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El Parlamento y la renuncia a la democracia.

Parte 1 Delirios parlamentarios

Fernando Balcells Daniels, en El Mostrador

El Parlamento tuvo su momento de pánico y de gloria con la firma del acuerdo constitucional de noviembre pasado. Ese solo acto reivindica la representación parlamentaria y a sus ocupantes temporales.

La victoria oficialista en la elección de la mesa de la Cámara de Diputados marca la necesidad del retorno a la política. El control de los actos del Gobierno ha quedado reducido al Senado, que no es un ente fiscalizador. Nada vive del pasado y a ninguna institución le basta con la necesidad que la instituyó si su ánimo no se renueva. Envuelto en la atmósfera de la emergencia, el Congreso ha dejado caer la democracia.

Se ha perdido el resto del contrapeso entre las instituciones y la ciudadanía ha perdido, en el Congreso, un refugio virtual pero significativo.

No es elegante pero es necesario que la oposición revierta esta situación. No solo el control de la mesa sino el papel de representación popular del Parlamento. La función de ‘representación’ consiste en la obligación de responder ante los electores por los actos realizados en su nombre. Es necesario retomar con claridad los deberes de la oposición para poder limitar los desvíos en los empeños del Gobierno.

Necesitamos al Congreso

Con la calle prudentemente cerrada, con el desconcierto y el temor instalados sensatamente en la población, las redes sociales no son suficientes para exigir más transparencia y más eficiencia al Gobierno. El Parlamento es necesario. La democracia es más necesaria que nunca. Cuando una ley suspende expresamente el Código del Trabajo (Ley 21.227) y el Gobierno entrega explicaciones insuficientes, es necesario que el Congreso levante la vista y entregue información crítica a la gente.

Si algo debemos rescatar ahora de las movilizaciones de 2019 es que no se puede hacer política en cocinas estrechas, por medio de susurros inaudibles. Lo aprendido en 2019 es que el país necesita a su gente y que ella no está dispuesta a ser descartada como actor político. La cuarentena no hace más que exagerar las condiciones de ajenidad entre pasillos y calles. El aislamiento entre la gente y el Congreso no se inventó ahora, solo ha llegado a su paroxismo. El pueblo necesita instituciones de representación y de libre expresión directa. El Parlamento no puede renunciar a la democracia.

La democracia es para todos los momentos

En vez de pensar en postergar el plebiscito, sería bueno empezar a institucionalizar la participación política de las comunidades. No lo sabemos todavía, pero es probable que las redes sociales no sean suficientes para contener los avances autoritarios. Los gremios y los municipios constituyen una barrera que se suma a la defensa de la gente, pero su condicionamiento sectorial o local disminuye su fuerza.

Las mediaciones entre el Estado y la gente, que son las funciones que cumplen el Congreso y los medios de comunicación, han sido neutralizadas por la forma en que el Gobierno ha ocupado los medios y vaciado el Parlamento. Una formidable maquina autoritaria opone directamente a los representantes y a una opinión pública reducida al mínimo; a las redes sociales, a unos pocos medios independientes y a sus propias reservas de memoria.

Los movimientos sociales y las personas quedan solas ante la responsabilidad de exigir información fidedigna y completa sobre la epidemia. Este es el momento en que se muestra la necesidad de profundizar la democracia y dar acceso a la ciudadanía, no solo a la opinión pública sino a una participación más estrecha, transparente, y vinculante en la configuración y el manejo del Estado.

El escándalo de lo sucedido en la Cámara de Diputados tiene que ver con el extravío de los representantes en acuerdos sin sentido y en querellas de poca monta. Si la gente no exige la recuperación de una vara de medida ciudadana de la política, a la salida de esta emergencia nos vamos a encontrar, no con la dificultad de recuperar la vida social, sino con la imposibilidad de recuperar la democracia.

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