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El pueblo que viene

Lo que vivimos ahora es la experiencia de un país sin pueblo. Un Estado sin nación o una nación sin pueblo es un desastre literal. El pueblo es el sol y son las estrellas que se mueven entre nosotros, bajo nuestros piés, llevándonos en su marcha por la tierra. El pueblo es antes que nada la noción jurídica y la base geométrica sobre la que se levanta todo el andamiaje del Estado, de las instituciones y de la convivencia. Vaciar ese concepto es vaciar el sentido de las instituciones y de la política.

En la actual Constitución (artículo 5°), el pueblo es una derivación de la soberanía. El pueblo es el ejecutor de una soberanía que reside ‘esencialmente’ en la nación. Este ‘esencialmente’, significa que la residencia es compartida. Lo mismo pasa con la expresión ‘y también’, que reparte el ejercicio soberano entre el pueblo y las autoridades. El soberano residente y el soberano ejecutivo son definidos circularmente por la soberanía que los caracteriza y de la cual son portadores. La soberanía, cuya definición es la indivisibilidad del poder, se encuentra fragmentada pero además difuminada entre entelequias indefinidas y particiones imprecisas. Lo único que queda en pie entre los pretendientes al poder es ‘la autoridad’.

Esta autoridad no tiene piso. No responde ante ninguna institución de modo que es esencialmente irresponsable. Las elecciones no ponen en cuestión a las autoridades sino a los personajes que son elevados a la representación de las instituciones.

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Para muchos la mención de ‘pueblo’ está asociada a temores de turba, a ambigüedades conceptuales y a populismos. En la historia de nuestras maneras de hablar, el pueblo esta en boca de los demagogos y de una ‘democracia popular’ asociada a una larga variedad de atentados a las libertades. El pueblo ha sido conservado en la tonada romántica y huasa, como una apelación nostálgica y campesina que no es la que ha marchado en estos meses.

El horror al pueblo parte del miedo a la pobreza y se continúa en los abusos verbales y los levantamientos políticos de quienes se apropian de la representación popular. El pueblo es una noción que parece pertenecer tanto a las culturas de la izquierda y del conservadurismo. El no liberalismo lo borra del lenguaje.

El liberalismo desconfía de ella por su acento de masa; su falta de desagregación y sus ataduras comunitarias. El mercado necesita a individuos que se sientan libres para elegir sus compras y sus representantes. Toda apelación comunitaria es sospechosa por estar atada al pasado o proyectada a un futuro común que puede subordinar los destinos personales libres. Además de peligroso, el pueblo es una noción imprecisa para medir a los consumidores, a los electores, a las categorías socioeconómicas y a la opinión pública.

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Nuestro futuro está en lo más viejo que tenemos.

El régimen colonial escamoteó al pueblo y lo construyó como servidumbre. La democracia que viene no permitirá prolongar ese tipo de relaciones que perduran nubladas por la intencionalidad doble, técnica y servil de las instituciones legales. Sin un pueblo protagónico quedamos expuestos a los grupos de interés y a los liderazgos vociferantes.

Tenemos una democracia estrecha que no deja venir al pueblo. La distancia excesiva entre la promesa y la realidad construidas por la Constitución se muestra en que, por ejemplo, el ejercicio de la soberanía por el pueblo, se realiza, dice, a través de elecciones y de plebiscitos. Pero ya sabemos que los plebiscitos no son ni soberanos ni posibles. No hay ni iniciativa legal ni facultad de juzgar responsabilidades que estén al alcance del pueblo. Los instrumentos soberanos ni siquiera están al alcance de la ciudadanía que es una versión aguada del pueblo, reducida a las elecciones pero alejada de las decisiones.

Lo cierto, es que sin una noción inspiradora y operativa del Pueblo, la democracia permanece en una nebulosa, atada a una exageración de la autoridad y a instituciones de propósito olvidado. El Pueblo nos hace comunes en una historia independiente de sus relatos y una geografía más densa que una línea de frontera. La legitimidad sin una fidelidad a lo común, no es más que una usurpación mejor o peor vestida. Las instituciones y las fuerzas sociales están sometidos a desfases en sus ritmos y en la distancia con la que pueden moverse cada una en relación a la otra. Cuando esa distancia se vuelve excesiva o cuando los ritmos que se bailan no coinciden, la sociedad se resquebraja pero el Estado se desfonda.

No es que necesitemos un viejo barbado reinando sobre nosotras.  Necesitamos definir con más atrevimiento las particiones del poder político en nuestra convivencia. ‘Las autoridades’ son una solución ficticia y pragmática que en épocas de sudores revelan su falta de sustento y de recursos. Justamente por sus diferencias,  por la alegría y la contundencia de sus encuentros, el pueblo es el depositario ineludible ante el cual hay que responder del poder. Y el pueblo siempre debe tener la posibilidad de reclamarlo de vuelta para desvestirlo y volver a vestirlo.

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