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Artículo Primero (y único)

Por Jorge Baradit, escritor

Artículo Primero (y único)

El objetivo primordial del Estado es el bien común, la felicidad de todas las personas y el cuidado de la vida en todas sus manifestaciones.[1]


[1]¿Para qué queremos más que esto, si en esto está todo?

Que el Estado sea lo que siempre debió ser: un jardín para sus hijos. Defensor de los más débiles en un territorio donde todos son más débiles. Que nuestra carta de viaje cuide el medio ambiente y sus relaciones como la expresión de vida más amplia e inclusiva de todas, donde el ser humano opere y se inserte como parte integrante de ese mecanismo maravilloso. Las margaritas, el bosque nativo, los pumas, los cóndores, las llaretas, los arrecifes, las polillas, el musgo, los humedales, los patos, las culebras, los guanacos, las docas, los pantanos, los trigales, las yeguas, las merluzas, los porotos, los monitos del monte, las moscas, la Quebrada Alvarado y el Cajón del Maipo, los olivos de Azapa, los tamarugales y las lagartijas que cazábamos cuando chicos pero que dejábamos ir, las sardinas, los pumas arrinconados en la cordillera por los condominios, los limoneros raquíticos intoxicados por la chimenea de Quintero, los niños que le tiran la cola a los gatos, la niebla que entra por Valparaíso o la camanchaca que produce el desierto florido, los hombres de caleta Tortel, el mar que agoniza en las costas de Chiloé, las niñas, las mujeres y las señoronas, los microecosistemas y algas, las ballenas, las chacras de papas de Petorca que se mueren de pena sin agua (el sol no sabe por qué si antes estaban tan felices de verlo), las cabras y corderos que mueren de sed, los perros (para que no los anden laceando para matarlos porque la ciudad se ve fea cuando hay visitas), el krill, el plancton, ese ecosistema vivo llamado isla de Juan Fernández, las diversas culturas que también florecen como líquenes en la mente del territorio; ese animal largo, bostezón y perfumado que se llama bosque valdiviano, las chinitas que dan suerte si las haces caminar por todos los dedos antes que vuelen. Sin glaciares no habrá vida, sin lluvia no habrá vida, sin ríos no habrá vida, sin vida no habrá alimento, no habrá poesía y teatro. La buena vida. Basta de sobrevivir si en realidad vinimos a ser felices. Vinimos a una familia hecha con el perro de la casa, la abuela, el árbol del patio, los gatos del techo y el pasto alrededor, los papás y las mamás, la lluvia, la respiración del puma y el sudor del océano. Abrimos este espacio para que todos pudieran ser felices, porque no hay unos mejores que otros. Gritemos que somos todos iguales, y en este salto que queremos dar, hay que ampliar esa familia porque no estamos solos ni nadie se salva solo; o salvamos al colibrí o no nos salvamos, o salvamos al glaciar, o no nos salvamos; o salvamos un litro de agua, o no nos salvamos. Un ecosistema colabora, la vida colabora, los organismos se dan y reciben, la vida es recíproca, no acumula, no explota, no sobreutiliza, no exagera ni guarda. Todos son importantes y todos tienen espacio para ser lo que son, que al final es la mejor definición de felicidad a la que se ha podido llegar.

Jorge Baradit, escritor.

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