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EL TIEMPO SUSPENDIDO

GUADALUPE NETTEL. En Revista de la UNAM, especial Pandemia

La semana previa a mi entrada en cuarentena fue vertiginosa. Llevaba tres años viviendo de prisa, bajo estrés, y en esos días lo hice aún más. Tenía la sensación de que una gran puerta estaba a punto de cerrarse y, antes de que eso ocurriera, era imprescindible resolver lo más urgente, pues no podía saber cuánto tiempo iba a estar aislada ni qué pasaría después. Una de mis prioridades era atender a mi tía enferma, y dejarla en las mejores condiciones para el confinamiento. Mi tía pasó con nosotros los últimos días de libertad, durante los cuales vimos a dos especialistas, actualizamos su medicación y cambió de enfermera. Recuerdo que mientras estuvo con nosotros estornudaba en la mesa y se sonaba con la servilleta de papel que después colocaba frente a su plato. Nadie usaba tapabocas aún, pero verla ya me ponía los pelos de punta. ¿Era posible que se hubiera contagiado y nos infectara a todos? Ese miedo empezó a extenderse a mis vecinos y a mis colegas del trabajo. Me sentía culpable y a la vez no podía evitarlo. No sólo tenía miedo del contagio, sino miedo del miedo, y del rechazo hacia los demás. A mediados de marzo entramos en modo confinamiento.

Los niños fueron los pioneros. El 17 dejaron de ir a la escuela, y pasaban las mañanas haciendo tareas frente a la computadora. Como la mía, su vida se volvió mucho más pausada y sedentaria. Se acabaron los entrenamientos de fútbol, y los partidos los sábados en Xochimilco a las ocho de la mañana. En vez de cambiar de domicilio cada dos días, ahora pasan una semana conmigo y otra en casa de su padre, un ritmo que, estoy convencida, les da mayor estabilidad.

Al principio el encierro fue casi agradable. Durante los primeros quince días pude retomar la novela que consideraba ya terminada, releerla con otros ojos, y añadirle incluso un par de capítulos. En vez de lamentarme por el aislamiento, estaba dispuesta a aprovecharlo hasta el final. Mi compañero y yo nos sentíamos muy unidos, determinados a encontrar en el amor cotidiano la energía necesaria para hacer frente a la incertidumbre. Poco antes de que cerraran todos los comercios, fuimos a buscar tierra y semillas para montar en casa un pequeño huerto. Sembramos papas, sembramos jitomates, lechugas, zanahorias, calabazas, sembramos albahaca, romero y cilantro. También compramos un medidor de oxígeno y otro de presión arterial. Luego las cosas se pusieron más lúgubres. En cuanto terminé la nueva versión de ese libro que durante más de un año me había servido de asidero emocional, empecé a dedicar más tiempo a leer las noticias. Justo por ese entonces la prensa se puso a hablar de Guayaquil y a publicar escenas de cadáveres pudriéndose en las calles, los hospitales repletos, los médicos infectados. Retomé el contacto con amigos europeos con los que no hablaba desde diciembre y me enteré de que muchos de ellos habían perdido familiares. Empecé a imaginar futuros ominosos para nosotros y para mis seres queridos. Me desesperaba que tanta gente siguiera en los parques sin tapabocas, esparciendo sus gérmenes como si nada. Una cosa era no tener los recursos para entrar en cuarentena y otra era participar en grandes “fiestas de COVID” o “fiestas del fin del mundo”, como las llamaban algunos, cuyo estruendo llegaba por las madrugadas hasta mis oídos.

La entropía

Creo que sí hubo un shock inicial, ¿pero fue realmente un shock? A diferencia de un tsunami o de un terremoto que tarda unos minutos en devastarlo todo, la pandemia ha tenido una duración inaudita. Vivimos ahora en un tiempo suspendido donde es posible angustiarse, construir escenarios atroces y felices, albergar esperanzas desmesuradas, reírse de una misma, tranquilizarse y hasta hacer algún tipo de introspección. Tarde o temprano el shock nos ha llegado a todos, pero en diferido, en cámara lenta. En estos días las agendas, los calendarios y sobre todo los planes, han dejado de tener sentido. La cuarentena es como un domingo interminable, no por el descanso —no creo que a esto se le pueda llamar descanso— sino por la sensación de desasosiego, de que algo se termina o se está muriendo, por el caos y el desorden en el que vivimos, por el pánico que nos da pensar que la vida cambiará para siempre.

Para matar el aburrimiento, mis hijos y yo jugamos Pandemic, un juego de mesa colaborativo. En él, los participantes asumen roles como el de médico, investigador, experto en campañas y logística, y deben ayudarse entre ellos a erradicar las diversas epidemias que lanzan los dados sobre el mapa del mundo. Si no logramos encontrar la cura a todas esas infecciones, la humanidad perece y todos los jugadores pierden. ¿Por qué jugamos a eso? ¿Será que somos masoquistas, o será que al menos en la imaginación necesitamos hacer mucho más de lo que podemos?

Conforme la cuarentena fue avanzando sentí el peso de la responsabilidad doméstica sobre mis hombros. Adiós a la tranquilidad y a la escritura. Volvió la rabia tan conocida que me produce sentir que desperdicio mi vida, que en vez de hacer aquello en lo que encuentro sentido, el tiempo se me iba en fregar platos, barrer, sacar la ropa de la lavadora, limpiar los baños y la arena del gato. La ira se exacerbó la primera vez que me vino la regla. Ya suficiente tenía con el encierro como para soportar los embates de mis hormonas y de mis secreciones. ¡Pero que no se me ocurriera quejarme! Habría sido inmoral. Tanta gente enferma allá afuera. Lo único de lo que yo podía hablar, si iba a pronunciarme al respecto, era de la suerte que tenía de no haberme contagiado y contar con los recursos suficientes para guardar la cuarentena.

Cristales

Mi hijo pequeño tiene un juego que consiste en ponerse mis anteojos y mirar la casa a través de esos vidrios que ajustan mi visión. Los objetos cotidianos se transforman para él en criaturas curiosas y sobrenaturales, un mini viaje psicodélico del cual no lo dejo disfrutar demasiado tiempo por miedo a que se lastime la vista. De un modo similar, al pasar tantos días detrás de la ventana, he empezado a ver la vida levemente distinta y perturbadora. Desde aquí los ruidos de la familia que vive frente a nosotros se escuchan amplificados. La cafetera silbando a las nueve de la mañana, el estéreo y la televisión, las risas de la vecina, el llanto de su bebé cuando tiene hambre, sus ocasionales pleitos conyugales. Pero también veo diferentes al barrendero que una vez por semana pasa a cobrar su salario, al repartidor de farmacia, y hasta a mis amigos en las videollamadas. Las fotos de los diarios me parecen dantescas, al igual que las noticias. En el espejo del coronavirus, nuestro mundo muestra descaradamente todos sus defectos, sus asimetrías y sus monstruosidades.

Aislarse para pensar

Las decisiones más importantes de mi vida las he tomado en el encierro, después de una larga reflexión. Primero, cuando mis padres me mandaban “a pensar” a mi cuarto, cosa que yo hago también cada vez que mis hijos desobedecen alguna regla importante o se lastiman entre ellos, y después en tiempos de enfermedad: una tifoidea a los diez años, una salmonelosis a los veinte, la convalecencia post cesárea y algunos retiros de meditación y silencio. Siempre me ha atraído la figura de Montaigne, apartado en una torre, o de Oscar Wilde escribiendo cartas extremadamente lúcidas en la celda de una prisión. No es fácil estar encerrado, pero sé que puede ser muy provechoso. Han transcurrido siete semanas desde que entré con mi familia en confinamiento, pero parece que hubieran pasado muchos, muchísimos meses. A pesar de todo, si al final de la pandemia me dijeran: “la cuarentena puede terminar mañana, pero todo seguirá igual, o puede extenderse para que los humanos podamos seguir pensando en cómo arreglar el mundo”, yo diría, no sin algo de remordimiento: “¡Que se extienda!”

La ruta natural

Me preguntan en una entrevista qué es lo primero que haré cuando termine el confinamiento. Hay pocas cosas con las que fantaseo tanto como volver a pasear en la naturaleza. Ver árboles inmensos, ríos, piedras llenas de musgo, barrancas profundas. Extraño pisar la tierra y las hojas secas, tropezar con las raíces de los árboles. Pensar en el mar me produce una gran añoranza. Leo con fascinación las noticias sobre cómo se ven las playas turísticas sin nosotros, libres por fin de aceites bronceadores, de latas y plásticos abandonados, de papel higiénico. Como no puedo ir al mar, salgo a caminar por mi barrio dos o tres veces por semana. Me tranquiliza comprobar que todo sigue ahí, que afuera de mi casa nada ha desaparecido, que el mundo exterior aún existe. La Ciudad de México siempre tan caótica y multitudinaria se ve más bella que nunca. Caminar por sus calles vacías y silenciosas me hace pensar en el tiempo que vivieron mis abuelos, un ritmo sin duda más pausado, donde en lugar de ejes viales había avenidas anchas con camellones sembrados de palmeras, y donde los automóviles movían sus pesadas carrocerías a una velocidad que sin duda encontraban vertiginosa y que nosotros llamamos lentitud. Cuando salgo de casa uso siempre cubrebocas. El mío es grueso y me tapa desde el inicio de la nariz hasta el cuello. Llevarlo me resulta muy molesto, pues me impide respirar con libertad, pero me lo pongo incluso cuando no hay nadie cerca. Me ayuda a recordar a quienes ahora mismo están infectados y no pueden respirar, a quienes agonizan en los hospitales con un ventilador en la boca, a los que mueren todos los días sin poder recibir una caricia o un último abrazo. Una de las cosas que más he aprendido durante esta pandemia es la importancia que tiene el contacto físico. Por ahora no podemos tocarnos, besarnos, estrujarnos, ni siquiera se nos permite reunirnos para velar juntos a nuestros muertos. Los muertos, insisto, no los caídos, pues a pesar de lo que digan algunos, el virus no es un enemigo y esto no es una guerra. El virus es un parásito que encontró en nosotros un huésped, un nuevo hábitat. Que estemos enfermos o sanos, vivos o muertos para él es del todo indiferente. La guerra, si es que hay una, la libramos contra nuestra ansiedad y nuestro miedo, nuestro pesimismo, nuestro ruido interior y los millones de pensamientos que producimos sin tregua, tanto de día como de noche, al punto que muchos no conseguimos dormir.

Mutaciones

Mientras esperaba el nacimiento de mi primer hijo, oía en bucle la canción “Todo cambia” en voz de Mercedes Sosa. Sabía que mi vida estaba a punto de dar un vuelco y escuchar esa letra hacía que sintiera confianza en los procesos de la naturaleza, incluido el que yo estaba atravesando. Entre los cambios personales que más me han sorprendido durante la cuarentena está el retorno totalmente inesperado de mi memoria. Recuerdos antiguos que consideraba perdidos se presentan de improviso. Me pregunto si a pesar del miedo y de la incertidumbre, a pesar de la angustia que muchas noches me impide dormir, mi cabeza se ha estado limpiando subrepticiamente, como el agua en los canales de Venecia. ¿Qué está pasando conmigo en esta época tan extraña que no alcanzo a comprender? ¿Qué está pasando con todos nosotros, con nuestros cuerpos, con nuestras mentes, con nuestros hábitos, con nuestro ADN? ¿Será cierto, como dicen algunos, que algún día todo volverá a ser como antes, que en cuanto pueda salir la gente se precipitará sobre los centros comerciales y gastará todo lo que no ha podido consumir en estos meses? O, por el contrario, ¿tendremos que enfrentarnos a esa nueva realidad de la que todos hablan y pocos consiguen imaginar; desarrollar genes y habilidades diferentes para adaptarnos al mundo? ¿Se estará forjando acaso una nueva conciencia? Y si no es así, ¿sacaremos al menos algunas conclusiones importantes de todo esto? ¿Seremos capaces de convertirlas en gestos, en acciones, en mejorías? Mutar, dejar de ser los mismos. La idea produce miedo y a la vez resulta inmensamente atractiva. Por lo pronto, ya es posible ver algunas diferencias. Por ejemplo, es la primera vez que tantas personas llevan a cabo un acto altruista de semejante duración y envergadura —porque si estamos confinados no sólo es para evitar el contagio sino para impedir que los demás se enfermen— y la primera que decidimos nuestras acciones en beneficio de los más débiles: los ancianos, los asmáticos, los diabéticos, los sin techo. Nos confinamos y estamos dispuestos a seguir así para evitar un desastre mayor. Tal vez hoy tenga puestos los anteojos del optimismo, pero creo que estamos llegando a una conclusión importante, al menos en lo que a enfermedades se refiere: el destino del otro afecta el mío. Con suerte, después podamos extender esta conclusión a la economía, a la salud mental, a la educación, a la felicidad ajena. Si pasa esto, aunque la vida cambie, aunque nunca más podamos abrazarnos físicamente, estaremos más unidos.

La impaciencia

Escucho que en Europa y en Estados Unidos se termina la cuarentena. En Francia el metro sigue cerrado. Me dicen que hay tantas bicicletas por las calles, que París empieza a ser como Ámsterdam. Mayo y junio son los mejores meses del año. Debe ser hermoso poder salir de nuevo en plena primavera. Una amiga que vive en Corea me cuenta que allá la pandemia está controlada, pero que apenas abre un bar o se juntan los fieles en una iglesia, los contagios vuelven a dispararse. Dicen que también aquí es imperativo volver a arrancar la economía y que por eso, aunque la gente se siga enfermando y muriendo, aunque los casos sigan aumentando, los ciudadanos volveremos muy pronto a las calles, a correr y a vivir estresadamente como habíamos hecho siempre. Al revés que en mi fantasía, la cuarentena termina sin que haya acabado la pandemia. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que volvamos a encerrarnos de esa manera? ¿Tendremos, dentro de algunos años, nostalgia del confinamiento? ¿Habrá gente tan adaptada al aislamiento que nunca más quiera volver a salir? Lo único que sé, por el momento, es que esta historia aún está muy lejos de haber terminado.

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