y por alguna razón había una palabra, alguna cosa y me detenía por la forma y marcaba un verso hasta encontrar una selección de poemas. Yo tenía en vista la posibilidad de traducir fragmentos del poema “La educación del Cacique”. Pensaba en la dificultad que me iban a provocar muchas palabras que incluso en castellano eran nuevas. Tenía consciencia de esta complejidad, viendo también nuestras propias palabras, como el trigo se terminó llamando cachilla porque venía de Castilla, sombrero; chumpillo como deformación.

En fin, fui descarnando y finalmente quedaron 44 poemas, un número mágico que representa los cuatro lados del mundo; es decir, traté de conformar el universo. Al final conformé una antología que, me parece, recoge un poco la visión de mundo mapuche. Hay imágenes que son absolutamente mapuches, como cuando dice, por ejemplo, “rodé por las estrellas/ mi corazón se desató por el viento”, podría ser tomado desde la oralidad mapuche. Neruda ahí refleja también el quehacer del mundo mapuche, en “Oda al albañilero”, por ejemplo.

Mientras caminábamos por la cordillera, entre las lengas, por la ruta clandestina que usó Neruda para llegar a Argentina, me hablaste del historial lingüístico de la palabra “araucano”, basado en una conversación sostenida con tu padre, que tiene mucha implicancia intercultural…

Alguna vez hablamos con mi padre sobre los aspectos de la palabra “araucano”. Pero el mismo Pablo Neruda fue, entre quienes recuerdo, el primero que dijo que “araucano” huele bien, “mapuche” huele a raza vencida. Esta es una manera de seguir disfrazando la discriminación, la hipocresía, que está en la denominación de “araucano”, es decir, lo mítico. Es como decir, “con el “araucano” tengo muchos valores que compartir, pero con el mapuche no, porque tiene lo negativo, porque es lo vivo, porque es lo próximo”. El chileno siente con temor el concepto “mapuche”: “no vaya a ser que aquí un mapuche se nos vaya a meter en este lugar tan culto e inmaculado”. Por eso nos interesa ese cambio. Ni siquiera niego la historia que cuenta Chile de sí mismo, en la cual los obreros, los campesinos, no son actores, sólo la aristocracia lo es… Pero sumemos a eso el resto de la historia, entonces tenemos una visión general, en la cual se tendrá libre pensamiento para tener un juicio respecto de ella.

En relación a lo primero, algunos dicen que el término “araucano” viene de raspco que sería “agua gredosa”, porque allí hay partes donde hay aguas muy hermosas, que tienen su lecho de greda. Pero nosotros concluimos con mi padre que a partir de las luchas que tenía nuestra gente con los españoles, de rabia y para darse más valor, decían inchín-aucán, que era una agresión. Los españoles, seguramente, lo desformaron y dijeron “Mira son “aukán””, son “aucanos”… son “araucanos”. Yo digo somos mapuches, por lo tanto, gente de la tierra y rebeldes, para no borrar el término aukán, que significa rebelde.

Es un grave problema el hecho de que el pueblo mapuche no se haya puesto de acuerdo en la elección de su alfabeto. No recuerdo qué poeta decía que se negaba a leer a los escritores mapuches hasta que se colocaran de acuerdo en su alfabeto… un poco violento.

Yo creo que en eso no hay nada de violento, eso es una realidad, pero muchos olvidan que la literatura la imponen los que escriben. El alfabeto que veo con mayor fuerza es el de Ragileo y el unificado. Yo mezclo los dos, Leonel Lienlaf usa el unificado.

Qué poetas te interesan en nuestro país, qué poetas han estado cerca tuyo, no sólo en presencia, sino que en escritura.

Mapuches, todos. He tenido la suerte de convocarlos cada vez que se ha dado la posibilidad; nos hemos criticado siempre, a veces cordialmente, a veces fuertemente, sabiendo que somos parte de un mundo que tenemos que enfrentar coherentemente, unidos, para poder asociarnos con más fuerza a la cultura chilena. Ahora, frente a esa pregunta, te hago una pequeña historia de cómo yo me introduzco a este mundo, que es una manera de continuar esta cordialidad, este deseo mío de diálogo contigo. Conocí a los poetas a través de referencias familiares, como fue el caso de Jorge Teillier. Había comprado libros suyos y de otros en el año 1982, pensando en una jornada literaria a la cual había sido invitado porque Esteban Navarro había publicado unas hojas con unos textos míos. Había conocido, a través de mi padre, la revista “Vistazo” que en uno de sus números amarillentos traía un reportaje hecho al poeta turco Nazim Hikmet, junto a un trocito de su poesía. También publicaron en aquella revista algo sobre Omar Lara. Yo era un ignorante total de la poesía chilena. Salvo Neruda, Mistral y algunos que me sonaban como poetas, no conocía a ninguno. Conocí personalmente al poeta Claudio Solar, que publicó una plaqueta y se alojó en casa de mis abuelos y que hoy en día oficia de quiromántico en Valparaíso. En fin, ésa era la forma en que asomaba la poesía para mí, porque era un lector de narrativa, básicamente. Llega una época en que con mis compañeros de estudio, con los cuales yo compartía una pieza fría, nos metíamos en la cama para poder estudiar. Yo me dedicaba a leer literatura, para preocupación de mis compañeros que eran de distintas carreras y sabían que al día siguiente tenía un examen. A veces escribía y de pronto dejaba abandonadas unas hojas. Mis amigos las leyeron y se corrió el rumor de que era poeta. Sobre todo porque eran poemas de amor. A ellos les gustaron y mis compañeros editaron algunos artesanalmente. Ahí me empecé a dar cuenta que aquello era una conversación conmigo mismo que podía interesar a otros también. Pero llegó un punto en donde aparecen escritores “importantes”: Nicanor Parra, Enrique Lihn, Jorge Teillier, Cristian Hunneus, Pablo Hunneus, que en ese entonces estaba muy en boga. Había un poeta que tenía mucha afinidad con la cultura mapuche, que era Tulio Mora Alarcón, a quien yo conocí. Él me invitó a esas jornadas porque había leído algunas cosas mías y me dijo que tenía potencial y que debía seguir en esa conversación íntima, pero compartiéndola con los demás. Esteban Navarro publicó algunos textos míos y llegó el momento en que yo fui a escuchar a los “grandes”, como decía un amigo escritor que es bajito: “hoy por fin leí con grandes”. Entonces fui a la lectura de Enrique Lihn, ya me habían hablado de Enrique, que era una persona jodida, que era pesado, que era un gran teórico, etc.. Fui con mucha curiosidad y de repente Lihn dice: “bueno, comenzaré mi lectura leyendo un texto de un poeta de aquí que me parece muy notable y que merece que yo lea este texto y porque tengo ganas de hacerlo”… Todos poniéndole atención… De repente dice: “este poema dice así” y lee uno que se llama “Ciudad número tres” y veo que es mi texto. Tenía ganas de salir arrancando. Esa fue mi entrada a la literatura, a través de Enrique Lihn.

Para retomar el hilo de tu pregunta, después conocí a Juan Cameron, a Omar Lara, por nombrar a los primeros, y comencé a conocer la poesía chilena. Nunca tuve un autor privilegiado. La poesía es contextual, es decir, a veces estás triste y quieres el aroma de una margarita con su aroma suave, de repente estás con deseos de alcanzar el azul, entonces necesitas el aroma de una lavanda; entonces cada pensamiento, cada flor, tiene su día, su hora, su momento y no me es posible, por tanto, leer permanentemente un autor, sino saltarme de uno a otro, porque me permiten construir mi mundo en su totalidad y me permiten vislumbrar mi propio pensamiento.

de Héroes civiles & Santos laicos. Palabra y periferia: trece entrevistas a escritores del Sur de Chile. (Valdivia, Ediciones Barba de Palo , 1999.)

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