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¡Dios guarde a vuestra excelencia!

Comentarios a la ley de Patrimonio Cultural. Fernando Balcells,  en el Segundo Cabildo de las Artes Visuales, 31 de enero de 2020.

¿Es esta una destinación patrimonial del envío?

Tengo la costumbre de leer por el final. Primero veo las firmas y luego el destinatario. Sigo por los informes contables que dicen la verdad a la que apunta a la ley y luego entro en los entremeses, desde mis prejuicios particulares y alguna inclinación ética ante la propuesta que se ofrece. Siempre me dejo confundir por lo que leo y este ha sido el caso.

¿Es esta una destinación patrimonial del envío?

Leyendo el proyecto de ley y haciendo memoria de algunos debates públicos he llegado a la conclusión de que no es posible extraer un criterio general y común para definir si la estatua de Rebeca Matte, en el frontis del Museo, debía conservar las huellas de sus accidentes o si debía ser restaurada de acuerdo a un original (que sin embargo es una copia). La opción por el origen atraviesa de tal forma la idea de Patrimonio Cultural que ni siquiera nos proponemos escenificar el doble patrimonio de la obra y de lo vivido por la obra. Un país habituado a servirse de la copia descontextualizada para incluirse en la escala patrimonial de occidente, se debe una reflexión de mayor densidad sobre sobre sus procesos internos de formación cultural.

Tenemos una estatuaria pública marcada por líderes políticos y militares. Los artistas están poco representados en la historia monumental y para qué hablar de los sujetos colectivos o de un concepto de historia como conflicto, en vez de esta sucesión de triunfadores y derrotados heroicos que pueblan nuestras calles haciendo sonar la cuerda épica en una imaginación que ya no los mira.

¿Cuál es la inercia de la que brotan nuestras aproximaciones al Patrimonio y dictan esta ley? Ante la idea confusa pero monumental del Patrimonio, olvidamos que la historia es el relato de los delitos cometidos en contra de patrimonios olvidados desde entonces. Luego, los delincuentes, evitando los momentos poco edificantes de su irrupción, se monumentalizan a su vez, esperando que la ley de gravedad haga pasar sus desmanes a las generaciones siguientes como instituciones evidentes e incuestionables.

Dios guarde a su excelencia.

La firma, antecedida de buenos deseos, no dice, Atentamente, ni Lo saludan cordialmente. Los firmantes lo encomiendan a Dios de una manera diferente a un simple Adiós. No se despiden.El destinatariono va a ninguna parte, debe quedarse donde ha sido puesto a salvo por el señor para cumplir su encomienda. Los envíos de una autoridad a la otra se hacen en el reparto de dignidades que viene desde el inicio de los tiempos de la bendición de Dios. La ley se aferra a una reserva de sacralidad que no ha sido tocada aun por nuestra democracia.

El análisis del concepto de Patrimonio que anima a la ley puede iniciarse en cualquier sección. En este caso, el destinatario y la firma que son la expresión de una memoria sagrada y burocrática de la cortesía. Un envío que va más allá de las buenas maneras y que extiende al destinatario la mediación entre Dios y Vos. El Presidente es ese intermediario entre la legitimidad otorgada por Dios y la excelencia que es vuestra, en virtud del lazo entre el funcionario y la divinidad que os han concedido el patronímico de Excelencia.

Todavía hoy cuando nos perdemos en el laberinto del articulado y de las buenas razones, nos encomendamos a la guía de Dios –sin reconocer la mano de Ariadna-  para establecer el valor y la dignidad de los seres y de las cosas que nos han sido entregadas para atesorarlas como patrimonio.

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No logro tener una idea de lo que pasará en esta ley, con la Plaza de la Dignidad, con el monumento a Baquedano y con las animitas distribuidas a lo largo de las rutas que todavía salen de Santiago y que regresan a ella. 

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Historia y mercado de los ‘bienes culturales’.

La noción de ‘bien de interés cultural’, reemplaza el gusto por el rendimiento y la historia por el mercado.  La insistencia en el término busca la precisión que necesita el mercado en la determinación de la obra como valor económico. Dice el idioma de la ley  que el reconocimiento y la administración de las obras culturales fraguadas por la historia o por la geología, solo podrá lograrse en un lenguaje de la compra-venta.

Por otra parte, la cultura en este entramado legal, sería la devolución a los comunes y a lo público de ese aspecto consolidado de la propiedad que es el patrimonio privado en el que se han dividido los bienes, el territorio y las gentes del país. ¿Dónde está la precisión prometida para el concepto?

Se entiende por patrimonio cultural, según el proyecto, todos aquellos bienes materiales y elementos inmateriales, comprendidos como acervos propios que identifican y cohesionan a una comunidad y que son transmitidos de una generación a otra.

¿Mi familia se entiende como una comunidad? ¿Acaso el rapto de la historia por un pequeño grupo de familias no introduce alguna distorsión en el conjunto así definido? ¿No hay acaso una tarea reparatoria de los encadenamientos históricos de las familias sin nombre?

¿Si ascendemos en la escala de las comunidades hasta perder de vista sus lazos familiares y nos encontramos con eso que llamamos malamente ‘la sociedad’, a que criterios de cohesión social podríamos remitirnos? ¿Existe un criterio de integración social; existe acaso un criterio de articulación actual de un sujeto que pueda decir nosotras y que nos incluya a todos?

¿Nosotros y todas, hemos participado de alguna manera, en algún tiempo de la memoria, en que un monumento a la aviación fuera símbolo privilegiado de la cohesión de la comunidad? ¿No se debería incluir en el patrimonio una visión contrastada, conflictiva y en movimiento de lo que ha sido nuestra historia común? No la historia según los vencedores sino la presencia del movimiento obrero, del lumpen juvenil y de las luchas de las mujeres; no los generales y la excelencia de los estadistas sino las comunidades de tipógrafos, marineros, dueñas de casa y aficionadas al futbol. 

Lo viejo como falso criterio de arraigo cultural

Treinta años es el criterio de añejamiento propuesto como ley para considerarse Patrimonio; desde los sesenta años, más menos, podremos ser inscritos como patrimonio vivo de la humanidad. Si hubiera una política de dignificación de lo viejo y de la vejez, implícita o coordinada con esta serie de nociones inerciales de cultura, podríamos tomar en serio los criterios ofrecidos. El hecho de que no sean serios significa que no son operativos más que en lo evidente, es decir, en las ensoñaciones de los consejeros que hacen la declaración del santuario.

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Uno lee y se pregunta ¿En que están pensando los redactores de este proyecto? Desde luego, en la congruencia con el lenguaje internacional acumulado para estas materias. Pero también lo hacen pensando en singularidades locales; en comunidades originarias, en arquitecturas tipo francesa y en la cobertura astral de todo tipo de particularidades y demandas que puedan presentarse. Lo define todo como en una nebulosa que queda entregada a colectivos de funcionarios y representantes de otros funcionarios; no necesariamente con más conocimiento sí pero con más tiempo.

El nudo está en la definición del universo de asuntos y objetos que pueden reclamar un estatuto de bien Patrimonial y en quien decide lo que merece integrarse en este archivo. Lo que sea solicitado y aceptado, según criterios necesariamente vagos y sujetos a la inclinación cultural y a la obediencia política de los funcionarios integrantes de los Consejos.  Llama la atención la ausencia del mundo del arte y de la cultura en estos entramados.

Por otra parte, se concede acción popular para denunciar infracciones. Esta concesión refleja la tonalidad muscular de esta ley que aglutina al Estado y a las familias  patronímicas incluyendo a la gente común a título de una concesión excepcional.

Falta redefinir conceptos, ampliar las representaciones y simplificar los procedimientos. La conservación es un buen esfuerzo pero su manera de articulación con el desarrollo cultural, con la producción de arte, con la investigación crítica y con la educación, están insuficientemente desarrolladas.

Si no somos capaces de aprender sobre las relaciones entre cultura y sismicidad histórica, seguiremos copiando un edén que se mueve al ritmo de guiones prescritos que son calcificaciones de la imaginación. Justo en momentos en que estamos llamados a hacer un uso deliberado y público del pasado para sustentar la imaginación que necesitamos del presente.

Finalmente, una consideración sobre la prioridad que este proyecto de ley asigna al Patrimonio Cultural. Es necesario leer siempre los informes financieros que acompañan a los proyectos. Los fondos asignados por vía de gasto público directo y de exenciones tributarias, suman en régimen 27 millones de dólares. Un 0.05% del presupuesto. 

Este es el momento para reasignar prioridades y revisar las magnitudes de los esfuerzos que queremos hacer como país de comunidades y patrimonios múltiples. ¿Que pasaría si de verdad creyéramos en la importancia y la diversidad de una cultura ‘patrimonial’ y decidiéramos asignar 4 veces el valor que le asigna este proyecto?  Estoy seguro de que nuestra discusión cambiaría.

Yo no soy partidario de legislar en estos tiempos. Hasta que no tome forma y se decanten los deseos culturales que agitan a nuestro pueblo lo que estamos haciendo es hacer pasar ideas de la vieja inercia política a un estatuto institucional que hará más difíciles los cambios que Chile necesita instituir.

Acuérdense cuando se nos haga saber, en marzo, que todas las demandas sociales ya han sido satisfechas por la vía de las leyes y que no se necesita un plebiscito constituyente. 

¡Dios guarde a vuestra excelencia y ojalá le ponga llave!

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