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Después del 8 de marzo

Fernando Balcells.

Yo fui uno de los despistados que no entendió que la marcha era de mujeres. Me pareció tan absurdo que ni siquiera lo tomé en cuenta. Quise creer que la exclusión de los hombres era producto de una campaña del adversario femenino patriarcal. Pensé que algunas mujeres, sensibles a la paranoia y a la conspiración, se habían dejado engañar por un falso llamado, una especie difundida como fake news para desacreditar la marcha.

Me fui caminando por providencia y ya pasado Miguel Claro la marcha empezó a tomar fuerza y a hacerse densa. Antes de Salvador me di cuenta de que no había visto hombres. Me habían advertido y no lo había creído. Seguí avanzando hasta que cerca de la Plaza, empecé a escuchar el cantito “los maridos pa’ la casa”. No me di por aludido aunque escuché varias versiones de la cantinela; “los amantes…los pololos pa’ la casa”. Frente a Portugal, empecé a escuchar insistentemente, “alguien perdió a su Tatita” el canto se hizo más específico; “los Tatitas pa’ la casa”. La siguiente vez que un grupo de señoras me dirigió su serenata, “los maridos pa’ la casa”, me di vuelta y respondí ‘mi marido se quedó en la casa’.

El resto transcurrió entre la amabilidad y la indiferencia y me permitió dudar largo rato sobre si estaba o no fuera de lugar. No me animé a saltar (‘los que saltan son pacos’) ni a cantar ‘libertad a los pezones’. No entoné el himno “putas, maracas pero nunca pacas” y nadie me miró feo a la cara. Una vieja maletera me gritó por la espalda y en la oreja “usted viene a puro ver tetas” y esa fue la interpelación más directa que recibí.

Me fui dando cuenta de que nada se trataba de mi, ni en realidad de los hombres. El asunto eran ellas. No solo era un acto de ellas sino que se trataba de la formación de un sujeto propio; el cuarto propio de un pueblo feminista. Mujeres dispuestas a manifestar una identidad y una diferencia provocadora, fuerte, combativa. Una comunidad que se reclama no solo como autónoma sino en ese momento, única y exclusiva. Mujeres que se ríen y desafían a la autoridad con los pechos al aire, con la exageración del garabato y con sus caras cubiertas por máscaras sofocantes.

Las cosas de mujeres se parecían en la marcha a los asunto de los hombres pero la violencia acá era inexistente. Soportaron las bombas lacrimógenas y pasaron por el lado de las carabineras gritando y sin tocarlas. Solo cuando la caballería se puso nerviosa y pareció que iba a embestirlas en calle Moneda, las mujeres formaron una cadena y durante dos segundos volaron las botellas de agua mineral sobre los cascos de jamelgos y jinetes. Después de eso, una machi recorrió el espacio entre el cuadro verde y las mujeres, exorcizando a los caballos con humo de hierbas dulces. El peso del gas lacrimógeno se disipó por un instante.

Este es el momento de celebrar a las mujeres y de agradecerles lo que han abierto. La marcha terminó de cerrar los resultados del plebiscito. El apruebo fue asegurado ayer y la Convención Constituyente dio un gran paso. Después del plebiscito se abrirá el debate sobre las violencias y la paz, sobre la política, la policía y el grito. El grito es femenino. El grito alivia. El grito convoca. El grito ordena la batalla pero solo el susurro nos ordena en la marcha.

Ahora volveremos al mundo en que las mujeres  se miden por lo razonable que son desde los parámetros masculinos; volvemos por un rato al mundo unidimensional en que la normalidad es lo único que hay. De vuelta en el mundo de noticiarios donde mujeres elegantes simpatizan con sus pares en el lenguaje de sus abuelas. De vuelta en el mundo de Piñera pero esta vez sabiendo que la ilusión durará poco. Abril será el mes para estudiar la histeria masculina una vez más. Probablemente fracasemos una vez más. ¿Qué hacen los hombres razonables, prudentes y buenos técnicos cuando ya no pueden sostener la conversación con sus mujeres? Los que no se fugan a su fantasía ya no tendrán a la mano el golpe ni el golpe de puño ni el golpe de efecto.

..

Recién ayer me he dado cuenta de que son las mujeres y no los niños los que han producido la revuelta que vivimos. Son ellas las que han decidido, en contra de la lógica adulta, respaldar a sus hijas e hijos sin importar los errores que cometan. Esto va más allá de una crisis de la representación política. El empoderamiento de las mujeres no se frena en límites conocidos. Ellas están llamadas a imaginar un futuro que no se detiene en el reclamo por los abusos, ni en la paridad o en la igualdad de derechos. Ellas mismas van a descubrir que las leyes no son el corsé de su empresa. Mi impresión es que, desde ayer, no solo lo saben sino que han empezado a vivirlo. (Si, eso fue condescendiente como toda mirada que sobrevuela los acontecimientos. No se como evitarlo y no se si quiero evitarlo).

No me cabe duda de que el femenino de ‘fraternidad’ ya esta inventado y puesto a circular en las redes del infrapolítico[1]: el mundo de los feminismos y de la dilución atópica (no sin lugar sino sin tiempo) de las identidades sexuales. Es a ellas a quienes les corresponde pronunciarlo en público o elegir no hacerlo y no exponer sus diferencias al juicio crítico de los padres, los pololos y los tatitas. La elección no depende de las mujeres en particular sino del modo en que los lenguajes femeninos se entremezclen con el lenguaje popular.

Queda mucho paño que cortar. Las mujeres la llevan y a nosotros no corresponde ayudarlas a desmontar el Estado patriarcal. El machismo tiene tantas versiones como clases sociales y formas culturales de enmascarar los clubes de Tobi. El más sofisticado de los sistemas es el de la filosofía.

Que las mujeres la lleven no quiere decir que los hombres no estemos desafiados a pensar los futuros próximos desde nuestras propias limitaciones. No hay consignas para entrar en la síntesis post sexuada que recién liberará la líbido de todas y todos. 


[1] La sororidad; solidaridad y fraternidad femenina tiene un camino que recorrer en las prácticas sociales, en el lenguaje y en el diccionario. Lo infrapolítico es un término empleado por algunos filósofos chilenos para presentar lo impresentable en la política. El juego de la política con el inframundo de vampiresas y zombis no está del todo descaminado pero le falta recorrido.

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